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La Esencia de la Diosa vive en el corazón de cada mujer y en el de algunos hombres sensibles que saben serlo sin perder por ello su masculinidad. Espero de todo corazón que te guste el contenido de esta página y te animo a participar en ella activamente publicando tus comentarios o utilizando el botón "g+1" para recomendar las entradas que te gusten.

lunes, 11 de julio de 2016

DESVELANDO EL MISTERIO 16: Nacimientos reales

A los pocos días la Reina me mandó llamar. Esta vez pude observar claramente su estado, que no dejaba lugar a dudas de que la Reina daría a luz dentro de muy poco tiempo.
—Te he mandado llamar, Nefertiti, porque quiero que seas la primera en conocer mi decisión.
—Agradezco tu confianza, mi Señora.
Le había respondido creyendo que se refería a su plan con respecto a Satamón. Pero no iba a tardar en darme cuenta de mi error.
—Esperemos que también sea de tu agrado.
—Estoy segura de ello.
—Yo no tanto; pero mi decisión está tomada y se hará tal como he dispuesto.
—Las palabras de una Reina son deberes para sus súbditos.
—Me complace que lo creas así. Al parecer se está extendiendo el rumor de que mantienes citas secretas con Horemheb y no puedo permitir que se ponga en duda la legitimidad de mis nietos.
Mi sangre se había detenido y golpeaba con fuerza mis sienes. Temiendo lo peor, intenté ofrecer mis excusas a la Reina.
—Señora, yo no soy más que una sierva tuya que cumple con exactitud sus deberes dando descendencia a tu hijo.
—Sé que cumples con tus obligaciones lo mejor que puedes, pero eso no es suficiente. También he visto como miras a Horemheb en público y eso ha dado lugar a habladurías que es preciso atajar cuanto antes.
—Procuraré enmendar mi conducta inmediatamente.
—Lo harás, si no quieres que el rumor se convierta en noticia y Horemheb se convierta en reo de adulterio por haber intentado seducir a la esposa del Heredero.
—No comprendo.
—Tu honestidad, integridad y fidelidad hacia mi hijo deben quedar fuera de toda duda, Nefertiti.
—Pero, en todo caso, sería yo la que podría ser acusada de adulterio… —me atreví a replicarle.
—A partir de ahora, también Horemheb podrá serlo. He dispuesto que, para atajar los rumores, se despose inmediatamente con la dama Amenia.
La espina envenenada de los celos se clavó en mi corazón. La habitación empezó a girar velozmente a mi alrededor y creí que iba a perder el conocimiento. Viendo mi extrema palidez, la Reina me invitó a sentarme y llamó a los sun-nu reales, que constantemente velaban por la salud de la soberana desde una habitación contigua. Afortunadamente para mí, todos creyeron que se trataba de una indisposición fortuita, consecuencia de mi estado. Todos, menos la Reina.
Tal como ella había dispuesto, los Acuerdos Matrimoniales de Horemheb y Amenia tuvieron lugar inmediatamente. En agradecimiento a los magníficos servicios prestados al país, NebmaatRa obsequió a la pareja con un ostentoso palacio no muy lejos de la Gran Casa. Yo deseaba pensar que se trataba tan sólo de una transacción oficial y procuraba evitar que mi imaginación se disparase presentándome la imagen de mi amante en brazos de otra mujer, aunque ésta fuera su propia esposa. La sola idea de que pudiera engendrar en ella llenaba mi corazón de dolor.
Pero lo que más me sorprendió en aquellos momentos fue la extraña reacción de mi hermana Mut quien, por otra parte, era totalmente ignorante de la relación que me unía con Horemheb.
—¿Cómo es posible que haya elegido a semejante mujer por esposa? —me había dicho al enterarse de la noticia.
—Sus motivos tendrá, hermana.
—¡Pero si esa Amenia es mucho mayor que él!
