Hay una raza de hombres, hay una raza de dioses. Cada una de ellas saca su aliento vital de la misma Madre, pero sus poderes son diversos, de suerte que unos no son nada y otros son los dueños del cielo , que es su ciudadela para siempre. Sin embargo, todos nosotros participamos de la Gran Inteligencia; tenemos un poco de la fuerza de los inmortales, aunque no sepamos lo que el día nos tiene reservado, lo que el destino nos tiene preparado antes de que cierre la noche. Píndaro, "Oda"
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martes, 28 de julio de 2015
LA MÁQUINA DEL TIEMPO
Habían acampado la noche anterior. En un claro, junto a una fuente. Con los carros formando un círculo habían cenado y, al resplandor del fuego, cantado y bailado hasta bien entrada la noche.
Después, la calma se adueñó del campamento. Una lechuza vigilaba atenta desde un roble cercano. Ladera abajo, serpenteaba un torrente.
Con las primeras luces del alba se despertó el rumor del viento entre las ramas y los pequeños animales del bosque salieron tímidamente de sus escondrijos. De vez en cuando, trinaba un pájaro madrugador. El fragor del torrente resonaba en el valle, apagado por la distancia. Pero como fondo de aquella aparente quietud, si se aguzaba el oído, podía percibirse el latido de un corazón gigantesco:
—¡Tum—tá!, ¡tum—tá!, ¡tum—tá!
Con la salida del sol volvió la actividad a las carretas. Las mujeres se afanaban entre calderos, los hombres preparaban los arreos y los viejos calentaban sus huesos cansados al tibio sol del otoño, mientras los niños retozaban deslizándose pendiente abajo con gran alboroto. Y fueron precisamente los niños, con sus ojos y oídos recién estrenados y abiertos todavía al universo, quienes se dieron cuenta de aquel extraño sonido.
— Venid, venid todos, ¡Se oye un ruido! Viene del valle... ¡hay algo allá abajo, dentro del bosque!
Pero los mayores estaban demasiado ocupados para prestarles atención.
—Abuela, abuelito! Hay algo allá abajo que hace un ruido como de un reloj muy grande.
—¿Qué decís niños? —éstos llegaban corriendo, casi sin resuello— ¡No puedo entender nada de lo que dicen los zagales! ¿Y tu Zóltan?
Papá Zóltan era el mas viejo de la tribu. Nadie sabía cuándo había nacido. Ni el mismo lo recordaba. Su nieta Moira y su marido cuidaban de él pero, para toda la tribu, el viejo Zóltan era «el abuelo».
—Abuelo Zóltan —Estrellita era la mas pequeña de las hijas de Moira ¿no oyes, abuelito? Ese ruido raro que viene del fondo del valle: como un corazón.
—¿Qué dices? .Yo no oigo nada. ¡Moira! Ven, escucha lo que dicen los niños.
Por fin lograron atraer la atención de los mayores. Uno a uno, fueron abandonando sus tareas y aguzando el oído.
—Pues parece que viene de por allí abajo… ¿Qué será?
Iban bajando lentamente por el bosquecillo tras los niños y aquel extraño zumbido, apagado pero audible, les llegaba ahora con más claridad.
—¡Tum—tá!, ¡tum—tá!, ¡tum—tá!
Los más ancianos les seguían, en silencio. Intrigados, se adentraban más y más en el bosque. El sonido se hacia cada vez mas potente y empezaba a perfilarse como el tic—tac de un reloj gigantesco.
Llegaron al límite del bosque. Ante ellos se extendía una suave pradera y, después, el trotar alborotado de las aguas del torrente. AI fondo, a su derecha, destacaba del paisaje la silueta impresionante de una vieja mansión semi derruida y cubierta de vegetación.
Ahora el fragor del agua era muy intenso pero, a pesar de ello, podían distinguir un tercer ruido que se confundía con aquel tictac. Era como el chasquido monótono de una maquinaria.
—¡Chis—chás!, ¡chis—chás!...
Recelosos, se acercaron al caserón poco a poco, sin mediar entre ellos ni una sola palabra.
El torrente había quedado atrás.
Ya no se escuchaba ni un sonido que no fuera aquel. El paisaje estaba como muerto: ni un pájaro, ni una suave brisa interrumpía la quietud del fantasmagórico lugar.
La vieja casona parecía abandonada y los más atrevidos se acercaron hasta la pesada puerta de madera. Un gato asustado salió de entre los matorrales que cubrían la entrada y desde la ojiva de un ventanal un ave emprendió el vuelo de repente.
Retrocedieron sobresaltados… y de nuevo nada.
Otra vez avanzaron hasta la puerta. A pesar de su impresionante aspecto, esta cedió y giró sobre sus goznes con extremada facilidad.
Presas de un miedo incontrolado, superado tan sólo por su curiosidad, fueron atravesando tímidamente el umbral. Se hallaban ahora en un lugar donde reinaba la penumbra y el frescor. Olía a polvo y a humedad.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, distinguieron el suelo embaldosado y las paredes de piedra de un vestíbulo. Frente a ellos, un gran arco también de piedra daba acceso a un patio de carruajes. Tras él, un nuevo arco llevaba otro vestíbulo mucho más lujoso que el anterior, del que arrancaba una enorme escalinata de mármol rematada por una soberbia escultura que representaba la cabeza de un león sobre un pedestal.
Sin embargo, el sonido parecía proceder de algún lugar del sótano, porque el suelo vibraba bajo sus pies.
Salieron al patio por el primer vestíbulo, sin atreverse a recorrer la soberbia mansión. Tenían la boca seca y un nudo en la garganta.
En un rincón, una pequeña puerta de forma extraña atrajo de nuevo su atención. El ruido era ya impresionante.
Una llave de hierro oxidada por los años y la lluvia pendía de un gancho sobre el quicio de la puerta.
—¿Qué hacemos? —preguntó uno.
—¡Pues entrar, naturalmente! —le respondió una mujerona de formas generosas.
—Ya que hemos llegado hasta aquí, vale la pena intentarlo —terció otra.
El Jefe del Clan se adelantó para descolgar la llave y la introdujo, no sin cierta precaución, en la cerradura. Ésta parecía no haber sido abierta en años y, sin embargo, la llave giró con gran facilidad. La portezuela crujió con un ruido seco y sus viejas bisagras chirriaron cuando la portezuela giró sobre sus goznes.
Los que iban delante se quedaron atónitos ante el cuadro que se ofrecía ante su vista. Ahora el ruido era atronador.
Los de detrás empujaban impacientes.
Pronto estuvieron todos en el interior de lo que era una inmensa nave de piedra. Se hallaban a pocos metros de la puerta, sobre una especie de entarimado del que arrancaba una escalerilla corta, también de madera, que daba acceso a aquel sótano.
Contemplaban anonadados el espectáculo sin atreverse siquiera a respirar, los pies clavados en el suelo.
Al fondo de la sala, cuyas dimensiones sobrepasaban cuanto habían visto jamás, había una enorme maquinaria parecida a la de un reloj gigantesco sin esfera ni manecillas. Enormes ruedas dentadas, fabricadas en madera oscura, giraban alternativamente en un sentido y en otro.
—¡Ríiiiis—raaaaaás!
Una enorme bola de cristal de cuarzo pendía Del techo y se balanceaba rítmicamente de un crucero de la nave al otro, proporcionando movimiento a todo el conjunto.
Frente a ellos y practicado en la parte baja de la pared había un orificio del que iba saliendo una extraña cinta incolora, procedente de algún lugar del centro de la Tierra. La Cinta del Tiempo, pues de eso se trataba, atravesaba la sala de este a oeste y era recogida por otras ruedas de madera que la transportaban hacia el interior de la maquinaria.
La luz del sol naciente que se colaba por una claraboya abierta hacia el cielo se reflejaba a través del enorme péndulo de cuarzo. Los rayos, al atravesar el purísimo cristal, se descomponían en mil colores que iban tiñendo la cinta a su paso.
Del otro extremo de la máquina había algo parecido a una cizalla, también de grandes proporciones que, accionada igualmente por aquel vaivén, cortaba la cinta en pedacitos exactamente iguales. Los había de todos los colores: blancos, amarillos, rosados, grises, rojos, negros…
Retazos de Tiempo, pedazos de vida que centelleaban tentadores.
Los primeros en reaccionar fueron, como siempre, los niños. Chillando y alborotando, se abalanzaron sobre el enorme montón de retales que el olvido había ido reuniendo en un gran montón en el centro de la sala. Presos de la excitación de lo que es nuevo, saltaban y se revolcaban entre trocitos de cinta de todos los colores, apoderándose de los colores más hermosos: blancos, rosados, celestes…
Tras ellos, entre bromas y risas, bajaron los jóvenes eligiendo los colores más vibrantes: amarillos, fucsias, turquesas…
Repuestos de la sorpresa y seducidos por los inconscientes juegos de los niños y la algarabía de los jóvenes, los adultos avanzaron cautelosamente hasta el ya revuelto montón. Para ellos los tonos más cálidos: rojo de pasión, verde esperanza, azul profundo de melancolía, amarillo oro de momentos radiantes.
Por ultimo, renqueantes, llegaron los ancianos. En vano buscaron algún color con el que alegrar su existencia. Ya solo quedaban tonos apagados: ocres marchitos, verdes descoloridos, magenta y una interminable gama de grises. Miraban envidiosos a los niños y a los jóvenes malgastar en juegos y devaneos aquellos preciosos momentos que ellos tanto deseaban.
Algunos escrutaban ansiosos el orificio de la pared esperando ver salir un pedacito de cinta de algún color precioso para apoderarse egoístamente de él. Otros, los menos, contemplaban fascinados el vaivén de la bola de cristal y la Luz que entraba por la claraboya; pero todos, sin excepción, esperaban ilusionados poder alcanzar un momento de roja pasión, de amarilla calidez, de verde esperanza o de rosada ternura.
Todo era en vano.
Veían a otros, más jóvenes y rápidos que ellos, acumular el preciado tesoro, pero no podían esperar que compartieran con ellos ningún trocito alegre de su tiempo.
De vez en cuando, sólo muy de vez en cuando, alguno de ellos conseguía encontrar alguno de aquellos instantes y un pedacito de claridad caía en sus manos. Cada vez que esto sucedía, los demás ancianos se arremolinaban a su alrededor festejando como niños la buena suerte de su compadre y compartiendo su alegría. Mientras tanto, el afortunado poseedor de aquel pedazo, lo sostenía entre sus manos temblorosas, procurando alargarlo lo más posible.
Más tarde, todos juntos y cada uno por su lado tentarían de nuevo la suerte.
Casi sin darse cuenta, las horas habían ido pasando y el mediodía se acercaba.
Los niños, sentados ya en el exterior, jugaban a intercambiar sus trocitos junto a la puerta de la casona.
Los adultos intentaron reunir de nuevo a todo el grupo, pero…
—¡Mamá! ¿Dónde está el abuelo?
—No lo sé —un estremecimiento recorrió la espalda de Moira—. ¿No estaba con vosotras?
—No… Bueno, estaba con nosotras hasta que empezamos a jugar con nuestras cintas y nos olvidamos de él. Hace rato que no le vemos.
—Es muy extraño…
—¡Lajos, Lazlo! ¿Habéis visto al abuelo? Me pareció que estabais juntos.
—Es cierto, recogía cintas con nosotros, pero de repente le perdimos de vista.
El marido de Moira organizó un grupo para buscar al abuelo por los alrededores mientras el resto le llamaba a grandes voces.
—¡Papáaaaa!
—¡Abuelo Zóoooltaaaaan!
Nada. Todo era en vano. Papá Zóltan no aparecía. La preocupación empezaba a crispar todos los rostros. De repente, un niño visiblemente alterado salió corriendo de detrás de la casa.
—Venid, venid todos, allí detrás...
Corrieron todos en la dirección que indicaba el chiquillo y allí, junto a un matorral cuajado de flores, yacía el cuerpo exánime del abuelo.
—Papá… papá Zóltan…
Papá Zóltan ya no respondería.
En su cara había una indescriptible expresión de felicidad y en sus labios una sonrisa casi angélica. Sus ojos entreabiertos parecían contemplar el espacio con infinita ternura.
El grupo se había ido reuniendo a su alrededor sin hablar, sin mirarse, con la respiración en vilo.
La mano morena y arrugada de Zóltan apretaba contra su cansado corazón un retazo de cinta como ninguno de ellos había visto: era un increíble arco iris de colores, un resplandeciente tono nacarado que contenía toda la gama posible que el Tiempo pudiera ofrecer.
Era algo bellísimo, indescriptible.
—¡Mamá! —Myrna, la mayor, tenia los ojos llenos de lagrimas— ¿Está… está muerto el abuelo?
—¿Muerto? El abuelo no ha muerto.
Estrellita, de rodillas junto a él, pasaba los deditos por entre los pelos de su barba:
—¿No ves qué contento está?
Moira cogió la mano de la pequeña.
—Los niños no entienden la muerte…
Nadie se atrevió a tocarle. Ni siquiera le movieron.
En silencio, los hombres cavaron una fosa en el mismo lugar donde le habían encontrado, junto al único arbusto en flor que había en aquel paraje donde el había elegido ir a morir.
Alguien pronuncio una oración y, todos a una, un adiós emocionado.
—Mamá, ¿por que decís adiós? El abuelito Zóltan no ha muerto, mamá. Él está «realmente» vivo: yo lo sé. De veras, mamá, me está esperando; él me lo ha dicho.
—Estrella, cariño, no digas tonterías.
—Pobrecita… todavía no sabe. Es muy pequeña.
Sin mediar una sola palabra, con el corazón encogido, regresaron al campamento ladera arriba.
No hizo falta ni una orden para que cada uno recogiera sus enseres. Nadie pensó ni siquiera en comer.
Poco a poco, las carretas formaron una fila y lentamente se pusieron en marcha. Pronto se perdieron en el horizonte con los últimos rayos de aquel sol de otoño.
Desde el ultimo carro, asomando la cabeza por debajo de la lona que cubría la parte posterior, Estrellita contemplaba cómo el paisaje iba cambiando y cómo el torrente, la vieja casona y el prado donde horas antes había visto por ultima vez al abuelo Zóltan, iban haciéndose más y más pequeños hasta desaparecer por completo.