—Es una de las Acompañantes de la Reina y probablemente Horemheb haya visto en ella algo que le ha seducido —me costaba un gran trabajo convencer a mi hermana de lo que yo no creía.
—Vamos, Nefertiti, estoy segura de que tú también te has dado cuenta de que no es mujer para él. Horemheb es joven, valiente y hermoso y ella…
—En todo ser humano hay valores más importantes que la belleza, Mutnedjmet.
A partir de su enlace con Amenia, Horemheb se mantuvo un tiempo prudencial sin visitar mi lecho, pero no había día en que no se acercara para interesarse por mi salud o para charlar amistosamente con mi esposo. Frente a todos, era un feliz hombre casado; para la Reina, los comentarios habían finalizado y, por lo que a ella respectaba, mi estado de gravidez hacía innecesarios sus servicios en mi alcoba, al menos por el momento.
Tan sólo Amenhotep, él y yo sabíamos la verdad: que no había verdadero amor entre él y su esposa y que Horemheb guardaba su semilla sólo para derramarla en mi interior. O, al menos, eso es lo que yo deseaba creer…
Antes del tiempo previsto, la Casa Kheneret se despertó una madrugada en estado de alerta. El parto de la Reina se había adelantado.
Todos estábamos pendientes de las noticias que constantemente llegaban de la «Glorieta para Partos», traídas por el constante ir y venir de las matronas que se ocupaban del acontecimiento.
Finalmente pareció que todo tenía un feliz desenlace con el nacimiento de un varón, tal como el oráculo había anunciado. Pero la semilla surgida de los huesos de su padre había sido transmitida al niño, que había heredado la debilidad del anciano. Quizás por eso la Reina había decidido ponerle el nombre de Tut-ankh-Atón, «El que vive en Atón», con la esperanza, tal vez, de que el dios de sus ancestros otorgase a su hijo las fuerzas para vivir que parecían faltarle.
Ya se había dado el parto por resuelto y el niño había sido entregado a la Nodriza elegida. La Reina estaba a punto de ser trasladada cuando, de pronto, se presentaron de nuevo los dolores. Se formó un gran revuelo alrededor del nuevo nacimiento que se avecinaba y todos esperábamos conocer las noticias sobre el nuevo infante real y su sexo. Se trataba de un nuevo varón, fuerte y hermoso. Su madre le llamó SemenejkaRa, «Vigoroso es el espíritu de Ra». De esta forma y al mismo tiempo, la Reina se congraciaba con el nuevo culto solar nacido en Iunu, que cada vez ganaba más adeptos. Cualquier cosa menos dar un nombre a sus hijos que ensalzara de alguna manera a Amón, a cuyos sacerdotes había declarado la guerra abierta.
Los meses transcurrieron rápidos en la Gran Casa y llegó el momento de mi propio parto.
Deseaba fervientemente que esta vez el oráculo se hubiera equivocado; pero no fue así. Di a luz a una segunda niña que, al recibir su pedazo de kh, emitió un sonido parecido a un «no», que causó un revuelo entre las matronas. El signo fue interpretado por los sacerdotes como un mal presagio que amenazaba con acortar la vida de la pequeña. Por eso, Amenhotep y yo estuvimos de acuerdo en conjurar el mal augurio otorgando a nuestra segunda hija el nombre de nacimiento de MeketAtón, «La protegida de Atón».
Por suerte para nosotros, los gemelos de la Reina se estaban criando correctamente y Tutankhatón, a pesar de que su constitución era mucho más débil que la de su hermano, parecía haber soslayado sus primeros problemas tras el alumbramiento. Eso mantenía momentáneamente alejado de nosotros el fatídico sheut de Satamón quien, a pesar de haber sido nombrada Gran Esposa Real (título que ninguna de sus otras dos hermanastras con las que el Faraón NebmaatRa se había desposado ostentaba), parecía empeñada en acaparar la atención de su padre con algún oscuro fin. 

Del Capítulo 17 de "El ocaso de Atón"

DESVELANDO EL MISTERIO 14: Revelaciones


Tú apareces bellamente 
en el horizonte, Atón viviente.
Tú sostienes cada día, Señor,
El trono perteneciente 
a las Tierras Buenas.
Escucha, ¡mantenme a salvo!

Una mañana, mientras me encontraba recitando estas bellísimas palabras que mi esposo había compuesto como canto de amor dirigido a nuestro Padre Divino, Creador de todo lo visible y lo invisible, sufrí un raro desmayo. Mi ka abandonó mi cuerpo y pude disfrutar de una increíble visión.
O, tal vez, fuera solamente un sueño.
Me parecía estar debajo de una especie de cúpula, desde la que doce seres resplandecientes, enteramente vestidos de blanco, asomaban sus cabezas observándome desde una balaustrada. Junto a mí había un hombre de media edad, que llevaba sobre su frente una corona extraña y, a su lado, otro ser de apariencia algo distinta se dirigió a mí con un acento muy peculiar. Al instante reconocí su voz, sus palabras y el tono con el que el venerable anciano las pronunciaba. Él era, sin duda alguna, uno de aquellos seres invisibles que me hablaban cuando todavía vivía en la casa de mi padre Ay.
—«Conocer cosas que ignoras, ahora tú debes, Hija de la Luz. El Consejo de Ancianos presidido por tu padre, el noble Aitum-Ra y yo mismo, te damos la bienvenida».
—Aitum-Ra… —murmuré como en una especie de ensoñación.
—«Ese dios al que veneráis, Hija del Sol, sólo un Hombre es, al que vosotros llamáis Atón. Aitum-Ra es su nombre y, más allá de los cielos, tu verdadero padre y el del llamado Akhenatón es. Cuando, tras la muerte, vuestras Esencias para siempre abandonen vuestros cuerpos terrestres, aquí regresaréis para recuperar vuestras auténticas identidades al lado de vuestro padre. El cuerpo que ahora abandonado tú has, sólo un vehículo prestado es que tu misión te permite cumplir, en el tiempo y el espacio de Tâ».
No sabía donde estaba e instintivamente miré hacia abajo. Vi mi cuerpo vacío, tumbado sobre la hierba suave del jardín en el que me encontraba unos momentos antes y me alarmé. Miré mis manos y me parecieron distintas, aunque no podría precisar exactamente en qué.
—«Aquel-Que-Todo-Lo-Puede el único Dios es».
Me sentía inesperadamente cómoda entre aquellos seres pero, a la vez, las extrañas palabras del anciano me perturbaban. ¿Sería cierto lo que estaba escuchando? Y, si lo era, ¿podría ser posible que Akhenatón hubiese confundido el mensaje divino, concediendo categoría de dios a aquel a quien el anciano llamaba nuestro padre?
A partir de aquel momento, fue Aitum-Ra quien se dirigió a mí. También su voz me resultó conocida.
A pesar de que se expresaba con una gran autoridad, sus palabras reflejaban un amor inmenso y su forma de hablar era dulce y musical. Su sola presencia me llenaba de paz y de un sentimiento muy cercano a la ternura.
—«Mi Esencia se regocija con tu presencia, mi pequeña rosa. Estás sorprendida, pero nada debes temer. Tú eres mi hija enviada a vuestra Tierra, que nosotros llamamos Tâ, para cumplir una misión de gran importancia. Para llevar a cabo el plan previsto, contigo descendieron otros miembros de la Familia muy amados por mí: aquel que es ahora tu esposo, el general Horemheb y el escultor Dhjutmose. Muchos otros que conocisteis en otras vidas están a vuestro alrededor; cada uno de ellos ha sido enviado igualmente con una tarea específica que debe apoyar a la vuestra. Desde vuestra alta posición, tenéis acceso a importantes conocimientos que están ocultos en los Registros de la Humanidad.
«Al rechazar a los antiguos dioses, Akhenatón ha cumplido con parte de su cometido. Debes confiar en que sus razones han sido del orden más elevado, ya que es conocedor de algunos secretos que sólo a él le hemos revelado.
«Cuando Akhenatón recibió sus iniciaciones en los Templos durante su infancia y su adolescencia, observó hasta qué punto la armonía de Tâ se estaba deteriorando por causa de las creencias equivocadas de los hombres, engañados por las enseñanzas de los sacerdotes de los falsos dioses.
«Desde su nacimiento pudo comprobar de cerca el poder ilimitado del clero y el abuso de autoridad de los faraones, los cuales se apoyan en su descendencia divina para mantener estable su autoridad. Advirtió también los desmanes físicos y sensuales que su padre cometía, los cuales propiciaron que el joven príncipe se refugiase en el lecho de su madre y bloquearon su sexualidad; ése fue su mayor error.
«Cuando le llegó el momento de convertirse en Faraón y someterse a la iniciación última, no comprendió totalmente el mensaje que recibía y este es, en parte, el motivo por el cual te encuentras hoy aquí. No es fácil sintonizar con vosotros y, en los últimos tiempos, nos resulta cada vez más dificultoso poder conectar con Akhenatón, pues su Esencia huye de su mente desequilibrada, o se niega a escucharnos».
Como si hubiera escuchado mis pensamientos, aquel ser contestó a una de las preguntas que habían surgido de pronto en mi corazón.
—«No, mi pequeño pajarillo, no ha enloquecido; pero lo hará, si no consigues que los sun-nu y los hekau reales mantengan estable su Esencia. Tu esposo no puede evitar que su personalidad humana sienta odio por aquellos que no escuchan sus enseñanzas. Su constitución débil y enfermiza, que debía ser clave para su evolución, ha hecho crecer en él un miedo por sus semejantes que su condición de Faraón no consigue vencer. Debes permanecer a su lado y apenarte por él, porque sufre una gran confusión y experimenta un gran dolor por esta causa. Sabemos bien cuanto le amas y eso es producto de las otras vidas que habéis vivido juntos y, efectivamente, esta es también la causa de tus inusuales afectos por Horemheb y Dhjutmose».
Nuevamente mi padre celestial había leído en mi mente y había aclarado el motivo de los distintos e intensos afectos que sentía hacia aquellos tres hombres.