—Hasta pronto, abuelito.
Él levantó su vieja mano, arrugada y morena, y le devolvió el saludo.
Desde su lugar, mas allá del sol y las estrellas, Papá Zóltan vio desparecer la ultima carreta tras una loma; en su rostro, una expresión serena y en su boca, una dulce sonrisa.
—Hasta siempre, Estrella.
De mi libro CUENTOS DE NIÑOS PARA MAYORES
PROYECTÁNDONOS HACIA LA 4D
Llamamos Cuarta Dimensión al cuarto eje de rotación espiraloide, que tiene una inclinación de 32º de arco o más exactamente: 20 veces el número Phi (1.6180339).Aunque en la física relativista la cuarta dimensión es el tiempo, las matemáticas nos permiten soñar con otras dimensiones espaciales.
En su Studio (Real Academia de Venecia ), también conocido como El hombre de Vitrubio , Leonardo da Vinci realiza una visión del hombre como centro del Universo, al quedar inscrito en un círculo y un cuadrado. Trataba de vincular la arquitectura y el cuerpo humano, un aspecto de su interpretación de la naturaleza y del lugar de la humanidad en el "plan global de las cosas". En este dibujo Leonardo representa las proporciones ideales que se establecen en el cuerpo humano. Para él, el hombre era el modelo del universo y lo más importante era vincular lo que descubría en el interior del cuerpo humano con lo que observaba en la naturaleza. Es curioso observar que una línea imaginaria trazada desde el plexo solar, como centro del cuerpo, a la parte superior de la mano tendría exactamente esa inclinación y parece establecer una vía de salida a la Cuarta Dimensión.
Para alcanzar ese cambio profetizado en la Tierra por el que el planeta y sus habitantes deberíamos pasar a la 4D, es preciso que el eje terrestre alcance una inclinación de 32º con respecto a una vertical ideal o grado cero, lo cual determinaría un clima estable en todo el planeta, sin inviernos ni veranos o cambios de temperatura apreciables. Pero una inclinación como esa supondría severos cambios en la naturaleza de nuestro planeta y por ende en el comportamiento de los seres humanos, que nos veríamos seriamente afectados por él.
En el plano sutil el Amor es la espiral áurea, mientras que el pensamiento humano es angular. La espiral es el plano viviente o la pieza que ensambla la evolución de los patrones geométricos.
El Amor Sagrado y el sexo tántrico permiten también eventualmente el acceso a la Cuarta Dimensión forzando una posición en la que la cabeza de la mujer esté inclinada en el ángulo preciso. Pero cuando el corazón humano accede a un amor muy profundo, el amor y la espiral que crea hacen ladear la cabeza a 32º, de forma natural. Ese mismo amor, al ser incrementado, es la motivación propulsora que permitiría el acceso al cuarto eje de rotación o "más allá".
En resúmen, la espiral sabe qué hacer con la geometría angular y cuándo hacerlo. Sin embargo, los patrones geométricos angulares (el pensamiento) por sí mismos necesitan una pauta a seguir. La espiral áurea (el Amor) es el líder mágico para las geometrías angulares del Pensamiento. Éste necesita del Amor para mantener un orden cohesivo y una distribución fluida, mientras entra dentro y a través del momento de amor o implosión. Esto establece el fractal ordenado y la matriz holográfica en todas las escalas y planos, lo que llamamos anidacion infinita.
Si se usan patrones geométricos angularees para visualizar o meditar es necesario tener en cuenta que debe volverse a la espiral centro-corazón-sentimientos para cambiar los estados de conciencia y/o la intención o dirección. La espiral es y será siempre la puerta infinita de acceso a todos los planos y dimensiones.
Si el corazón y la mente entran en desacuerdo, la realidad de fisura. Por lo tanto, si la geometría y la espiral son separadas de forma sustancial, ofrecerán poco de su potencial disponible. Íntimamente ligados al Amor, la espiral, la esfera, los sólidos platónicos y otros, están todos los bloques de construcción de la Creación.
Por lo tanto, ¡el amor es la fuerza conductora más inteligente y creativa que existe en el universo! El Amor es el adhesivo que mantiene y sostiene juntas a toda la Vida y a la Creación.
Es evidente que nos encontramos al final de una era.
Los medios de difusión revolvieron las conciencias de las masas allá por 1998, cuando el fin del milenio se aproximaba. Todas las profecías parecían apuntar a que, coincidiendo con el tercer milenio, un cambio de eras iba a producirse y, con él, una situación apocalíptica que nos llevaría a la destrucción de las dos terceras partes de la humanidad y a una elevación a un nivel superior de aquellos seres humanos que con anterioridad hubieran conseguido alcanzar una espiritualidad avanzada o lo que es lo mismo: un nivel vibracional más alto.
Pero detrás de toda esta movilización de prensa, radio, TV y pseudo-iluminados algunas organizaciones de alto nivel mundial extendían sus peligrosos tentáculos. Y, tras ellas, algo mucho más fuerte y poderoso…
La idea de la Nueva Era de Acuario ha sido propagada como un reguero de pólvora para fomentar un movimiento espiritual forzado, a la sombra del cual han surgido numerosos grupos de ayuda, meditación, etc. No pongo en tela de juicio la buena intención de esas personas, pero sí que me preocupa en gran manera la inteligente conducción de la que están siendo objeto por parte de mentes muy peligrosas que se aprovechan de la situación de stress emocional y mental que el boom tecnológico de los últimos cincuenta años ha provocado en las masas.
El cambio de milenio nos ha abocado hacia una situación de stress mucho más intensa.
Durante los últimos días del año 2004, una desviación del eje magnético del planeta agravó los síntomas: los días ya no parecen cundir lo que cundían antes; parecen haberse acortado, como si la medida de nuestro tiempo hubiera variado significativamente. También a este respecto hubo desinformación, puesto que la desviación del eje se había producido antes y no después del tremendo tsunami de dolorosa memoria. A partir de aquel momento, la medida del tiempo se alteró: a pesar de que aparentemente seguimos teniendo días de 24 horas, éstas ya no nos son suficientes para hacer las mismas cosas que antes hacíamos sin esfuerzo. Nos parece que nuestro rendimiento ha disminuido, cuando lo que sucede es que es el tiempo de la Tierra el que ha “encogido”.
El día primero de septiembre de 2005 una gran cantidad de ondas de alta frecuencia bombardearon nuestro sol y su consecuencia fue que una alta emisión de rayos X y Gamma llegaron a la Tierra alterando su magnetismo de forma notable: el índice Kp sufrió una gran elevación, de tal manera que las mediciones desbordaban los aparatos, pues superaban el nivel nueve y no fue posible determinar la causa de ese gran aumento. Lo cierto es que como consecuencia de ello se formaron dos nuevos huracanes y las líneas de teléfonos, las informaciones provenientes de los satélites, los GPS y numerosos aparatos electrónicos sufrieron alteraciones hasta un punto tal que las líneas aéreas se vieron en la necesidad de modificar sus rutas y la altitud de sus vuelos.
A los dos días, la cantidad de energía se había intensificado, el magnetismo terrestre había disminuido notablemente y al cabo de 24 horas más ya se encontraba bajo mínimos.
Como consecuencia de ello, los pájaros se desorientaron y también los grandes mamíferos acuáticos, los cuales, a partir de aquel momento, empezaron a aparecer en aguas que no les eran propias. De eso saben mucho las organizaciones de defensa de la naturaleza que desde entonces desarrollan una intensa labor para rescatar a los que en su desconcierto quedaron embarrancados en playas y bancos de arena. Pero no para ahí la consecuencia de esos cambios, pues a la vuelta de un par de años puede producirse en la población humana mundial un aumento significativo de enfermedades degenerativas de todo tipo. Hay que considerar que si el magnetismo terrestre llegara a un punto cero la esperanza de vida en nuestro planeta sería de pocas horas.
Sin llegar a estos extremos, la disminución del magnetismo terrestre atrae hacia la Tierra todo tipo de cuerpos espaciales y nos expone a lluvias de meteoritos, con la evidente amenaza de un impacto grave.
Es más que probable que se produzcan nuevos movimientos en el fondo de nuestros mares y en las capas profundas de la tierra que provoquen nuevos terremotos y tsunamis, pero no es menos cierto que un exceso de radiación unido a un descenso continuado del magnetismo dejaría a la Tierra sin su capa protectora y por lo tanto expuesta a los rayos solares, lo cual haría igualmente imposible la vida sobre el planeta. Solamente en cuevas profundas sería tal vez posible la supervivencia de algunos pocos.
Ahora bien, ¿conocen esta posibilidad nuestros científicos, nuestros políticos, las mentes pensantes del planeta? Es evidente que conocen el problema y que han podido preverlo desde mucho antes de que se produjera. ¿Por qué, si no, ese inmenso presupuesto gastado en investigación espacial, cuando hay tantos males que atajar en nuestro propio plantea? ¿Es acaso más importante conocer el espacio que salvar de una muerte segura por inanición a millones de niños, o de investigar los posibles remedios para esas plagas que asolan a la población humana llamadas cáncer o SIDA?
Sí lo es. Y aunque a simple vista pueda parecer que es una medida cruel y despiadada, o pueda barajarse la hipótesis de que se deja morir impunemente a esas pobres criaturas del tercer mundo para frenar el avance demográfico, la cruda realidad es que se está buscando una vía alternativa de salida al problema al que nos estamos enfrentando.
Debemos reconocer, aún contra nuestra voluntad, que la Humanidad no estaba preparada para los adelantos que se han producido durante los últimos cincuenta años, debidos en gran parte a la investigación de la tecnología llegada del espacio en 1.947 y cuyo cuartel general se encuentra en la misteriosa Área 51 en U.S.A., o sea, la base restringida de Groom Lake, en Nevada. ¿Quién podría asegurar que las naves de los casos Roswell o Aztec en Nuevo México, o el de Spitzbergen, en Noruega (1.946) no fueran accidentes cuidadosamente planeados por los que se ha dado en llamar nuestros “Hermanos Oscuros” o lo que es lo mismo, los llamados “grises” o Zeta-reticulianos para impulsar una tecnología para la cual no estábamos preparados?
Nuestros científicos han alcanzado una serie logros no por evolución natural de la propia tecnología humana, sino a través de la investigación de otra tecnología que estamos aún muy lejos de comprender. No pueden, por lo tanto, contemplar sus descubrimientos con el amor que despertaría en sus corazones una obra fruto de su propio desarrollo.
Todo ello, por supuesto, ha sido llevado a cabo en el más riguroso de los secretos, que puso al descubierto hace algún tiempo el llamado Informe Matrix. Con el fin de controlar todo lo relativo a este tema, a principio de los años cincuenta el gobierno de los Estados Unidos reunió a un grupo de doce personas, el MJ-12 (Majestic-12). Esta información salió también a la luz pública de una forma extraña y muy sospechosa.
Pero no es el MJ-12 lo que nos preocupa ahora, sino una organización que podría, incluso, dominar a estos doce personajes, una organización tan poderosa y bien alineada que controla a cientos (por no decir a miles) de los llamados grupos de Nueva Era, fomentando una pretendida espiritualidad de nueva generación.
Se nos deslumbra con buscar una pretendida elevación de la humanidad como antes se nos distrajo con la política o con el fútbol. Aunque para algunos sea una creencia en la que depositar sus anhelos más profundos, no pasa de ser un control de un determinado tipo de masas, igual que lo es para otros la sociedad de consumo o el mundo de los estupefacientes. Nuestra juventud más radical está siendo conducida hacia las drogas para evitar que su mirada se dirija hacia otros objetivos que posiblemente harían peligrar un bien estructurado sistema.
Ciertamente debemos buscar la elevación espiritual de la humanidad en su conjunto, pero de eso y de la forma adecuada de conseguirlo nos ocuparemos más adelante.
Por debajo de todo esto, o más bien a causa de ello, la Humanidad ha enloquecido completamente. Los estudios genéticos ocultan tras de una fachada benefactora la antigua ambición de construir una nueva raza de hombres perfectos que puedan desafiar sin problemas al tiempo, a la enfermedad y a la ignorancia. Si lo consiguen, habrán creado un nuevo monstruo, repitiendo el error cometido por nuestros Hermanos Mayores al principio de los Tiempos.
Aquello que resultó ser un gran error en el pasado remoto está ahora repitiéndose y nosotros mismos seremos los artífices de tal desatino: las modificaciones genéticas para diseñar una nueva raza que supere a la nuestra crearán una humanidad distinta que destruirá de inmediato a la actual, por pura necesidad de ser. Una nueva raza, con modificaciones en sus códigos de conducta cuidadosamente previstas que la asemejarán en gran manera a los tan temidos grises: un nivel de inteligencia más alto, supresión de las emociones, acentuación de su lado más oscuro… ¿Acaso no sería esta una humanidad ideal para aliarse a nuestros enemigos cósmicos?
Necesitamos urgentemente dar a conocer lo que en su día sucedió para no repetir el mismo error; necesitamos tomar cartas en el asunto, inmediatamente. No vale conformase con la excusa de pensar que cada uno de nosotros es un ser aislado: la unión de todos es una fuerza poderosa, capaz de vencer todos los obstáculos. Ellos lo saben y por eso dividen, separan, condicionan.
En 1963, en Iron Mountain se reunieron los más prestigiosos investigadores, científicos y políticos y la terrible conclusión a la que llegaron fue que las masas son más fácilmente dominables cuando están sometidas a la presión de una situación de guerra que, entre otras cosas, despierta la necesidad de ser más ingenioso y creativo. ¿Sería entonces una amenaza de invasión extra-terrestre una forma de controlar al pueblo? Probablemente.
Tal vez sería ésta la única forma de unir a todos los hombres contra un enemigo común llegado del espacio exterior. Pero nuestras dificultades tienden a aumentar en la misma medida en que nos convertimos en un peligro para la Oscuridad , lo que supone que aquellos que no soporten con entereza las adversidades caerán rápidamente del lado oscuro, poniendo en peligro al resto.
A propósito de esto último: ¿no parece muy chocante que las grandes catástrofes humanas o las situaciones de guerra sucedan justamente en momentos en que las crisis económicas amenazan a nivel mundial?
En su Studio (Real Academia de Venecia ), también conocido como El hombre de Vitrubio , Leonardo da Vinci realiza una visión del hombre como centro del Universo, al quedar inscrito en un círculo y un cuadrado. Trataba de vincular la arquitectura y el cuerpo humano, un aspecto de su interpretación de la naturaleza y del lugar de la humanidad en el "plan global de las cosas". En este dibujo Leonardo representa las proporciones ideales que se establecen en el cuerpo humano. Para él, el hombre era el modelo del universo y lo más importante era vincular lo que descubría en el interior del cuerpo humano con lo que observaba en la naturaleza. Es curioso observar que una línea imaginaria trazada desde el plexo solar, como centro del cuerpo, a la parte superior de la mano tendría exactamente esa inclinación y parece establecer una vía de salida a la Cuarta Dimensión.
Para alcanzar ese cambio profetizado en la Tierra por el que el planeta y sus habitantes deberíamos pasar a la 4D, es preciso que el eje terrestre alcance una inclinación de 32º con respecto a una vertical ideal o grado cero, lo cual determinaría un clima estable en todo el planeta, sin inviernos ni veranos o cambios de temperatura apreciables. Pero una inclinación como esa supondría severos cambios en la naturaleza de nuestro planeta y por ende en el comportamiento de los seres humanos, que nos veríamos seriamente afectados por él.
En el plano sutil el Amor es la espiral áurea, mientras que el pensamiento humano es angular. La espiral es el plano viviente o la pieza que ensambla la evolución de los patrones geométricos.
El Amor Sagrado y el sexo tántrico permiten también eventualmente el acceso a la Cuarta Dimensión forzando una posición en la que la cabeza de la mujer esté inclinada en el ángulo preciso. Pero cuando el corazón humano accede a un amor muy profundo, el amor y la espiral que crea hacen ladear la cabeza a 32º, de forma natural. Ese mismo amor, al ser incrementado, es la motivación propulsora que permitiría el acceso al cuarto eje de rotación o "más allá".
En resúmen, la espiral sabe qué hacer con la geometría angular y cuándo hacerlo. Sin embargo, los patrones geométricos angulares (el pensamiento) por sí mismos necesitan una pauta a seguir. La espiral áurea (el Amor) es el líder mágico para las geometrías angulares del Pensamiento. Éste necesita del Amor para mantener un orden cohesivo y una distribución fluida, mientras entra dentro y a través del momento de amor o implosión. Esto establece el fractal ordenado y la matriz holográfica en todas las escalas y planos, lo que llamamos anidacion infinita.
Si se usan patrones geométricos angularees para visualizar o meditar es necesario tener en cuenta que debe volverse a la espiral centro-corazón-sentimientos para cambiar los estados de conciencia y/o la intención o dirección. La espiral es y será siempre la puerta infinita de acceso a todos los planos y dimensiones.
Si el corazón y la mente entran en desacuerdo, la realidad de fisura. Por lo tanto, si la geometría y la espiral son separadas de forma sustancial, ofrecerán poco de su potencial disponible. Íntimamente ligados al Amor, la espiral, la esfera, los sólidos platónicos y otros, están todos los bloques de construcción de la Creación.
Por lo tanto, ¡el amor es la fuerza conductora más inteligente y creativa que existe en el universo! El Amor es el adhesivo que mantiene y sostiene juntas a toda la Vida y a la Creación.
Es evidente que nos encontramos al final de una era.
Los medios de difusión revolvieron las conciencias de las masas allá por 1998, cuando el fin del milenio se aproximaba. Todas las profecías parecían apuntar a que, coincidiendo con el tercer milenio, un cambio de eras iba a producirse y, con él, una situación apocalíptica que nos llevaría a la destrucción de las dos terceras partes de la humanidad y a una elevación a un nivel superior de aquellos seres humanos que con anterioridad hubieran conseguido alcanzar una espiritualidad avanzada o lo que es lo mismo: un nivel vibracional más alto.
Pero detrás de toda esta movilización de prensa, radio, TV y pseudo-iluminados algunas organizaciones de alto nivel mundial extendían sus peligrosos tentáculos. Y, tras ellas, algo mucho más fuerte y poderoso…
La idea de la Nueva Era de Acuario ha sido propagada como un reguero de pólvora para fomentar un movimiento espiritual forzado, a la sombra del cual han surgido numerosos grupos de ayuda, meditación, etc. No pongo en tela de juicio la buena intención de esas personas, pero sí que me preocupa en gran manera la inteligente conducción de la que están siendo objeto por parte de mentes muy peligrosas que se aprovechan de la situación de stress emocional y mental que el boom tecnológico de los últimos cincuenta años ha provocado en las masas.
El cambio de milenio nos ha abocado hacia una situación de stress mucho más intensa.
Durante los últimos días del año 2004, una desviación del eje magnético del planeta agravó los síntomas: los días ya no parecen cundir lo que cundían antes; parecen haberse acortado, como si la medida de nuestro tiempo hubiera variado significativamente. También a este respecto hubo desinformación, puesto que la desviación del eje se había producido antes y no después del tremendo tsunami de dolorosa memoria. A partir de aquel momento, la medida del tiempo se alteró: a pesar de que aparentemente seguimos teniendo días de 24 horas, éstas ya no nos son suficientes para hacer las mismas cosas que antes hacíamos sin esfuerzo. Nos parece que nuestro rendimiento ha disminuido, cuando lo que sucede es que es el tiempo de la Tierra el que ha “encogido”.
El día primero de septiembre de 2005 una gran cantidad de ondas de alta frecuencia bombardearon nuestro sol y su consecuencia fue que una alta emisión de rayos X y Gamma llegaron a la Tierra alterando su magnetismo de forma notable: el índice Kp sufrió una gran elevación, de tal manera que las mediciones desbordaban los aparatos, pues superaban el nivel nueve y no fue posible determinar la causa de ese gran aumento. Lo cierto es que como consecuencia de ello se formaron dos nuevos huracanes y las líneas de teléfonos, las informaciones provenientes de los satélites, los GPS y numerosos aparatos electrónicos sufrieron alteraciones hasta un punto tal que las líneas aéreas se vieron en la necesidad de modificar sus rutas y la altitud de sus vuelos.
A los dos días, la cantidad de energía se había intensificado, el magnetismo terrestre había disminuido notablemente y al cabo de 24 horas más ya se encontraba bajo mínimos.
Como consecuencia de ello, los pájaros se desorientaron y también los grandes mamíferos acuáticos, los cuales, a partir de aquel momento, empezaron a aparecer en aguas que no les eran propias. De eso saben mucho las organizaciones de defensa de la naturaleza que desde entonces desarrollan una intensa labor para rescatar a los que en su desconcierto quedaron embarrancados en playas y bancos de arena. Pero no para ahí la consecuencia de esos cambios, pues a la vuelta de un par de años puede producirse en la población humana mundial un aumento significativo de enfermedades degenerativas de todo tipo. Hay que considerar que si el magnetismo terrestre llegara a un punto cero la esperanza de vida en nuestro planeta sería de pocas horas.
Sin llegar a estos extremos, la disminución del magnetismo terrestre atrae hacia la Tierra todo tipo de cuerpos espaciales y nos expone a lluvias de meteoritos, con la evidente amenaza de un impacto grave.
Es más que probable que se produzcan nuevos movimientos en el fondo de nuestros mares y en las capas profundas de la tierra que provoquen nuevos terremotos y tsunamis, pero no es menos cierto que un exceso de radiación unido a un descenso continuado del magnetismo dejaría a la Tierra sin su capa protectora y por lo tanto expuesta a los rayos solares, lo cual haría igualmente imposible la vida sobre el planeta. Solamente en cuevas profundas sería tal vez posible la supervivencia de algunos pocos.
Ahora bien, ¿conocen esta posibilidad nuestros científicos, nuestros políticos, las mentes pensantes del planeta? Es evidente que conocen el problema y que han podido preverlo desde mucho antes de que se produjera. ¿Por qué, si no, ese inmenso presupuesto gastado en investigación espacial, cuando hay tantos males que atajar en nuestro propio plantea? ¿Es acaso más importante conocer el espacio que salvar de una muerte segura por inanición a millones de niños, o de investigar los posibles remedios para esas plagas que asolan a la población humana llamadas cáncer o SIDA?
Sí lo es. Y aunque a simple vista pueda parecer que es una medida cruel y despiadada, o pueda barajarse la hipótesis de que se deja morir impunemente a esas pobres criaturas del tercer mundo para frenar el avance demográfico, la cruda realidad es que se está buscando una vía alternativa de salida al problema al que nos estamos enfrentando.
Debemos reconocer, aún contra nuestra voluntad, que la Humanidad no estaba preparada para los adelantos que se han producido durante los últimos cincuenta años, debidos en gran parte a la investigación de la tecnología llegada del espacio en 1.947 y cuyo cuartel general se encuentra en la misteriosa Área 51 en U.S.A., o sea, la base restringida de Groom Lake, en Nevada. ¿Quién podría asegurar que las naves de los casos Roswell o Aztec en Nuevo México, o el de Spitzbergen, en Noruega (1.946) no fueran accidentes cuidadosamente planeados por los que se ha dado en llamar nuestros “Hermanos Oscuros” o lo que es lo mismo, los llamados “grises” o Zeta-reticulianos para impulsar una tecnología para la cual no estábamos preparados?
Nuestros científicos han alcanzado una serie logros no por evolución natural de la propia tecnología humana, sino a través de la investigación de otra tecnología que estamos aún muy lejos de comprender. No pueden, por lo tanto, contemplar sus descubrimientos con el amor que despertaría en sus corazones una obra fruto de su propio desarrollo.
Todo ello, por supuesto, ha sido llevado a cabo en el más riguroso de los secretos, que puso al descubierto hace algún tiempo el llamado Informe Matrix. Con el fin de controlar todo lo relativo a este tema, a principio de los años cincuenta el gobierno de los Estados Unidos reunió a un grupo de doce personas, el MJ-12 (Majestic-12). Esta información salió también a la luz pública de una forma extraña y muy sospechosa.
Pero no es el MJ-12 lo que nos preocupa ahora, sino una organización que podría, incluso, dominar a estos doce personajes, una organización tan poderosa y bien alineada que controla a cientos (por no decir a miles) de los llamados grupos de Nueva Era, fomentando una pretendida espiritualidad de nueva generación.
Se nos deslumbra con buscar una pretendida elevación de la humanidad como antes se nos distrajo con la política o con el fútbol. Aunque para algunos sea una creencia en la que depositar sus anhelos más profundos, no pasa de ser un control de un determinado tipo de masas, igual que lo es para otros la sociedad de consumo o el mundo de los estupefacientes. Nuestra juventud más radical está siendo conducida hacia las drogas para evitar que su mirada se dirija hacia otros objetivos que posiblemente harían peligrar un bien estructurado sistema.
Ciertamente debemos buscar la elevación espiritual de la humanidad en su conjunto, pero de eso y de la forma adecuada de conseguirlo nos ocuparemos más adelante.
Por debajo de todo esto, o más bien a causa de ello, la Humanidad ha enloquecido completamente. Los estudios genéticos ocultan tras de una fachada benefactora la antigua ambición de construir una nueva raza de hombres perfectos que puedan desafiar sin problemas al tiempo, a la enfermedad y a la ignorancia. Si lo consiguen, habrán creado un nuevo monstruo, repitiendo el error cometido por nuestros Hermanos Mayores al principio de los Tiempos.
Aquello que resultó ser un gran error en el pasado remoto está ahora repitiéndose y nosotros mismos seremos los artífices de tal desatino: las modificaciones genéticas para diseñar una nueva raza que supere a la nuestra crearán una humanidad distinta que destruirá de inmediato a la actual, por pura necesidad de ser. Una nueva raza, con modificaciones en sus códigos de conducta cuidadosamente previstas que la asemejarán en gran manera a los tan temidos grises: un nivel de inteligencia más alto, supresión de las emociones, acentuación de su lado más oscuro… ¿Acaso no sería esta una humanidad ideal para aliarse a nuestros enemigos cósmicos?
Necesitamos urgentemente dar a conocer lo que en su día sucedió para no repetir el mismo error; necesitamos tomar cartas en el asunto, inmediatamente. No vale conformase con la excusa de pensar que cada uno de nosotros es un ser aislado: la unión de todos es una fuerza poderosa, capaz de vencer todos los obstáculos. Ellos lo saben y por eso dividen, separan, condicionan.
En 1963, en Iron Mountain se reunieron los más prestigiosos investigadores, científicos y políticos y la terrible conclusión a la que llegaron fue que las masas son más fácilmente dominables cuando están sometidas a la presión de una situación de guerra que, entre otras cosas, despierta la necesidad de ser más ingenioso y creativo. ¿Sería entonces una amenaza de invasión extra-terrestre una forma de controlar al pueblo? Probablemente.
Tal vez sería ésta la única forma de unir a todos los hombres contra un enemigo común llegado del espacio exterior. Pero nuestras dificultades tienden a aumentar en la misma medida en que nos convertimos en un peligro para la Oscuridad , lo que supone que aquellos que no soporten con entereza las adversidades caerán rápidamente del lado oscuro, poniendo en peligro al resto.
A propósito de esto último: ¿no parece muy chocante que las grandes catástrofes humanas o las situaciones de guerra sucedan justamente en momentos en que las crisis económicas amenazan a nivel mundial?
EL BESO DE UN ÁNGEL
Acababa de ganar sus primeras alas y ya formaba parte de la Brigada de Mantenimiento. Realmente, podía estar orgulloso de sí mismo y seguramente lo habría estado, si no fuera porque los Ángeles no conocen el orgullo.
Estaba impaciente por que le fuera asignada su primera misión importante, pero la verdad es que no había en el Cielo gran cosa de que ocuparse salvo procurar que las nubes no se alejasen demasiado de su camino, o barrer y abrillantar cada día la gran bóveda celeste.
Pero un día sucedió lo imprevisible: una gran tormenta estalló sobre la Tierra. Los vientos soplaban huracanados y todo el cielo se oscureció. Dos enormes nubes negras se peleaban entre sí por lograr el lugar privilegiado dentro del temporal. Una y otra vez, embestían enfurecidas una contra otra con un terrible estruendo que hacía retumbar el Cielo y temblar la Tierra entera.