Del Capítulo 27 de "El ocaso de Atón"

viernes, 8 de julio de 2016

DESVELANDO EL MISTERIO 13: Aset de nuevo

—¿A donde va toda esta agua, madre? —preguntó Meritatón con su media lengua.
—Al mar, niña mía.
—¿Y qué hace el agua allí?
—Funde sus miles de gotas con las gotas que allí encuentra. De igual manera, nuestros Kau se unirán en la gloria del Creador cuando llegue el momento de ir a su encuentro.
Tal vez mi hija era aún demasiado pequeña para entender aquellas palabras, pero Amenhotep la había acostumbrado a escucharlas casi desde que nació. Ella se había quedado muy seria tras mi última respuesta y utilizó un apelativo cariñoso por el que había aprendido a llamarme, para preguntar:
—¿Cómo es el mar, Hati?
—Inmenso, como el poder de nuestro Señor.
—¿Más grande que el Hapi?
—No importunes a tu madre con tantas preguntas, Meritatón.
—Déjala, mi buena Tiyi. Una hija jamás podría importunar a su madre, sino todo lo contrario. Es normal que pregunte —la reñí dulcemente.
Luego me volví hacia mi pequeña, cuya carita ansiosa esperaba mi respuesta.
—Imagina una inmensa llanura sin fin y llénala de agua: así es el mar.
—¿Podré yo ser algún día un pez, madre?
—¿Y para qué quiere mi princesita ser un pez? —reí, divertida por la extraña pregunta.
—Para viajar como ellos en el agua del Hapi y llegar al mar.
—No, mi niña, tú nunca serás un pez; pero un día podrás ver el mar, te lo prometo. Además… el agua del mar es muy salada y si los peces del río llegaran hasta allí, morirían.
La promesa de ver el mar había dibujado en su carita una encantadora sonrisa, que desapareció como por encanto ante la imagen de los peces muertos.
—¿Y para qué sirve toda esa agua, si los peces no pueden jugar en ella?
—Otros peces distintos viven allí, peces que gustan de la sal del agua. El Creador que puso las aves en el cielo y las bestias sobre la tierra, repartió a los habitantes de las aguas según sus características.
—¿El Creador que puso el sol en el cielo?
Me sentí orgullosa de los avances de mi hija.
—Un sol que ya se oculta, Princesa —intervino Tiyi—. Señora, permite que lleve a la niña a tomar su comida de la noche.
Dicho esto, hizo ademán de tomarla en sus brazos. Pero Meritatón no estaba dispuesta a olvidar el repentino interés que la idea de una llanura repleta de agua había suscitado en su tierno corazón.
—Tiyi… ¿tú sabes por qué el agua del mar es salada?
—Es por causa de la bella Aset. Cuentan que, al morir su esposo, su dolor fue tan intenso que lloró sin parar durante cuarenta días con sus noches. Entonces, una gran parte de las Tierras Bajas se inundó con sus lágrimas.
—¿La… diosa? ¿Aset?
De entre todos los falsos dioses de la antigua religión, aquella en la que fui educada y en cuyas creencias crecí, Aset la Bella, la Grande en Magia, había sido mi preferida y la que siempre despertó en mí un interés especial. Sin embargo, y a pesar de que algo en mi interior se resistía a admitir que ella formara parte de una gran mentira, respondí:
—Un único Dios existe, hija mía. Recuerda las enseñanzas de tu padre.
—¿Entonces no es verdad lo que cuenta Tiyi?
—No, mi querida. Nadie miente —la voz que ahora respondía a la pregunta de la niña llegó desde mi espalda.
Antes de que tuviera tiempo de volver el rostro hacia mi esposo, unas manos cariñosas se apoyaron sobre mis hombros. Cómo intuyendo la lucha que se desarrollaba en mi interior, Amenhotep respondió a su hija con las mismas palabras.
—Aset existió realmente; eso es lo que yo creo. Y también existieron esos otros seres a quienes los infieles llaman dioses, pero ninguno de ellos lo es. Todos ellos son Hijos del Dios Verdadero que hace mucho, muchísimo tiempo, existieron realmente y vivieron en estas tierras, como tú y como yo.
—Entonces, padre, ¿Aset era una mujer?
—Era… es alguien muy especial, hija mía. Aset es una gran Mujer —y con esto dio por zanjada su explicación—. Y ahora, vete en paz y acompaña a Tiyi para tomar tu comida. Yo vendré luego a verte, como todas las noches, para pedirle al Creador que vele tus sueños, mi pequeña princesa.
Tiyi tomó a Meritatón de la mano y ambas desaparecieron en dirección a la parte delantera de la nave. 
Del Capítulo 19 de "El ocaso de Atón"