De pronto, una de ellas pareció retirarse pero, súbitamente, giró sobre sí misma, cogió carrera y fue a chocar contra la otra con tal fuerza, que la desplazó por completo. Un gigantesco relámpago cruzó el cielo para ir a perderse en algún lugar desconocido, mientras que al instante se escuchó un ruido atronador.
Y tras esto, un gran silencio.
Poco a poco, consternadas, las nubes se fueron disolviendo, el viento paró y la tormenta fue amainando. Los Ángeles Vigilantes recorrían el espacio para comprobar los daños; casi todos los compañeros veteranos de nuestro Angelito habían salido a patrullar los cielos y éste había quedado muy triste en su puesto de reserva.
Pero de improviso resonó una voz que le ordenó presentarse ante San Pedro.
—Acabo de recibir varios reportes sobre los daños que ha causado la tormenta —dijo éste— y no me queda más remedio que intentar repararlos con los Ángeles Reserva. De modo que ésta va a ser tu prueba de fuego.
El Angelito le miraba atónito y encantado. ¡Por fin una misión importante, una oportunidad de demostrar todo lo que había aprendido en el cursillo de formación!
—El rayo que se formó con el choque de las dos grandes nubes ha atravesado la Bóveda y ha ido a perderse en el espacio. No obstante, en su camino ha producido un gran desgarrón en el que varias nubes han quedado atrapadas y por el que podrían salir el Sol, la Luna o las estrellas y perderse también. Así que deberás repararlo antes de que el Sol llegue hasta ése lugar, lo cuál será dentro de cuatro horas, exactamente. Deberás darte prisa y hacerlo con sumo cuidado. ¿Has entendido bien?
—Perfectamente, señor.
—En ese caso preséntate en el Almacén y allí te darán cuanto precises para la reparación. Confiamos en ti.
Dando brincos de alegría se dirigió al Almacén.
—«No les defraudaré» —pensaba confiado.
Tomó mortero de rocío de aurora, ladrillos azul celeste, una enorme aguja de luz y un ovillo de hilo de nube. Aquello era todo lo que podía necesitar, se dijo. Y, muy contento, se dirigió al lugar que su Jefe le había indicado.
Al llegar a su destino comprobó que, en efecto, el agujero era tremendo. Tendría suerte si reparaba todo aquel estropicio en cuatro horas, así que se puso manos a la obra.
Empezó desenganchando las nubes de entre las aristas que había formado la bóveda al partirse y a remendarlas cuidadosamente.
Una vez que hubo soltado la primera nube, la utilizó para sentarse cómodamente en ella para seguir zurciendo a sus compañeras.
Desde su lugar privilegiado, la vista era magnífica.
Pero… ¿Qué era aquel enorme globo azul que podía verse a través de la grieta?
¿Sería la Tierra?
Mirando atentamente, empezó a distinguir grandes extensiones de agua, montañas llenas de vegetación y planicies completamente áridas.
En todas las partes en las que el verde predominaba pudo ver a unas criaturas muy parecidas a él mismo, aunque parecían estar envueltas en una materia mucho más densa que la suya.
—Deben de ser hombres —pensó, recordando la descripción que de ellos le había hecho un Ángel de la Guarda amigo suyo.
Aquellos curiosos seres se agrupaban por lo general en comunidades llenas de suciedad y miseria. Algunos pocos vivían en reductos fortificados, rodeados de grandes lujos que habían sido costeados enteramente por los que se debatían en la pobreza.
Pero tanto ricos como pobres eran igualmente sucios, violentos, desconsiderados y envidiosos. La única diferencia estaba en que los ricos podían permitirse ser ambiciosos, avariciosos, lujuriosos, ladrones y asesinos sin que ninguna ley pudiera ponerles freno, porque utilizaban el poder en su propio beneficio.
No contentos con lo que la Madre Naturaleza les ofrecía de forma gratuita para su sustento, los hombres habían esclavizado a sus animales criándolos para matarlos, para hacerles trabajar en su lugar o atándoles a extraños carruajes que utilizaban para su transporte.
La Tierra entera se había llenado con toda la suciedad que acumulaban por donde pasaban, los bosques eran destrozados para combatir el frío del invierno, para construir casas y otros muchos usos, el aire se había llenado de toda clase de tóxicos y largas franjas de terreno que aparecían devastadas eran utilizadas para el transporte de hombres y mercancías.
El Angelito estaba consternado.
Con la gran aguja entre sus manos se había quedado absolutamente alelado, dejando pasar el tiempo sin darse cuenta.
El Sol estaba ya muy alto en el horizonte y, de pronto y sin que ni él ni nadie pudiera evitarlo, el astro rey se coló por la rendija a gran velocidad y desapareció del firmamento.
Todo se oscureció de repente.
—¡Dios mío! ¿Qué ha pasado?
El mal ya estaba hecho.
Miró nuevamente hacia abajo. Oía los gritos aterrados de los hombres que repentinamente se habían quedado sin luz y sin calor, pero nada podía ver, salvo una oscuridad total.
Pronto unos débiles puntitos de luz allá abajo le permitieron ver algo más. Los hombres habían encendido antorchas y hogueras para calentarse o defenderse. Otros, aprovechando la confusión y la oscuridad, se apropiaban de cuanto podían o llevaban a cabo toda clase de acciones vengativas contra antiguos enemigos.
Algunos corrían despavoridos sin rumbo fijo y en las viviendas los campesinos atrancaban puertas y ventanas y ponían vigilancia a sus animales.
De nuevo, la voz que le conminaba a presentarse ante su Jefe le sacó de su ensimismamiento.
—¿Sabes lo que has provocado? ¿Tienes idea de las consecuencias? Has sido curioso, desobediente, perezoso e inconsciente. Tus faltas han desencadenado un gran cataclismo cuyas consecuencias deberemos sufrir todos. Te avisé que el desgarrón debía ser reparado antes de cuatro horas y te previne de lo que podía pasar. ¡No tienes excusa!
El Angelito, rojo como un pimiento, mantenía la cabeza gacha.
—El sol, al pasar cerca de la grieta, ha sido absorbido por el vacío y ha salido fuera de la bóveda celeste. Hasta dentro de un año terrestre cuando al pasar por el mismo punto pueda ser conducido a través de esa misma grieta que tú debiste arreglar, no podrá ser reconducido a su órbita normal. Mientras tanto, deberemos construir una pantalla de contención para que, por el mismo sitio, no escapen también la luna y las estrellas.
Sin saber qué decir, el Angelito pensaba que tal vez él podría ayudar, pero…
—Pero tú, ¡tú no serás uno de los que se encarguen de hacerlo! A partir de este momento quedas despojado de todos tus poderes y deberás devolver tus alas. Sin ellas, ya no serás un Ángel.
Dos lágrimas grandes y brillantes resbalaron de sus ojos de cielo. ¡Sus queridísimas alas, que tantos esfuerzos le habían costado!
—Y puesto que los hombres despiertan tanto tu interés, debes saber que ellos son a quienes más has perjudicado. La luz del sol ya no brillará en la Tierra hasta dentro de un año. Entretanto, los niños enfermarán y los ancianos no calentarán sus huesos a los tibios rayos del mediodía. No habrá cosechas, los animales morirán por falta de pastos unos y por falta de sustento otros. El grano irá menguando en los graneros y reinará el hambre, la miseria y el miedo. Los vicios, las pasiones y la guerra se adueñarán de las tinieblas que cubren la Tierra.
—Pero yo… —intentó disculparse.
—¡No me interrumpas!
Nuevamente agachó la cabeza.
—El Señor no es sólo justo, sino también misericordioso y no sería así si no te diera una oportunidad para enmendar tu falta: descenderás de nivel y te convertirás precisamente en uno de esos seres que han podido acaparar de tal manera tu atención.
Los ojos se le salían de las órbitas. ¿Podía él convertirse en uno de aquellos hombres?
—Durante un año vivirás entre ellos —continuó San Pedro—. Este es el plazo improrrogable del que dispones para remediar en lo posible todo los males que con tu imprudencia y tu inconsciencia has provocado sobre la Tierra.
* * *
Las manos y los pies le dolían terriblemente, parecía tener pinchos en las orejas y la nariz le goteaba constantemente. Estaba literalmente aterido. La oscuridad era total y el frío intensísimo.
Con su leve túnica y descalzo no llegaría muy lejos.
Nunca antes había sentido dolor, ni frío, ni tampoco sabía lo que eran el miedo o la soledad.
Miró a su alrededor. No podía distinguir absolutamente nada y empezó a caminar sin rumbo.
El suelo estaba lleno de pinchos y guijarros; sus pies comenzaron a sangrar. Debía estar en un bosque porque, de vez en cuando, daba con las narices en el tronco de un árbol.
No hubiera podido precisar el tiempo que llevaba andando cuando distinguió, a lo lejos, una débil lucecita. A pesar del cansancio, del frío y ¿del hambre? que ahora le atenazaban, se dirigió, esperanzado, hacia la luz. A medida que se acercaba pudo distinguir, entre los grandes árboles del bosque, la silueta de una choza miserable.
La luz que venía del interior se colaba entre las rendijas de un ventanuco, mal tapadas con unos pobres harapos.
Al aproximarse a la puerta, un perro ladró en el interior de la casucha. Por si el frío no hubiera sido suficiente, el pánico acabó de helarle la sangre en las venas. Quiso escapar a toda prisa de allí, pero sus pies parecían pegados al suelo.
La puerta chirrió al abrirse y en el quicio apareció una anciana de rostro bondadoso que sostenía un cabo de vela en su mano izquierda. A su lado, un mastín olfateaba el viento.
La anciana adelantó la vela e iluminó pobremente el exterior de la casa.
—¡Dios mío! Martín, corre, ven enseguida.
—¿Qué sucede? Ya te he dicho que no abrieras la puerta. Con esta oscuridad no se puede esperar que entre nada bueno —la voz que provenía de dentro de la casa tenía un ligero tono gruñón.
—Vamos, deja de protestar y ven enseguida; es un niño medio muerto de frío. Debe de haberse perdido.
La voz seguía refunfuñando.
— ¡Un niño! Lo que nos faltaba. Con esta oscuridad no puedo salir a trabajar, no tenemos casi ni qué comer y ahora vamos a recoger a un niño.
—Vamos, ven. Deberías verlo. ¡Pobrecito!. Anda, ayúdame.
La anciana había salido de la casa y estaba junto a él. El perrazo le olisqueaba desconfiadamente.
Por fin, el hombre que se llamaba Martín apareció en el umbral.
—Pero, ¿qué…? ¡Demonio de mujer, siempre tiene que salirse con la suya!
Andaba renqueando, envuelto en una sucia manta deshilachada y desgastada por el tiempo. Acercándose, ayudó a su mujer a entrar al niño en la casa.
Como pudieron, le instalaron cerca del fuego que ardía en un rincón.
—¡Vamos, vamos, mujer!, no te quedes ahí parada. Pon agua a hervir y trae las hierbas que guardo en aquel estante. Ya que está aquí habrá que curarle estos pies y, además, está lleno de arañazos y magulladuras. ¡Date prisa!
La mujer obedeció.
—Tú, niño, ¿cómo te llamas?
—Ángel.
—¿De dónde vienes?
—De muy lejos, señor.
—¡No me llames señor! Yo soy Martín, el pastor. Mi mujer se llama Adela.
Los ojos de Ángel se habían quedado fijos en una marmita que calentaba su contenido junto al fuego.
—¡Adela! Este niño debe tener hambre. Trae queso, un trozo de pan y un vaso de leche.
El tono de su voz resultaba bastante agrio, pero se leía la bondad en sus ojos.
—Tú, niño, ¿dónde están tus padres?
—No tengo padres.
—¿Cómo que no tienes padres?
Martín le había envuelto con la manta que minutos antes le calentaba.
—Yo no los conozco.
—Eso es otra cosa, pero ¿qué demonios andabas haciendo sólo en el bosque, en camisa y con esta oscuridad?
Aunque no podía precisar qué era exactamente aquella sensación, algo muy antiguo se había removido en el corazón de Ángel al escuchar la palabra «demonios».
—Debo haberme perdido.
—¿Hacia dónde te dirigías?
— No lo sé, señor.
—¡Te he dicho que…!
—¡Martín!, no asustes más al chico. Se ha perdido y está muerto de miedo, se le ve en la carita.
—Este chico no sabe nada de nada —refunfuñó Martín.
Sin hacer caso, Adela le tendió un gran tazón de leche caliente y un buen pedazo de pan con queso.
—Anda come, corazón mío, que yo te prepararé una cama junto al fuego y mañana, cuando hayas descansado, ya nos lo contarás todo.
— ¡Hmmmm! —mientras se callaba de mala gana, Martín preparó su vieja pipa y pronto el interior de la casa se llenó con el aroma especiado del tabaco.
A pesar de su aparente malhumor, mientras sometía a Ángel a su estricto interrogatorio le había curado y vendado los pies.
Acurrucado bajo una gruesa manta de lana, sobre un jergón que Adela había improvisado junto a las brasas, muy pronto el cansancio pudo más que él y se quedó profundamente dormido.
—¡Pobrecillo! Mírale, Martín, duerme como un angelito. Debía estar muy cansado y el susto y el miedo de haberse perdido han podido más que él. ¿Será verdad que no conoce a sus padres?
—Si él lo dice…
Adela se quedó mirando al niño, pensativa.
—Martín…
—Conozco ese tono de voz. ¿Qué es lo que quieres ahora?
—Verás, querido, estaba pensando que tal vez Ángel podría quedarse con nosotros y…
—¿Estás loca, mujer? El cielo ha oscurecido, los animales andan enloquecidos; más de la mitad han escapado, del resto ni podemos ocuparnos. Los que no caigan en manos de los ladrones pronto no tendrán ni qué comer. También nuestra comida se está acabando y tú ¡sólo piensas en quedarte con ese niño!
—Está solito, Martín; y es muy pequeño. No tiene a dónde ir y, aunque no fuera así, con esta oscuridad no podría llegar muy lejos. Además hace un frío espantoso y el bosque está lleno de animales hambrientos, de merodeadores y bandidos. ¿Es que no te da pena?
—No. No podemos ocuparnos de él. ¡No!, no podemos — Martín parecía estar convenciéndose a sí mismo—. Además, el chico no es responsabilidad nuestra.
—¡Sí que lo es! ¿O es que acaso crees que llegó hasta nuestra casa por casualidad? Dios nos lo ha enviado. Puede que sea la respuesta a todas mis plegarias. Tal vez sea el hijo que tanto hemos deseado.
—No mezcles a Dios en esto. ¡Hmmm!
—Mírale Martín, ¡qué guapo es! Parece realmente un ángel — sus ojos se llenaron de lágrimas al acercarse a su marido—. Por favor, Martín, permite que se quede. Estamos envejeciendo y no tienes a nadie que te ayude. Podrías enseñarle el oficio y por las noches nos haría compañía mientras yo coso y tú pintas. Y en primavera, cuando los pastos abundan y se puede bajar al pueblo, podría ayudarte a vender tus miniaturas y mis quesos.
Ahora fue el viejo pastor quién se quedó pensativo. Bajo su aparente fachada de cascarrabias había un alma sensible, un alma de artista.
—Está bien. Puede quedarse. Pero sólo hasta que la oscuridad termine o hasta que alguien venga a buscarlo.
Adela sonrió complacida.
Cuando Ángel despertó hacía ya rato que Adela había preparado la comida y un agradable olor a cocido invadía la humilde casita.
—¿Cómo estás? ¿Has dormido bien?
—Ssssí, muchas gracias. ¡Qué bien huele!
—¡Claro! Debes tener hambre. Has dormido más de doce horas. Ven, vamos a comer. Después me ocuparé de ti. Con ropas viejas de Martín te he hecho unos pantalones y te arreglaré una camisa. También tejeré para ti calcetines, una chaqueta, una bufanda y…
—No marees al chico, Adela. Trae la sopa y no hables más. ¡Tú, niño, siéntate! Podrás quedarte con nosotros si así lo deseas, pero sólo por un tiempo. Somos pobres y no podemos mantener otra boca.
—Trabajaré, señor; muchas gracias por permitir que me quede. Realmente, no sabía a dónde ir.
—¿Trabajarás? Eres muy pequeño, ¿qué podrías hacer tú?
—Soy muy fuerte, señor; y aprendo rápidamente. Déme una oportunidad.
—Eres muy listo y hablas bien para tu edad. Por cierto, ¿cuantos años tienes?
—¿Años? Pues…
—¡Martín!, deja comer al pequeño. ¿No ves que estás poniéndole nervioso?. Seguramente ni siquiera lo sabe. Tendrá cinco, o seis años. ¿Qué más da eso?
Ángel miraba desconcertado la cuchara y el cuenco de sopa que tenía delante.
Tenía una extraña sensación en el estómago. Nunca antes había sentido hambre. En el cielo había todo lo que uno podía apetecer, pero nunca había visto sopa.
Adela le ayudó.
—Vamos, abre la boca. Así.
—Deja que coma él solo. Es muy mayor para darle la comida. Vamos a ver, niño, ¿qué sabes hacer?
—¿Cómo quieres que coma si tú no le dejas?
Los dos ancianos siguieron rezongando un buen rato mientras a Ángel la sopa le sabía a gloria. Nunca se había sentido tan reconfortado, probablemente porque jamás antes se había sentido tan mal.
Mientras ellos discutían no dejaba de darle vueltas a una sola cosa: ¿cómo podría él, un niño, pequeño y desvalido, en un bosque, recogido por dos viejecitos solos y pobres, arreglar todo aquel desastre? ¡Si ni siquiera se podía salir al exterior de la casa con aquella oscuridad!
De pronto una chispa iluminó su mente, ¡pues claro! lo primero era remediar la oscuridad, pero, ¿cómo?
Los días en la tierra pasaban muy rápidamente y Ángel no podía dejar de darle vueltas a su problema. A través del ventanuco podía ver el inmenso cielo estrellado, pero las estrellas estaban demasiado lejanas para poder alumbrar y la luna, sin el sol que la alimentara, había perdido su resplandor.
Recordó tristemente su alegre estancia en el Cielo. Tenía hermanos encargados de arreglar y limpiar las estrellas y tal vez ellos habrían podido ayudarle: una pequeña trampita y, poniendo las estrellas un poco más cerca…
Pero no era más que un niño, débil y desvalido, humano, y ya no podría comunicarse con los Ángeles.
—Ángel, ¿qué te sucede? —Adela había interrumpido sus pensamientos. Entre sus manos arrugadas desgranaba las cuentas de un rosario— Estás casi llorando. ¿Echas de menos a tu familia?
—Nunca tuve a nadie en este mundo. Vosotros sois ahora mi familia, madre.
Ella lo miró entre emocionada y compadecida. La había llamado madre.
¡Había deseado tanto tener un hijo!
—Hijo, ¿a dónde vas?
Ángel se había levantado y se dirigía hacia la puerta con determinación.
—Vuelvo enseguida, madre. No se preocupe.
Salió al patio. La oscuridad le pareció más densa que nunca y el frío era terrible. Miró hacia el cielo y cayó de rodillas. Las lágrimas acudieron a sus ojos y un dolor opresivo a su garganta. Apenas si podía articular una sola palabra.
—Padre-Madre, me has hecho humano y no sé rezar. Veo a mi madre terrenal hacerlo y no encuentro otra forma de hablar contigo. No permitas que mis faltas afecten a seres inocentes. Que ellos no paguen por un delito que no han cometido. Que caiga sobre mí todo el castigo.
Ponía en su plegaria toda la fuerza, todo el arrepentimiento y toda la sinceridad que el permitía su pequeño corazón de niño.
Perdió la noción del tiempo y del espacio y permaneció allí, en interno coloquio con el Padre-Madre Celestial, hasta que una extraña claridad le saco de su estado.
Un cometa se aproximaba con gran rapidez. A medida que estaba más cerca, podía distinguir los dos pares de alas blancas pertenecientes a los dos seres que acercaban aquel astro. El cometa fue disminuyendo su velocidad hasta quedar parado sobre su cabeza; muy alto en el firmamento, pero lo suficientemente cerca como para que su luz iluminara la tierra. Los dos Transportistas habían desaparecido.
Martín y Adela aparecieron en el umbral y, viendo a Ángel frente a ellos, cayeron también de rodillas.
—¡Un milagro! Ha sido un milagro, un milagro. Es maravilloso, Martín, ¡había rezado tanto!
—Gracias Padre, gracias Madre. He aprendido otra gran lección: nunca olvidaré el poder humano de una oración sincera.
Pasaron los días.
La confusión y el miedo en la Tierra habían disminuido con la llegada del cometa. Ya no se cometían pillajes, porque su resplandor iluminaba lo suficiente como para restablecer un ritmo de vida más o menos normal.
Pero el invierno había tocado a su fin y no había ni un brote nuevo en los campos que anunciase la llegada de la primavera. Sin Sol el renacer de la vida era imposible.
Ángel era consciente de que nadie más que él debía solucionar aquel problema y esta vez no podía, no debía, solicitar la ayuda de nadie.
—Si no llega pronto la estación de los pastos, el ganado morirá de hambre.
—Martín, ten paciencia y confía en Dios.
—¡Paciencia! Ya ni esto me distrae.
De un manotazo, Martín había derramado ante él la caja que contenía las pinturas con las que confeccionaba aquellas deliciosas miniaturas que tan bien le pagaban en la ciudad. El bote de pintura que había estado utilizando se derramó sobre la mesa y algunas gotas caían rítmicamente por el borde, formando como pequeñas rosas rojas sobre el enlosado.
Como un relámpago, la luz se hizo en la mente de Ángel.
¡Claro! ¿Cómo no lo había pensado antes? Acababa de recordar la forma en que se reparaban los desperfectos en el Cielo: unos cuantos ladrillos celestes por aquí, un zurcido en aquella nube de allá y una mano de pintura plateada.
¡Pintura! Esa era la solución.
Puso manos a la obra sin perder un solo instante. Recorrió talleres y tiendas, pueblos y ciudades, casa por casa hasta los más recónditos rincones y almacenó en el granero de Martín toda la pintura que pudo conseguir. El viejo cobertizo estaba lleno a rebosar de botes de pintura pequeños y grandes, de todos los colores.
Desde la puerta, Ángel lo contempló satisfecho. Ciertamente había hecho un buen trabajo y ahora, ¡a trabajar!
Tomó primero pintura verde intenso y con ella pintó los prados de pasto, salpicándolos de pequeños botones amarillos, blancos y malva. Con unas viejas enaguas de Adela hizo trapos con que limpiar los espejos pulidos de los lagos y estanques y frotó hasta dejar brillantes los riachuelos que bajaban de la montaña.
Finalmente, con pintura rosa y blanca pintó las flores de los almendros, de los ciruelos y de los manzanos, de los cerezos, de los perales… con verde tierno pintó sus primeros brotes y observó como los pájaros, alegres de nuevo ante la llegada de aquella inesperada primavera, volvían a gorjear.
Saltaban de rama en rama, cortejándose. Sus cantos eran tan particularmente dulces y sus juegos tan conmovedores que ni siquiera se dio cuenta de que la estación ya había acabado y su trabajo estaba aún por terminar.
—Ha llegado el verano, Ángel —la voz llegaba hasta él desde algún lugar desconocido de su interior—. Los frutos deberían estar en su apogeo, pero has desperdiciado tu tiempo de primavera distraído en cosas banales. Tendrás que correr más si quieres conseguir tus objetivos.
Era cierto.
Miró consternado los botes medio vacíos en los que la pintura se había secado. Corrió de nuevo hacia el cobertizo. Cargó ahora con botes de pintura amarillo real para pintar otra vez los campos, convirtiéndolos en trigales maduros que alegró con el azul intenso de los azuletes y el rojo de las amapolas.
Subido a los árboles frutales pintó manzanas rojas, melocotones aterciopelados y guindas color púrpura. Salpicó los márgenes de las veredas de rojas fresas y llenó la huerta de hortalizas de todos los colores.
Pronto las laboriosas hormigas formaron largas colas trasegando el grano que caía de las espigas colmadas de frutos.
Ensimismado, contemplaba su ajetreado ir y venir, cómo iban rellenando sus graneros para el invierno. Vio también un escarabajo verde irisado que empujaba sin cesar su bola de estiércol y hasta las cigarras repetían hasta morir su monótona canción.
—¡Ángel! ¿Has calentado lo suficiente la nieve de las montañas? El tiempo de verano necesitaba mucha agua y la estación ha terminado ya —la voz volvía a sonar en su interior.
¿Que podía hacer?
Nuevamente había dejado pasar su oportunidad, distraído en cosas sin importancia.
Volvió cabizbajo y avergonzado al cobertizo. Estaba ya casi vacío. Quedaban únicamente los colores menos alegres. Eligió primero los más cálidos y, subido nuevamente a los árboles, arrancaba las hojas una a una, sumergiéndolas en botes de diferentes pinturas ocres, doradas, marrones y amarillentas, dejándolas caer luego a su antojo. De granate pintó una viña loca y algún que otro arbusto aquí y allá. De púrpura intenso y amarillo suave llenó de racimos de uvas las viñas de sarmientos retorcidos.
De pronto, recordó las largas tardes en la oscuridad que él y los dos ancianos habían pasado junto al fuego del hogar. En su cara se dibujó una sonrisa y pintó castañas marrones que dejó caer sobre el suelo, ahora yermo. Y pintó nueces y avellanas, y almendras, y palo-santos, y boniatos de color naranja que asomaban entre la tierra.
Y contempló las bandadas de pájaros emigrando hacia el sur, y a las cigüeñas que…
Pero la Voz, de nuevo, le hizo volver a la realidad:
—Olvidaste las calabazas y también las aceitunas. En verano no hubo deshielo y en otoño no te ocupaste de los ríos. Los salmones no han podido bajar hasta el mar. Nuevamente has perdido tu tiempo, Ángel. Y te queda muy poco ya.
Estaba consternado. ¿Es que acaso nunca sería capaz de hacer nada bien?
Su deseo más ferviente era reparar el daño causado con su inconsciencia y, no obstante seguía dejándose fascinar por todo cuanto veía. Sus pasos le habían llevado otra vez al viejo granero, esta vez completamente vacío. Con una expresión de desánimo se dejó caer en un rincón. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Frente a él, al otro lado del cobertizo, distinguió un enorme bidón cubierto con unos sacos. Una chispa de esperanza se encendió en su interior. Se levantó de un salto, retiró los sacos y, con gran esfuerzo, levantó la tapa que lo cubría.
¡Polvo!
Aquel bidón no contenía pintura como esperaba, sino una especie de polvo blanco. De nuevo sintió flaquear sus piernas.
—No abandones, Ángel, no te dejes vencer. Utiliza tu fe, tu fantasía y tu imaginación —el tono de la Voz era ahora dulce, pero enérgico.
¿Qué hacer? De pronto recordó la forma en que Adela solía pintar las paredes de la humilde casita. ¡Claro! ¿Como no se había dado cuenta? ¡Era cal!
Rápidamente, llenó de agua del río cuantos cubos y barreños consiguió obtener y empezó a mezclar la cal con el agua. A falta de cualquier otro color pintó los campos, las calles y los tejados de las casas de blanco inmaculado. Pero el tiempo iba pasando y el trabajo era ahora mayor que nunca: los carruajes, las vallas, los pajares y cobertizos, ¡todo debía quedar totalmente blanco!
Sentía que las fuerzas le fallaban y veía desvanecerse su última oportunidad.
—No desfallezcas… ¡usa tu fe, tu fantasía y tu imaginación! –le repitió la Voz.
En el último momento, al borde ya del desastre, Ángel hizo un último esfuerzo desesperado: sin tiempo ya de preparar más mezcla, empezó a distribuir el polvo blanco, esparciéndolo por las copas de los árboles, por los caminos, por el río…
De repente un escalofrío le sacudió. Se había levantado una molesta brisa helada y sus pies parecían tener mil agujas. Miró al suelo. La cal bajo ellos se estaba derritiendo con el calor de su cuerpo.