DESVELANDO EL MISTERIO 12: Akhenaton, el Vidente

 Amenhotep se atribuyó a sí mismo los títulos de «Aquel que ve al Grande» y «El mayor de los Videntes».
La oportunidad de plantear a mi esposo la ansiada pregunta se puso de pronto a mi alcance:
—¿Es cierto que ves a Dios, amado de mi corazón?
—Nadie puede ver al Grande porque no tiene forma alguna y contiene en si mismo todas las formas. Es a la vez hombre y mujer, el Todo y la Nada, el Gran Dios Padre-Madre de todas las cosas vivas.
—¿Cómo entonces te proclamas como «El Mayor de los Videntes»?
—Porque he escuchado su Voz. Él habla a su hijo Amenhotep y me dice cuanto debo saber.
—Yo también he escuchado las Voces…
Y entonces referí a mi esposo cuanto me había sucedido en casa de mis padres. Él escuchó mi relato en silencio, con una extraña expresión en su mirada.
Había brillo de lágrimas en sus ojos al decir:
—Ahora sé que no me equivoqué al elegirte. Apenas te vi, reconocí en ti a la Hermana que esperaba.
En aquel momento no comprendí sus palabras, segura de que se refería a la relación fraternal que se había establecido entre nosotros.
—El día de la Coronación, cuando estábamos solos al amanecer, pronunciaste unas extrañas palabras.
—Atón le habló a mi corazón, revelándole que el tiempo que tenemos para restablecer la Verdad y lograr que el pueblo abandone el culto a los falsos dioses, es limitado.
—Diecisiete años, dijiste.
—Sí.
—¿Significa eso que moriremos?
—Nuestro padre Atón ha dispuesto que dentro de diecisiete años vaya a reunirme con Él, pero tú seguirás en este mundo para mayor gloria suya.
—No deseo vivir si tú no estás a mi lado, esposo.
—Deberás vivir por los dos. ¿Qué sería de nuestras hijas, si no?
—Esperemos que, antes de que ése momento llegue, el Creador nos conceda la gracia de un Heredero.
—Confiemos en Él.
Se hizo el silencio entre nosotros. Él, perdido en su Luz; yo, en mis propios pensamientos. Un vago temor, procedente de algún remoto lugar de mi alma, me asaltó de repente.
—Ese título…, el de «El Mayor de los Videntes», pertenece al Gran Sacerdote de Iunu. ¿No temes su indignación?
—Los sacerdotes se rebelarán contra mí tarde o temprano.
Me quedé callada, pero dentro de mi corazón rogaba al Creador para que aquellas palabras proféticas de Amenhotep no se hicieran realidad.
Recordé entonces las de la Reina Madre, cuando me dijo que era necesario acabar con el poder de los sacerdotes. Ella tenía razón: si antes no destruíamos el culto principal al padre de los falsos dioses, los sacerdotes de Amón nos destruirían a todos.
En aquel momento decidí apoyar a mi esposo en su campaña de proclamar la Verdad del Dios Único y destruir el culto a los falsos dioses, hasta las últimas consecuencias. 
Del Capítulo 18 de "El ocaso de Atón"

martes, 5 de julio de 2016

DESVELANDO EL MISTERIO 11: La sangre azul

La Reina dispuso que las comadronas fueran premiadas con una medida más de trigo y yo fui trasladada a la «Tienda para la Purificación».
Había en la «Tienda» un lugar con salida al exterior, en el que se depositaban las ropas manchadas de sangre, que unas esclavas recogían dos veces al día para lavarlas. Las tiras, aunque marcadas con mi propio sello, eran luego aprovechadas por otras mujeres de dignidad inferior a la mía.
El lavado de estas prendas es algo impuro, pero a las esclavas no les importa trabajar en estos menesteres con tal de poder comer.
Un día pude escuchar parte de una conversación que dos de ellas mantenían.
—Dicen que la nueva esposa del Faraón es tan bella como la misma Nefertiti.
—Ninguna mujer podría igualar semejante belleza.
La segunda voz parecía pertenecer a una mujer de bastante más edad.
—¿Has podido ver a Taduhepa, abuela?
—Por lo que sé, muy pocos la han visto.
—Dicen que apenas sale de sus aposentos y sólo se ocupa de complacer al Rey.
—Ella es una verdadera princesa, pero es extranjera… —murmuró con tristeza la anciana— La Raza de los Dioses se está perdiendo.
—¿De qué hablas?
—De la Sangre Real.
—¿Sangre Real?
—Antes de NebmaatRa, ningún Faraón había mezclado su sangre. Las Reinas son las depositarias de la Sangre Divina y nuestra Reina no es más que una mujer del pueblo, igual que Nefertiti.
—Dicen que las dos son descendientes de Ahmes-Nefertari por línea indirecta.
—¡Yo no lo creo! —exclamó la anciana, algo enojada.
—No alces la voz, abuela —murmuró la que había hablado en primer lugar—. Si alguien nos escuchara, seríamos duramente castigadas.
Ignorando la advertencia de su interlocutora, la anciana continuó.
—En el pasado, cuando el Faraón que ascendía al trono no era hijo de la Primera Gran Esposa, solía casarse con una medio-hermana cuya sangre fuera pura. Ahora las cosas han cambiado mucho y nuestro Señor parece preferir el placer y la belleza a la pureza de la sangre azul.
—No existe la sangre azul. Yo nunca he lavado tiras manchadas de ese color. ¿Lo ves? La sangre de la Familia Real es tan roja como la nuestra.
—Ninguna de las mujeres de la Casa Kheneret tiene verdadera sangre real. No hay aquí ninguna verdadera descendiente de la divina Ahmes Nefertari. Si la hubiera, te convencerías de que lo que digo es verdad.
—Lo que dices no tiene sentido. La sangre es roja, ya sea la de una esclava o la de la hija de un Faraón.
—Si no fueras tan tonta, Merentap, sabrías que hasta ahora los Faraones habían rehusado siempre mezclar su sangre fuera de la Familia Real y, cuando lo hacían, los hijos nacidos de esos encuentros no tenían acceso al Trono o, si querían reinar, estaban obligados a desposar a una Esposa del Dios, heredera por línea directa de la divina Ahmes-Nefertari.
—¿Y crees de verdad que su sangre no es roja?
Sus voces se perdían, diluyéndose ya entre los muchos sonidos que llegaban del exterior. Era evidente que, cumplido su cometido, se alejaban de allí.
—Contempla las pinturas de los templos y a los verdaderos descendientes reales. Obsérvales bien: son los hijos de los dioses, los herederos divinos de su Raza. Son distintos a nosotros, más altos, más blancos. Son los Hombres Azules, sucesores de los dioses… y su sangre no es roja. ¡Es azul!