Entonces se dio cuenta: tampoco la brisa era normal después de todo un año sin soplar; y todavía lo era menos aquella extraña luminosidad. Miró al cielo y, consternado, comprobó que el cometa había desaparecido. En su lugar, un cielo gris plomizo iluminaba el ambiente y por el aire revoloteaban los polvos de cal, que se habían agrupado formando pequeñas bolas que caían sobre su cara, fundiéndose también al contacto con su piel.
Los emocionados gritos de Adela le hicieron reaccionar.
—Un milagro, ¡Dios mío, es un milagro!. Martín, sal fuera. Date prisa, hombre ¡está nevando! Es un milagro, ¡un milagro! —repetía, sin cesar— Ángel, ¿Dónde está Ángel?
Nieve.
Sí, la cal se había convertido en nieve. Pero, entonces, ¡era los rayos del sol los que, tras las nubes cargadas de agua, llegaban a la Tierra con aquella luz grisácea! ¡Lo había conseguido!
El invierno estaba allí y esta vez era auténtico.
Entonces, si realmente lo había hecho, ¡había recuperado la Fuerza! Había sido perdonado y podía volver.
Pero, ¿cómo?. Y sobre todo, ¿como explicárselo a aquella mujer que tan bien se había portado con él, a aquella mujer que se lo había dado todo sin exigir nada a cambio?
Contempló desde lejos a Adela, que había caído de rodillas sobre la nieve y rezaba, emocionada, dando gracias a Dios.
Más que nunca la vio débil, desvalida, anciana y cansada. Nunca hasta aquel momento había reparado en aquel rostro de expresión dulce, surcado de arrugas que habían marcado el sol campesino y el trabajo duro, las vicisitudes y las privaciones.
De lo más profundo de su alma de ángel surgió ahora un sentimiento de inmensa ternura y la imperiosa necesidad de compensarla por tanto sufrimiento, por todos sus desvelos. De que, al menos, sus últimos días sobre aquel planeta de desolación fueran lo menos desagradables posible.
Pero sus manos estaban vacías. Volvió sus palmas hacia arriba y musitó una oración. La nieve, al caer, las iba llenando.
—Madre…
Sin saber cómo, había llegado junto a ella. Al escuchar aquella palabra Adela levantó hacia él sus ojos cansados, que se llenaron de lágrimas.
El sintió una opresión en el pecho y un nudo en la garganta.
—Madre, yo…
La expresión de Adela había cambiado de pronto. Parecía no dar crédito a sus ojos.
La nieve seguía entre las manos de Ángel, pero esta vez no se fundía, ni tampoco notaba frío alguno. Pero él no reparaba en este detalle, concentrado como estaba intentando descifrar la extraña mirada de Adela.
La sombra de un espléndido par de alas proyectándose sobre el suelo le hizo comprender: ¡acababa de recuperarlas!
Y acababa también de conseguir la respuesta a su pregunta: ¡aquel era el Camino!
El amor puro y desinteresado, el Amor, era el único camino.
Y comprendió.
Puso en las manos de Adela la nieve que había recogido y las estrechó un momento entre las suyas. Después, suavemente, depositó en ellas un dulce beso de Ángel y, muy lentamente, casi sin sentirlo, empezó a batir sus alas recién estrenadas y subió…
* * *
La figura de Ángel había desaparecido sabe Dios cuanto tiempo hacía ya, pero Adela y Martín seguían mirando al cielo como si esperasen verle reaparecer.
La noche estaba cayendo sobre ellos.
—Vamos, mujer. Entremos en casa.
Martín abrazó con cariño la endeble figurilla de su esposa. Hacía años que no le prodigaba una expresión de cariño parecida. Ella seguía estrechando entre sus manos aquella extraña nieve que no se fundía. Las horas habían pasado y no se había derretido.
Una voz conocida y entrañable pareció resonar en sus oídos.
—Padre, madre… Gracias por haberme acogido, gracias por vuestros cuidados. Sin vosotros no hubiera podido sobrevivir en este mundo vuestro. Me disteis amor, un hogar y me enseñasteis cuanto sabíais. Gracias a vosotros he podido cumplir la misión para la cuál fui enviado a la Tierra. No debéis entristeceros por mi partida. Llegará un día en el que volveremos a reunirnos y será para no volver a separarnos jamás. Entretanto no debéis sentiros solos porque vuestro pequeño hijo no os ha abandonado: pasaré con vosotros las noches de invierno junto al fuego y en primavera, cuando Martín lleve sus figurillas al mercado, estaré con él. En las tardes de verano, me sentaré en el porche junto a vosotros y en otoño alegraré vuestras veladas: chisporrotearé con el fuego cuando aséis las castañas. Y, por fin, disfrutareis de dulces: cuando hagas tus pastelillos, Adela, podrás endulzarlos casi como hacemos en el Cielo. Cada vez que, pensando en mí, tomes nieve entre tus manos, pondré en ellas un beso de ángel y mi amor por vosotros convertirá la nieve en azúcar.
De mi libro CUENTOS DE NIÑOS PARA MAYORES
jueves, 25 de junio de 2015
HERIDAS CÓSMICAS 5 - Dependencia emocional
El área de las relaciones personales (íntimas) es un indicador muy importante para llegar a ser consciente del profundo dolor cósmico que todos llevamos con nosotros. Con demasiada frecuencia sentimos que necesitamos la presencia de alguien en nuestra vida.
Esto trabaja desde fuera diciéndonos que esa soledad está asociada con la falta de contacto íntimo y que la solución está en una relación de amor o de amistad. Pero en ésta presunción se oculta una gran trampa en potencia.
La trampa es que estamos situando la causa de ese dolor fuera de nosotros. El resultado es que, en el sutil rol de las relaciones, siempre decidimos que el otro es el responsable de nuestras heridas internas. Así, somos "su" víctima y ese victimismo nos permite ejercer un cierto poder sobre él/ella, porque conocemos su dolor interno y su vulnerabilidad.
El significado espiritual del amor entre un hombre y una mujer, o en cualquier relación sexual íntima, no consiste sanarse las heridas uno al otro.
La belleza real de una relación de amor descansa en la unión de dos seres completamente independientes que comparten entre ellos sus propias riquezas. Cada uno tiene sus propios puntos de vista sobre la realidad, su propia manera de experimentar las cosas. Ser capaz de compartir esto mutuamente en el nivel más profundo es una gran alegría para el alma.
Pero casi siempre se les da un mal uso a estas relaciones, intentando sanar una herida interior que en realidad no tiene nada que ver con la otra persona.
A veces puede ser muy difícil darse cuenta de esto en el nivel profundo. Comprender que si nos sentimos terriblemente solos, abandonados o tristes, somos nosotros mismos quienes estamos creando este sentimiento.
Somos los únicos responsables de esta realidad interior llamada soledad o sentimiento de abandono.
En lugar de volcarnos hacia otro, la solución para estos sentimientos (que son muy profundos y muy antiguos) es volvernos hacia dentro, donde tenemos la Fuerza a nuestra disposición. Para todos los sentimientos de desesperación, depresión y soledad en su vida, la solución ya está ahí, está presente en nuestra energía. La solución puede parecer oculta porque hay que encontrar la puerta y abrirla, pero todos somos Energía Divina en esencia y esa Energía dispone de todo lo que se necesita para consolar al niño interior perdido.
¡Impregnémonos de nuestra propia divinidad!
La tendencia a volvernos dependientes de alguien es la causa de muchos desacuerdos y esto nunca resuelve nuestro dolor más profundo.
Por esto es que es tan importante reconocer completamente la fuente real de ese dolor, darse cuenta de que está enquistado en una dimensión espiritual que trasciende las relaciones, el trabajo, los padres... y comprender que la solución no se encuentra en el comportamiento de la pareja, padres, hijos o amigos, sino pura y únicamente dentro de uno mismo.
Esto trabaja desde fuera diciéndonos que esa soledad está asociada con la falta de contacto íntimo y que la solución está en una relación de amor o de amistad. Pero en ésta presunción se oculta una gran trampa en potencia.
La trampa es que estamos situando la causa de ese dolor fuera de nosotros. El resultado es que, en el sutil rol de las relaciones, siempre decidimos que el otro es el responsable de nuestras heridas internas. Así, somos "su" víctima y ese victimismo nos permite ejercer un cierto poder sobre él/ella, porque conocemos su dolor interno y su vulnerabilidad.
El significado espiritual del amor entre un hombre y una mujer, o en cualquier relación sexual íntima, no consiste sanarse las heridas uno al otro.
La belleza real de una relación de amor descansa en la unión de dos seres completamente independientes que comparten entre ellos sus propias riquezas. Cada uno tiene sus propios puntos de vista sobre la realidad, su propia manera de experimentar las cosas. Ser capaz de compartir esto mutuamente en el nivel más profundo es una gran alegría para el alma.
Pero casi siempre se les da un mal uso a estas relaciones, intentando sanar una herida interior que en realidad no tiene nada que ver con la otra persona.
A veces puede ser muy difícil darse cuenta de esto en el nivel profundo. Comprender que si nos sentimos terriblemente solos, abandonados o tristes, somos nosotros mismos quienes estamos creando este sentimiento.
Somos los únicos responsables de esta realidad interior llamada soledad o sentimiento de abandono.
En lugar de volcarnos hacia otro, la solución para estos sentimientos (que son muy profundos y muy antiguos) es volvernos hacia dentro, donde tenemos la Fuerza a nuestra disposición. Para todos los sentimientos de desesperación, depresión y soledad en su vida, la solución ya está ahí, está presente en nuestra energía. La solución puede parecer oculta porque hay que encontrar la puerta y abrirla, pero todos somos Energía Divina en esencia y esa Energía dispone de todo lo que se necesita para consolar al niño interior perdido.
¡Impregnémonos de nuestra propia divinidad!
La tendencia a volvernos dependientes de alguien es la causa de muchos desacuerdos y esto nunca resuelve nuestro dolor más profundo.
Por esto es que es tan importante reconocer completamente la fuente real de ese dolor, darse cuenta de que está enquistado en una dimensión espiritual que trasciende las relaciones, el trabajo, los padres... y comprender que la solución no se encuentra en el comportamiento de la pareja, padres, hijos o amigos, sino pura y únicamente dentro de uno mismo.
El maravilloso cerebro emocional de las personas con alta sensibilidad
A veces no es fácil, en ocasiones resulta complicado encajar en un mundo con “demasiados alfileres”, con demasiado ruido, egoísmos y dobles intenciones. Los sentidos de las personas con alta sensibilidad (PAS) son tan vulnerables como privilegiados, pueden sentir lo que otros no perciben, o hacerlo a en una intensidad tan elevada que el mundo se muestra ante ellos con un abanico de realidades que a otros, se nos escapan.
¿Qué hace en realidad que una persona con alta sensibilidad sea de esta forma? ¿Es genético? ¿Por qué sufren más que otros? ¿Por qué el amor es a la vez tan intenso y doloroso en sus relaciones? ¿Por qué disfrutan de su soledad y a la vez, sienten una profunda incomprensión desde que son niños?
En el 2014 se publicó un interesante trabajo llevado a cabo en la Universidad de Stony Brook (Nueva York), donde se intentaba dar una explicación sobre qué particularidades tenía el cerebro de una persona con alta sensibilidad (PAS), y de qué modo podría diferenciarse de las personas que no lo son, o que al menos, no presentan esa apertura emocional tan característica.
Los resultados del trabajo llevado a cabo por seis investigadores fueron publicados en la revista “Brain and Behavior.”, y pasamos seguidamente a descubrirte las interesantes conclusiones. Estamos seguros que te van a sorprender.
El cerebro emocional de las personas con alta sensibilidad (PAS)
Se estima que casi el 20% de la población dispone de las características básicas que definen la alta sensibilidad. Lo habitual, es que pasen gran parte de su vida sin saber que pertenecen a ese pequeño grupo de privilegiados, y a quienes, de alguna forma, les ha tocado vivir con unas “gafas invisibles” que les harán ver el mundo de otro modo, y con un corazón más abierto, a la vez que vulnerable.
PAS
Los estudios llevados a cabo en la Universidad de Stony Brook revelaron que las personas con alta sensibilidad dispone de un cerebro emocional dotado de una gran empatía. Son cerebros orientados plenamente a la “sociabilidad”, y a la unión con sus semejantes.
¿Qué quiere decir esto? Básicamente lo que se concluyó es que los procesos cerebrales de estas personas muestran una sobreexitación en esas áreas neuronales relacionadas con las emociones y con la interacción: son capaces de descifrar e intuir los sentimientos de quienes tienen en frente, pero a su vez, deben enfrentarse a un problema muy básico…
El resto del mundo carece de su misma empatía, por tanto existe un claro desequilibrio respecto a su sensibilidad y la de quienes le rodean. “Se ven a sí mismos como diferentes”.
Para llegar a estas conclusiones se llevaron a cabo diferentes pruebas como resonancias magnéticas, ahí donde estudiar los procesos cerebrales de las personas diagnosticadas como PAS, de aquellas que no lo eran. Y para ello, se les expuso a diferentes estímulos para ver la actividad bioquímica y de las diferentes estructuras que conforman el cerebro.
Los resultados fueron muy visibles en dos aspectos:
Las neuronas espejo
Estamos seguros de que ya has oído hablar de las neuronas espejo. Cumplen una función social, de ahí que estén presentes sobre todo en humanos y en primates. Situadas en la corteza frontal inferior del cerebro, y muy cerca de la zona del lenguaje, están relacionadas sobre todo con la empatía y con nuestra habilidad para captar, procesar e interpretar las emociones ajenas.
En las personas con alta sensibilidad, su actividad es continua y muy destacable desde la infancia.
PAS CEREBRO - La ínsula
La ínsula es una estructura pequeña y alojada muy profundamente en nuestro cerebro. Se halla en la corteza insular y a su vez, está relacionada con el sistema límbico, una estructura básica en nuestras emociones, ella quien nos aporta esa visión más subjetiva e íntima de la realidad.
De hecho, los científicos de este estudio llaman a la ínsula el “asiento de la conciencia“, ya que reúne gran parte de nuestros pensamientos, intuiciones, sentimientos y percepciones de todo aquello que experimentamos a cada instante. Y no te sorprenderá saber que en las personas con una alta sensibilidad, esta estructura “mágica” presenta una grandísima actividad en comparación con aquellos que no se caracterizan por ser PAS.
El trabajo concluye también que además de ser más receptivos a estímulos visuales relacionados con rostros humanos y emociones, presentan también un umbral más bajo a muchos estímulos físicos como luces intensas o sonidos fuertes, activándose incluso las estructuras cerebrales relacionadas con el dolor. Algo curioso, no hay duda.
Las personas con alta sensibilidad disponen de un rasgo, de una forma de sentir y entender el mundo a través de un sistema neurosensorial más agudo, más fino. Y no es lo que tienen, ES LO QUE SON, de ahí que deban aprender a vivir pues desde el corazón y con este maravilloso don, porque sufrir no es una obligación, sino una opción que no merece la pena tomar.
De "La mente es maravillosa"
lunes, 22 de junio de 2015
HERIDAS CÓSMICAS 4 - El espejo
Estamos viviendo un proceso hacia un nuevo nivel de conciencia. Un nivel donde hay una base de seguridad interior y confianza en sí mismo a través de la cual serán posibles muchas nuevas creaciones. Seremos capaces de vivir y crear desde esta nueva conciencia interior. Pero para realmente reconocer este nuevo nivel de conciencia, es de suma importancia viajar hasta el núcleo y el origen de los bloqueos y desequilibrios que experimentamos en nuestro día a día.Nuestro niño cósmico aún está vivo, pero no sabe hacia donde está siendo dirigido y carece de todo sentido de orientación. Es momento de cuidarle.
Es hora de mirar no solo los dolores y traumas que han surgido en nuestras vidas actuales y en vidas anteriores, sino también de dar un paso más profundo. Es necesario retroceder hasta la escena ancestral, que la conciencia la reconozca y el corazón la recuerde y, cuando eso suceda, prestar atención al dolor interior, un dolor primordial que tiene una localización física; está ubicado en el plexo solar, que es el asiento de las emociones y de los sentimientos asociados. El abdomen frecuentemente es el lugar o el centro energético desde el cual se establecen relaciones con otras personas. El problema es que en el centro de plexo solar hay un dolor que trasciende esta vida terrestre, que trasciende todos los tiempos de vida, y que sigue hacia atrás hasta nuestro nacimiento como almas individuales. El dolor del nacimiento cósmico está en el nivel más profundo.
Tratamos de aliviar este dolor cósmico individual en el nivel de las relaciones interpersonales. Específicamente es en las relaciones personales profundas donde hay intimidad, donde frecuentemente intentamos sanar la propia herida profunda con la energía del otro.
Usualmente reconocemos muy bien el dolor en los demás. Esencialmente, siempre es el mismo dolor que está basado en la pérdida de la seguridad y de la conexión primordial. Con más frecuencia de la que cabría esperar, la otra persona funciona como un espejo, es decir, reconocemos más fácilmente el propio dolor en la expresión del otro.
Debido a esto, intentamos resolver este dolor ajeno y a la vez, a un nivel subconsciente, esperamos que nuestro propio dolor disminuya gracias al amor o al reconocimiento la otra persona. Pero este juego, que se da con mucha frecuencia en las relaciones sexuales, hace que sea más difícil que antes sanar la herida. Esto es porque desarrollamos demasiado fácilmente una dependencia mutua desde este juego de rol emocional, en el cual los dos miembros de la pareja crecen atados. Tan pronto como empieza a formarse la dependencia, comienzan a involucrarse aspectos de poder que nos llevan más lejos del Hogar.
Siempre que nos inclinamos hacia el poder, estamos entregando nuestra propia fuerza.
El poder y la dependencia no pueden existir uno sin el otro.
HERIDAS CÓSMICAS 3- Algo "no funciona"
La tierra es un lugar de grandiosa creatividad y muchas posibilidades.
Pero, a pesar de las posibilidades y de la belleza de la realidad aquí en la tierra, seguimos sintiendo añoranza. Hay un sentimiento de que algo “no funciona”, como si ese “algo” esencial para sentirnos bien se hubiera perdido.
Lo que se ha perdido es el AMOR universal, la seguridad emocional que es la base necesaria para que cada ser viviente crezca, florezca y sea capaz de desarrollarse en libertad.
Es necesario que busquemos en nuestro interior esa herida original que se produjo como consecuencia de abandonar el Hogar. ¿Cómo podemos encontrar el lugar físico donde se sienten el dolor de esa herida? Es una herida cósmica que nuestra mente es incapaz de explicar, pero de la que estamos profundamente seguros, igual que lo estamos de haber conocido esa Unidad primordial.
Y aquí es el corazón y no la mente quien se encarga de recordárnoslo.
Cuando reconocemos ese dolor original de la partida del Hogar, entramos en contacto con la Fuerza que necesitamos para sanar la herida, porque fue precisamente en ese momento cuando perdimos la Fuerza.
HERIDAS CÓSMICAS 2 - Viajemos
Pero antes de aventurarnos en el viaje, visualicémonos formando parte de un estado de unidad muy armónico y envolvente, como si estuviéramos en un sueño en el que todo es seguro y nuestra conciencia está muy receptiva. Todo es fluidez y nosotros mismos somos los que permitimos que todo suceda.
Si pudiéramos tener memoria de cuando éramos un simple embrión en el útero, cuando no teníamos aún una clara distinción entre adentro y afuera, sin recuerdo de ninguna experiencia y gozando de una seguridad que está fuera de cuestionamientos, nos acercaríamos mucho, al menos parcialmente, a ese estado inicial.
También nuestras almas pasaron por un estado embrionario, inmersas en un estado de paz y seguridad. Pero en un cierto momento fueron separadas traumáticamente de ese estado ideal: fue el comienzo del nacimiento como almas individuales; almas que nos enfrentamos a un maravilloso viaje para acumular experiencia.
Al principio todo era Uno. Luego vino la experiencia de ser arrancado de esa antigua Unidad. A partir de ese momento nos sentimos desorientados, inmersos en un estado de confusión y comenzó la búsqueda ciega de algo, algo sobre lo que apoyarnos, alguna seguridad que no teníamos.
Fue un momento de oscuridad.
O, al menos, fue así como lo sentimos.
Sin embargo, ese momento en el que fuimos separados, quedando libres de la fuente original para seguir nuestro propio camino, fue al mismo tiempo una ocasión de profunda creatividad. El espacio vacío al que fuimos impulsados es ciertamente oscuro, pero es esa misma oscuridad la que nos concede la posibilidad de crear algo nuevo, algo mejor.
Muchos de los sentimientos que sentíamos al comienzo del viaje siguen ahí, formando parte de nuestro “niño interior perdido”. Esta imagen del niño perdido expresa claramente las profundas heridas internas con las que comenzamos nuestro viaje.
Desde entonces hemos tomado muchas formas y hemos pasado por muchas vidas; hemos tenido distintos cuerpos, nuevas experiencias que nos han permitido acumular (o no) una gran cantidad de conocimientos, buenos y malos, antes de acabar aquí, en este planeta tierra.
HERIDAS CÓSMICAS 1
Mi libro “Apenas una clepsidra” (ya empiezo a desesperar de que algún día vea la luz) empieza así: “Todo es viaje. Todos somos viajeros, transitando sin rumbo de una tiniebla a otra. Lánguidos peregrinos; nautas, con Caronte, de la orilla del sueño a una lejana orilla en el lago de los muertos.”Así es.
Pero para saber qué nos pasa y por qué nos pasa, debemos retroceder hasta el comienzo, hasta el momento en que nacimos como almas en una realidad que no conocíamos de antemano.
Es un largo viaje a través del tiempo, a través del espacio, a través de la materia, para llegar a ese momento en que fuimos separados del hogar, de la fuente original. Ese acontecimiento y la angustia que conlleva está todavía muy presente dentro de todos nosotros y el dolor del nacimiento yace detrás de muchos de nuestros sentimientos y comportamientos diarios.
La gran mayoría de nosotros nos enfrentamos a diario (o lo hemos hecho durante largo tiempo) a una intranquilidad interior, a una sensación constante de “buscar algo”. Hay una tensión interna que está relacionada con no estar completamente con uno o una mismo: no nos sentimos en el hogar con nuestro propio ser, con nuestra esencia.
Desde esta tensión básica interior hay una tendencia a buscar validación externa, reconocimiento y aceptación. Siempre necesitamos algo o alguien que nos tranquilice, que elimine esa tensión y nos diga: “Estás en el hogar, estás a salvo”
Todos necesitamos esa seguridad porque todos sentimos ese desasosiego, esa compulsión a buscar; la inclinación a ir a algún lugar que no está en el ahora ni en nuestro interior.
La causa real es como el centro de una cebolla con muchas capas externas. Las capas exteriores están formadas por ciertos eventos que nos han intranquilizado. En las capas más profundas hay sucesos de la vida que han resultado traumáticos. Pero si conseguimos desprendernos de todas las capas descubriremos un núcleo intranquilo, un centro de añoranza que está conectado al comienzo de nuestro viaje.
sábado, 20 de junio de 2015
El Cortijo Jurado
Según se cuenta, en este lugar acontecieron una serie de hechos oscuros en la época en la que en el cortijo vivían los primeros Heredia, en los macabros acontecimientos también estarían involucrados los Larios, residentes en el cercano cortijo Colmenares, que en nuestros días es un club de golf. Ambas familias mantenían una estrecha amistad, pues ambas llegaron a Málaga desde la rioja. (El apunte del origen es verídico, aunque el de la amistad es un punto dudoso que trataré más adelante). En fin, según cuenta la leyenda, en una fecha indeterminada, todavía en el XIX, comenzaron a ocurrir en Málaga una serie de extrañas desapariciones de niñas que, sistemáticamente fueron asesinadas tras ser objeto de las más diversas vejaciones y de rituales de índole satánico. La familia Heredia no tardó en ser el punto de mira de las acusaciones de estos asesinatos, pues se les suponía perteneciente a la masonería y presuntamente, habrían importado estas prácticas satánicas de sus amistades en Francia y en Inglaterra. Algunos de los cuerpos de estas niñas aparecieron en la rivera de un río que corría cercano a la finca y que los mismos integrantes de la familia, habrían llevado hasta allí por los túneles secretos que comunicaban el cortijo con el río. En los sótanos, habría máquinas de tortura que eran usadas en dichos rituales.
Otro túnel secreto comunicaría el cortijo Jurado con el de Colmenares, por donde los invitados a estas lúgubres celebraciones podrían pasar sin ser vistos.
Esta, más o menos, es la leyenda original, pero como las leyendas suelen estar vivas y evolucionan con el paso de los años, la del cortijo Jurado no es una excepción. Durante la mayor parte del siglo XX, el cortijo y su leyenda queda bastante olvidado por todos, hasta que ya en la década de los noventa vuelve a tomar fuerza adornada con todo un despliegue de datos de índole parapsicológico. Curiosamente, los fenómenos comienzan a ocurrir cuando el cortijo entra en el ruinoso estado de abandono que se puede observar en las fotos, confiriéndole un aspecto ciertamente tétrico. En las publicaciones especializadas y más tarde, en la red, comienzan a circular fotografías de supuestos espíritus en sus ventanas, orbes y figuras que toman forma en los vapores de las noches frías, más tarde, las sesiones de ouija de supuestos adolescentes atrevidos, confirman e incluso dan nombre y apellidos de las pobres criaturas que allí fueron asesinadas, señalando en algunos casos el lugar exacto del patio donde están enterradas. Parapsicólogos de reputación graban psicofonías, algunas de ellas estremecedoras y algunos médiums salen sin respiración del cortijo tras sentir en sus entrañas la terrible presión de los hechos que allí acontecieron. Cadáveres emparedados, personajes fantasmales que aparecen intermitentemente en el cortijo, extrañas luces, ruidos y golpes de origen desconocido, etc…
En el caso de los Larios, D. Pablo Larios, padre de Martin Larios (I Marqués de Larios), se establecería en Málaga tras quedar viudo en los comienzos del siglo XIX, donde comenzaría sus florecientes negocios con exportaciones a través de Gibraltar y mucho más tarde con las bodegas y otras sociedades financieras. Martin, que se supone protagonista de esta historia junto a Manuel Agustín Heredia, no se establecería en Málaga hasta 1831, contando con 30 años, tras la muerte de su hermano Manuel Domingo. Hasta entonces vivía en Cádiz o Gibraltar, controlando allí in situ los negocios familiares. En este punto, tras conseguir el Marquesado y tras los enormes beneficios comerciales que le aportó la guerra contra Napoleón, los Larios se convierten en una de las familias más notables de la ciudad.
Manuel Agustín Heredia, llega a Velez Málaga con quince años, en 1801 (Año en el que nació Martín Larios) y ya huérfano, en busca del progreso y del futuro que no puede conseguir en su provincia natal. Con empeño y tesón consigue empleo en una tienda de ultramarinos que no funcionaba demasiado bien y que a base de mucho trabajo consigue enderezar en no demasiado tiempo. Pasados unos años, y con Málaga tomada por los franceses, Heredia se introduce en el floreciente mundo del contrabando a través de Gibraltar. Sus idas y venidas de Málaga a Gibraltar son continuas y es más que posible que en esta época conociese e hiciera gran amistad con Martín Larios, que se encontraba también en Gibraltar y que posiblemente también tuviese bastante que ver con el comercio sumergido.
La cuestión es que Heredia no tarda en tomar una buena posición y comienza a formar parte de sociedades industriales, consiguiendo concesiones de explotaciones mineras en diversos lugares. Su carrera industrial sube como la espuma y en poco tiempo posee explotaciones agrícolas y mineras en tierras sudamericanas y una enorme flota naval con la que promover todo su comercio.
Su entrada en la burguesía Malagueña es cuando se casa con Isabel Livermore, familia de noble casta de dicha ciudad. Con lo cual, ya tenemos la conexión deseada. Heredia y Larios, en la misma ciudad, adinerados y con negocios y orígenes comunes. Es bastante lógico que incluso decidieran establecerse cerca el uno del otro.