Apenas si podía ya oírlas, pero aquellas últimas frases habían removido un extraño recuerdo, alojado desde hacía siglos en algún desconocido rincón de mi esencia.

Del Capítulo 15 de "El ocaso de Atón"

domingo, 3 de julio de 2016

DESVELANDO EL MISTERIO 10: La Llave de Plata

Había tomado asiento cansinamente junto a mí y tomó mi mano entre las suyas, renunciando a todo protocolo. Le miré a los ojos y descubrí en ellos, a través de su profunda desolación, una luz distinta. Él continuó:
—Pero, antes de que muera, debo ponerte al corriente de un arcano que hace tiempo me fue confiado y del que no debes hablar con nadie —se interrumpió para comprobar mi asentimiento—. Hace miles de años, nuestros Hermanos vinieron al país de Khemet y fundaron una gran ciudad cerca del Delta. Nada de ella quedó en pié después de su partida: las aguas del mar invadieron la tierra con tanta furia, que arrastraron las arenas hasta derrumbar y cubrir todas y cada una de sus piedras. Todas, menos las que se alzan en la Meseta. En el interior de la mayor de esas construcciones…
—¿En el Templo de Ast?
—Exactamente. En su interior, a través de un pasadizo al que solamente podrá acceder el Ba de alguien absolutamente puro de corazón, existe una cámara secreta que contiene extraños aparatos, el conocimiento del pasado, del presente y del porvenir, los Archivos de cuanto sucedió en aquellos días de los Millones de Años; la historia de nuestra raza humana y la de los Hombres de los cuales descendemos. La entrada a ese pasillo solamente puede abrirse cuando Sóthep esté en ascenso, estando en la más absoluta soledad y dejando el Ka al cuidado del Dyet que yacerá, privado de animación, en la Cámara que es el corazón de la pirámide…
—¿Por qué me cuentas ahora todo eso, amigo del alma?
—Porque ya no hay más tiempo para mí y porque tal vez, un día, necesites de esa información. Llegará un momento en que el futuro de nuestra tierra se verá amenazado: en esos Archivos encontrarás la forma de evitar el fin definitivo. Pero, para penetrar en ellos y conseguir toda esa información, antes deberás equilibrar las energías luminosas que recibirás en las otras dos cámaras. El orden y la forma en que eso debe hacerse solamente lo sabrá quien deba tener acceso a esos Registros y nadie más. Esa construcción acumula energías que vienen de las estrellas y podría permitirte…
—Sabes bien que como mujer, ni tan siquiera como Faraón, podría quedarme a solas en ese lugar ni un solo instante. El poder de los sacerdotes que lo custodian supera al del propio Rey —le interrumpí, no sin cierta tristeza.
—Nada es imposible para la gloriosa Esencia que habita en el Dyet de Hatshepsut Jenemet Imen, nuestro amado Faraón Ma'atKaRa Primero. Por eso precisamente fuiste colocada en esta posición. Si en algún momento debes acceder a esos secretos, todo se confabulará a tu favor para lograrlo y ningún poder de este mundo podrá impedirlo. Por eso eres quien eres. Tú y solamente tú eres la única con el derecho y el deber suficientes para descubrir lo que se encierra tras esa puerta cerrada al mundo. Tú eres a la vez la Llave y la Cerradura. Pero antes debes permitir que tu Esencia aflore…
—¿Te refieres a la diosa?
—Eisset eres tú misma, acéptalo —la mirada que Hapuseneb me lanzó al ver mi gesto de protesta consiguió que las palabras se congelaran en mis labios—. Es necesario que cumplas con lo que has venido a hacer a este mundo, amada mía. Yo he sido llamado para regresar a Casa, más allá de las estrellas; y tú te quedarás completamente sola. Sin el apoyo de Senenmut, sin la compañía de tus hijas y sin mi modesta ayuda, estarás en manos de tus enemigos y a merced de tu sobrino. Recapacita, Hat. Eisset es ahora tu única esperanza.
—Esto es una locura, amigo mío. Me siento vieja y cansada, sin energías para superar el dolor que las muertes de mi hija y de Senenmut me han causado, pero todavía tengo el arrojo suficiente para enfrentarme a MenkheperRa, si hiciera falta. Y, precisamente por eso, no creo que mi sobrino incumpla el acuerdo al que ambos llegamos; el joven Faraón no es más que un advenedizo, hijo de una prostituta al servicio de mi difunto y bastardo esposo, pero ha sido educado por mí y será fiel a su palabra de Rey.
—Existe una antigua Profecía que se refiere a ti —continuó sin inmutarse—. Es una información de altísimo secreto, cuyo conocimiento se ha reservado siempre para el Sumo Sacerdote. Sólo él, si entiende que la ocasión es tan importante que así lo requiere, tiene el poder necesario para retirar los sellos que la preservan de miradas indiscretas. Yo lo hice cuando fui testigo tu primera transformación.
—¿Y encontraste lo que andabas buscando?
—En cierto modo sí. En ella se cuentan cosas atroces que han de sobrevenir en esta Tierra cuando llegue el final de los Tiempos. Una Mujer está destinada a evitar algunos de esos desastres y poner fin a una vieja reyerta. Ella poseerá la Llave de Plata y en sus manos descansará el futuro de los hombres.
—¿Lo ves, mi amado amigo? Yo no tengo ninguna llave. Indudablemente, esa Profecía no se refiere a mí.
—Debes comprender el verdadero sentido de esa frase. Tú eres la Llave, la energía de “la” Mujer… ¡Tú eres Ella! Prométeme que, cuando yo descanse en los Campos de los Bienaventurados, buscarás esa llave en tu interior.

Del Capítulo 43 de "La Hija de los Dioses"

viernes, 1 de julio de 2016

DESVELANDO EL MISTERIO 9: Dioses

—No fue un sueño, Hati. Regresaste a tu vida pasada para que puedas darte cuenta de quien eres en realidad y lo que has venido a hacer. Por eso se te permitió recordar esas escenas. Ra es en realidad un nombre familiar, un sufijo que se añade a tu nombre para indicar la familia de la cual procedes.
—Podría aceptar que esa extraña criatura, medio mujer y medio niña, pueda haber sido yo en una vida anterior; pero no puedo admitir, de ninguna manera, que esos seres sean lo que creo que son.
—Todos nosotros lo fuimos, en su momento.
—No eran dioses, Hapuseneb; no lo eran.
—No. Nunca fuimos más que Hombres y Mujeres de una raza superior, pertenecientes a otra civilización.
—El lugar que yo he visto no es de este mundo; ni tan siquiera es parecido.
—El lugar que tú viste es nuestro verdadero hogar, al que deberemos regresar cuando todo esto acabe.
—Y entonces… ¿cómo hemos llegado a esto?
—¿A qué te refieres?
—Si esos seres éramos nosotros y mi corazón me dice que así es, ¿cómo y cuándo aparecimos en la Tierra? ¿Cómo, cuándo y de qué manera pudimos llegar a convertirnos en dioses? ¡En nuestros propios dioses de ahora!
—No aparecimos en la Tierra, sino que vinimos a ella hace muchísimos años, viajando en naves que cruzaban los cielos.
—La Barca de Ra…
—Exactamente; y también la Nave de los Millones de Años. Cuando llegamos a la Tierra no había en ella edificios, ni cultura alguna. Los antepasados de los hombres vivían en cavernas como los animales y se comportaban tales. Les trajimos evolución y unos avances con los que ni tan sólo podían haber soñado. Les enseñamos a cultivar la tierra, a vestirse y a hablar, les dimos leyes, cultura, ciudades… Durante todo ese tiempo nosotros seguimos conservando nuestras propias costumbres, que creaban un abismo entre ellos y nosotros: Viajábamos por su cielo en nuestras naves celestes y dispusimos de sus tierras y de sus vidas a cambio de un poco de civilización. Por eso ellos creyeron que éramos dioses y nosotros les dejamos creerlo. Nos equivocamos. Fallamos en eso y en muchas otras cosas que deberás recordar. Por eso hoy estamos aquí: para intentar remediar nuestros errores pasados.
—Pero entonces, los dioses… ¡no existen!
—No como tales.
—¿Dónde están los dioses verdaderos, entonces?
—No hay dioses verdaderos, sino un solo y único Dios: Aquel Que Todo Lo Puede, el Padre de todos.
—¿Amón?
—No, él es solamente otra de sus criaturas. Bajo nuestro punto de vista religioso actual podría representarle, pero Amón (Aitum) es tan sólo tu verdadero padre celestial.
—¡No! No, no puedo creerlo, Hapuseneb. Aceptar esto como verdad implica admitir que todo es mentira: nuestra religión, nuestra cultura, nuestra historia.
—No todo es mentira, pero vas a tener que descubrir la Verdad por ti misma.
—Según tú hemos vuelto para enmendar nuestros fallos del pasado.
—Eso es lo que me ha sido revelado —asintió.
—¿Vas a decirme que deberemos convencer al país de la existencia de un Único Dios, declarando además que la existencia de todos los dioses no es más que una mentira, un terrible error del pasado?
—Tal vez.
—¡Eso es imposible y tú lo sabes muy bien! Nos tomarían por locos, o algo aún peor: por herejes. El clero está organizado alrededor de grandes y pequeños cultos a los dioses. Cada Nomo tiene sus propios templos y adora a los mismos dioses, aunque bajo advocaciones distintas. La existencia de un solo dios crearía una revuelta entre tus propios sacerdotes; el pueblo no comprendería nada y estallaría una guerra interna que no necesitamos, ahora menos que nunca. Quiero conservar en el país la paz que me legó mi padre y lo haré pasando por encima de lo que sea preciso. Y, cueste lo que cueste, no voy a poner en peligro lo que tanto me ha costado conseguir. El Trono de Khemet ha de quedar asegurado.
—Yo también he pensado en eso… y tienes razón, no sería nada fácil. Pero cometimos también otros errores y creo que no todos han de ser reparados de una sola vez.
—Explícame eso.
—Es muy posible que hayamos venido a experimentar en qué se han convertido aquellos hombrecitos a los que un día permitimos que nos adorasen como a dioses. Hemos adoptado su forma humana para poder apreciar qué sentían al rendirnos honores, a experimentar en propia piel su temor a sufrir las represalias de nuestra cólera, a obedecer las arbitrarias leyes que nosotros mismos creamos, a saber lo que es padecer una injusticia; a experimentar con las pasiones humanas, a luchar contra una materia más densa que arrastra y apresa, a combatir el odio, la envidia, la lujuria… a sentir en carne propia, en suma, que somos la causa primera de unos males que no supimos remediar, a descubrir que creamos seres que se han convertido en víctimas de sus propios miedos, que  les dimos la capacidad de amar, pero también de sufrir… El Dios verdadero es Libertad; no es represión. El verdadero Dios es Justicia; Él es el único que puede juzgar los actos de sus criaturas, porque sólo él sabe lo que se oculta en sus corazones. No interviene en las vidas de los hombres: les deja tomar sus propias decisiones aunque se equivoquen, exactamente igual que consintió que nosotros cometiéramos todos aquellos errores. Aquel Que Todo Lo Puede nos permite aprender de nuestras propias experiencias y no comete iniquidades. No es un dictador colérico, sino un Padre afectuoso.
Hapuseneb se interrumpió para intentar captar el efecto que aquellas palabras habían producido en mí. Luego, con voz pausada y llena de cariño, continuó:
—Debes permitir que Eisset se haga fuerte dentro de ti, que surja tu verdadera Identidad. Entonces te serán reveladas cosas que sólo a ti conciernen y que forman parte de tu tarea en esta vida como Hatshepsut…, como Faraón Ma'atkara Primero. Por eso fuiste colocada en posición de gobernar: para que pudieras llevar a cabo tu labor sin condicionamientos.
—Según tu Eisset es… ¿Ast la Grande?
—Sí. Y debes reconocerla en ti, Hati querida.
—¡Nunca lo haré!, ¿lo oyes? ¡Nunca! La Eisset que yo vi no es más que una niña, mimada y consentida…
—Exactamente igual que tú.
—…demasiado dulce y tierna —continué haciendo caso omiso de su desagradable comentario—, indefensa y sin la fuerza necesaria para gobernar, incapaz de regir como mujer los destinos de un país de hombres. Si diera paso a esa niña, las intrigas de la corte la destruirían inmediatamente.
—Te sorprendería saber de lo que fue capaz esa dulce niña. No confundas su inocencia con debilidad, amada mía.
—¡Esa no puede ser Ast, la Grande en Magia, la Diosa de los Mil Nombres! —le increpé— Y si lo es, yo no deseo ser como ella.
Me había levantado y me dirigía a toda prisa hacia la puerta, sin despedirme siquiera. Un dolor agudo, como el de un fino estilete, me traspasaba el pecho. Sentía la inminente necesidad de echarme en los brazos del sacerdote y dejar que el llanto, tantos años reprimido, brotara de mis ojos hasta agotarse.
Necesitaba decirle cuánto le había amado y confesarle que me lancé en los brazos de Senenmut tan sólo porque él me rechazó.
Pero en lugar de eso me tragué las lágrimas, levanté orgullosamente la cabeza y me volví, pronunciando desde el quicio de la puerta una palabra que no había pronunciado nunca y que no iba a repetir jamás:
—Perdóname, Hapuseneb…

Del Capítulo 30 de "La Hija de los Dioses"