La similitud en la arquitectura de ambos cortijos da que pensar que fueron diseñados por un mismo arquitecto, llegando a la conclusión de que la decisión de construir los cortijos en las afueras de Málaga fue conjunta, pese a que en el enclave del Colmenares, ya se tenía constancia de edificación desde 1747, apareciendo en el catastro del Marqués de la Ensenada. Posiblemente se remodelaría el edificio original
Es difícil llegar a conclusiones acertadas cuando se tratan temas que acontecieron hace un siglo, pues se puede imaginar que el boca a boca tras tantos años puede llegar a deformar la realidad hasta darle un giro de 180º. Pero intentaré ir por partes, en primer lugar, es cierto que en Málaga ocurrieron una serie de asesinatos. Entre los años 1890 y 1920, cinco mujeres de edades comprendidas entre los 18 y los 21 años, fueron encontradas asesinadas en la orilla del río cercano a la casa, aparte de esto, no existen casos de desapariciones sistemáticas en los archivos policiales de la época. Los cuerpos mencionados aparecían tras varios días de desaparición, aunque no hay constancia de que tuviesen algún tipo de signo de rituales satánicos o abusos sexuales. En este punto hay que indicar que tanto Heredia como Martín Larios ya habían muerto en estas fechas. Con lo cual, de ser alguna de las acusaciones ciertas, ya pasarían a sus descendientes.
El siguiente punto es el de los supuestos túneles. Esta leyenda se basa en el testimonio de un vecino de la zona llamado Manuel Martín, que según cuenta, siendo él un mozo en el año 1932, se coló en el Cortijo cuando no estaban sus moradores, como signo de valentía ante sus amigos. En la valiente incursión topó con un extraño pozo en el patio trasero que le condujo a una especie de caverna subterránea de la que partían túneles en varias direcciones. Según su testimonio, recorrió un túnel de más de dos kilómetros hasta que llegó a una puerta cerrada a cal y canto, (supuesto cortijo de los Larios), en la vuelta se introdujo en otros pasadizos en los que encontró todo tipo de máquinas y aparatos de tortura, nichos y huesos desperdigados; una escena realmente aterradora.
También según su testimonio, nadie le creyó cuando contó lo que había visto en las entrañas del cortijo aunque su testimonio sin duda, ha sido la base de ésta leyenda. Décadas después y siguiendo sus indicaciones, con pico y pala se ha intentado buscar la entrada a ese túnel sin encontrar absolutamente nada. Se cuenta que durante las obras de remodelación del cortijo Colmenares, un camión cayó en el interior de un socavón en el mismo patio. Antes de que el dueño del Cortijo mandase rellenar dicho socavón, algunos de los trabajadores pudieron ver que aquello era un sótano artificial del que salía un túnel en dirección al cortijo. Este reporte resulta un tanto raro, pues los que vieron dicho socavón siempre son el hermano del primo de un amigo, y no existe ningún testimonio directo.
El paisaje ha cambiado mucho en los alrededores del Cortijo en los últimos tiempos, una autovía, canalizaciones, construcciones… en ninguna de ellas se ha topado nadie con el supuesto túnel. Se cuenta que durante las obras de remodelación Siendo un poco lógicos, sería una tremenda estupidez construir este tipo de túneles que no tienen ningún sentido. En primer término, cometer asesinatos y dejar los cuerpos a las puertas de tu casa no se puede decir que sea demasiado inteligente y mucho menos, trasladarlos hasta allí por un túnel secreto para que no te vea nadie hacerlo… vamos, que no tiene la cosa ni pies ni cabeza.
Por otro lado, los dos Cortijos se podrían catalogar como residencias esporádicas de los Larios y de los Heredia, pues la enorme cantidad de negocios que tenían ambas familias hacían que los hombres tan apenas pasaran en ellas breves periodos de tiempo, y menores todavía eran las coincidencias de ambos. En los cortijos, los niños y sus mujeres vivían de un modo plácido y sin complicaciones, más allá de los asuntos locales y de la administración de la propia hacienda. Creo que el ambiente de estas familias estaba bastante alejado de los oscuros temas de misas negras y ritos satánicos. Es muy posible que fuesen masones, pues era casi que una obligación para según qué estratos sociales en aquellos años, pero de ahí a que fuesen seguidores de Satán va todo un mundo.
Cierto que alguna muerte aconteció en el edificio, es lógico tras casi un siglo de ocupación, pero nada más allá de lo normal y natural.
Resumiendo:Toda la leyenda creada en torno a este edificio se basa en el testimonio de un joven que se coló en su interior para mostrar su valentía ante sus amigos. No hay ningún dato que implique a ninguna de las dos familias en los asesinatos que acontecieron durante el cambio de siglo en Málaga y tampoco existen datos de las innumerables desapariciones y asesinatos que se les atribuyen. No existe constancia verídica de la existencia de los túneles mencionados, pese a que han sido buscados con insistencia en los últimos tiempos y pese a que en los alrededores de la finca se han removido las tierras para la construcción de carreteras y otros edificios. Cierto es que se han grabado numerosas psicofonías en este lugar, pero tampoco demuestra gran cosa y en ningún caso, las sesiones de ouija o las psicofonías son prueba demostrativa que implique que algunos de los Heredia fueran terribles asesinos. Las fotografías que se pueden encontrar en la red,de supuestas figuras y luces, no tienen la claridad suficiente para poder tomarlas por válidas. La sugestión es grande cuando se investiga este tipo de lugares y las pareidolias juegan malas pasadas. Los extraños ruidos y luces que observan los vecinos de la zona no son difíciles de explicar, pues el cortijo, antes de estar la entrada prohibida y vigilada, era un centro de peregrinación de los jóvenes malagueños en busca de aventura y de muchísimos grupos de investigación paranormal.
El Cortijo fue vendido en las primeras décadas del siglo XX por los Heredia a los Larios. Más tarde estos lo revenderían a terceros. A finales de los 80 el cortijo fue comprado por los Jurado, de donde tomó el nombre. En el año 2000, el cortijo es vendido a una empresa hotelera que tiene la intención de remodelarlo completamente y construir allí un complejo turístico, desde entonces, el proyecto está congelado y el cortijo está totalmente abandonado.
Otro túnel secreto comunicaría el cortijo Jurado con el de Colmenares, por donde los invitados a estas lúgubres celebraciones podrían pasar sin ser vistos.
Esta, más o menos, es la leyenda original, pero como las leyendas suelen estar vivas y evolucionan con el paso de los años, la del cortijo Jurado no es una excepción. Durante la mayor parte del siglo XX, el cortijo y su leyenda queda bastante olvidado por todos, hasta que ya en la década de los noventa vuelve a tomar fuerza adornada con todo un despliegue de datos de índole parapsicológico. Curiosamente, los fenómenos comienzan a ocurrir cuando el cortijo entra en el ruinoso estado de abandono que se puede observar en las fotos, confiriéndole un aspecto ciertamente tétrico. En las publicaciones especializadas y más tarde, en la red, comienzan a circular fotografías de supuestos espíritus en sus ventanas, orbes y figuras que toman forma en los vapores de las noches frías, más tarde, las sesiones de ouija de supuestos adolescentes atrevidos, confirman e incluso dan nombre y apellidos de las pobres criaturas que allí fueron asesinadas, señalando en algunos casos el lugar exacto del patio donde están enterradas. Parapsicólogos de reputación graban psicofonías, algunas de ellas estremecedoras y algunos médiums salen sin respiración del cortijo tras sentir en sus entrañas la terrible presión de los hechos que allí acontecieron. Cadáveres emparedados, personajes fantasmales que aparecen intermitentemente en el cortijo, extrañas luces, ruidos y golpes de origen desconocido, etc…
En el caso de los Larios, D. Pablo Larios, padre de Martin Larios (I Marqués de Larios), se establecería en Málaga tras quedar viudo en los comienzos del siglo XIX, donde comenzaría sus florecientes negocios con exportaciones a través de Gibraltar y mucho más tarde con las bodegas y otras sociedades financieras. Martin, que se supone protagonista de esta historia junto a Manuel Agustín Heredia, no se establecería en Málaga hasta 1831, contando con 30 años, tras la muerte de su hermano Manuel Domingo. Hasta entonces vivía en Cádiz o Gibraltar, controlando allí in situ los negocios familiares. En este punto, tras conseguir el Marquesado y tras los enormes beneficios comerciales que le aportó la guerra contra Napoleón, los Larios se convierten en una de las familias más notables de la ciudad.
Manuel Agustín Heredia, llega a Velez Málaga con quince años, en 1801 (Año en el que nació Martín Larios) y ya huérfano, en busca del progreso y del futuro que no puede conseguir en su provincia natal. Con empeño y tesón consigue empleo en una tienda de ultramarinos que no funcionaba demasiado bien y que a base de mucho trabajo consigue enderezar en no demasiado tiempo. Pasados unos años, y con Málaga tomada por los franceses, Heredia se introduce en el floreciente mundo del contrabando a través de Gibraltar. Sus idas y venidas de Málaga a Gibraltar son continuas y es más que posible que en esta época conociese e hiciera gran amistad con Martín Larios, que se encontraba también en Gibraltar y que posiblemente también tuviese bastante que ver con el comercio sumergido.
La cuestión es que Heredia no tarda en tomar una buena posición y comienza a formar parte de sociedades industriales, consiguiendo concesiones de explotaciones mineras en diversos lugares. Su carrera industrial sube como la espuma y en poco tiempo posee explotaciones agrícolas y mineras en tierras sudamericanas y una enorme flota naval con la que promover todo su comercio.
Su entrada en la burguesía Malagueña es cuando se casa con Isabel Livermore, familia de noble casta de dicha ciudad. Con lo cual, ya tenemos la conexión deseada. Heredia y Larios, en la misma ciudad, adinerados y con negocios y orígenes comunes. Es bastante lógico que incluso decidieran establecerse cerca el uno del otro.
La similitud en la arquitectura de ambos cortijos da que pensar que fueron diseñados por un mismo arquitecto, llegando a la conclusión de que la decisión de construir los cortijos en las afueras de Málaga fue conjunta, pese a que en el enclave del Colmenares, ya se tenía constancia de edificación desde 1747, apareciendo en el catastro del Marqués de la Ensenada. Posiblemente se remodelaría el edificio original
Es difícil llegar a conclusiones acertadas cuando se tratan temas que acontecieron hace un siglo, pues se puede imaginar que el boca a boca tras tantos años puede llegar a deformar la realidad hasta darle un giro de 180º. Pero intentaré ir por partes, en primer lugar, es cierto que en Málaga ocurrieron una serie de asesinatos. Entre los años 1890 y 1920, cinco mujeres de edades comprendidas entre los 18 y los 21 años, fueron encontradas asesinadas en la orilla del río cercano a la casa, aparte de esto, no existen casos de desapariciones sistemáticas en los archivos policiales de la época. Los cuerpos mencionados aparecían tras varios días de desaparición, aunque no hay constancia de que tuviesen algún tipo de signo de rituales satánicos o abusos sexuales. En este punto hay que indicar que tanto Heredia como Martín Larios ya habían muerto en estas fechas. Con lo cual, de ser alguna de las acusaciones ciertas, ya pasarían a sus descendientes.
El siguiente punto es el de los supuestos túneles. Esta leyenda se basa en el testimonio de un vecino de la zona llamado Manuel Martín, que según cuenta, siendo él un mozo en el año 1932, se coló en el Cortijo cuando no estaban sus moradores, como signo de valentía ante sus amigos. En la valiente incursión topó con un extraño pozo en el patio trasero que le condujo a una especie de caverna subterránea de la que partían túneles en varias direcciones. Según su testimonio, recorrió un túnel de más de dos kilómetros hasta que llegó a una puerta cerrada a cal y canto, (supuesto cortijo de los Larios), en la vuelta se introdujo en otros pasadizos en los que encontró todo tipo de máquinas y aparatos de tortura, nichos y huesos desperdigados; una escena realmente aterradora.
También según su testimonio, nadie le creyó cuando contó lo que había visto en las entrañas del cortijo aunque su testimonio sin duda, ha sido la base de ésta leyenda. Décadas después y siguiendo sus indicaciones, con pico y pala se ha intentado buscar la entrada a ese túnel sin encontrar absolutamente nada. Se cuenta que durante las obras de remodelación del cortijo Colmenares, un camión cayó en el interior de un socavón en el mismo patio. Antes de que el dueño del Cortijo mandase rellenar dicho socavón, algunos de los trabajadores pudieron ver que aquello era un sótano artificial del que salía un túnel en dirección al cortijo. Este reporte resulta un tanto raro, pues los que vieron dicho socavón siempre son el hermano del primo de un amigo, y no existe ningún testimonio directo.
El paisaje ha cambiado mucho en los alrededores del Cortijo en los últimos tiempos, una autovía, canalizaciones, construcciones… en ninguna de ellas se ha topado nadie con el supuesto túnel. Se cuenta que durante las obras de remodelación Siendo un poco lógicos, sería una tremenda estupidez construir este tipo de túneles que no tienen ningún sentido. En primer término, cometer asesinatos y dejar los cuerpos a las puertas de tu casa no se puede decir que sea demasiado inteligente y mucho menos, trasladarlos hasta allí por un túnel secreto para que no te vea nadie hacerlo… vamos, que no tiene la cosa ni pies ni cabeza.
Por otro lado, los dos Cortijos se podrían catalogar como residencias esporádicas de los Larios y de los Heredia, pues la enorme cantidad de negocios que tenían ambas familias hacían que los hombres tan apenas pasaran en ellas breves periodos de tiempo, y menores todavía eran las coincidencias de ambos. En los cortijos, los niños y sus mujeres vivían de un modo plácido y sin complicaciones, más allá de los asuntos locales y de la administración de la propia hacienda. Creo que el ambiente de estas familias estaba bastante alejado de los oscuros temas de misas negras y ritos satánicos. Es muy posible que fuesen masones, pues era casi que una obligación para según qué estratos sociales en aquellos años, pero de ahí a que fuesen seguidores de Satán va todo un mundo.
Cierto que alguna muerte aconteció en el edificio, es lógico tras casi un siglo de ocupación, pero nada más allá de lo normal y natural.
Resumiendo:Toda la leyenda creada en torno a este edificio se basa en el testimonio de un joven que se coló en su interior para mostrar su valentía ante sus amigos. No hay ningún dato que implique a ninguna de las dos familias en los asesinatos que acontecieron durante el cambio de siglo en Málaga y tampoco existen datos de las innumerables desapariciones y asesinatos que se les atribuyen. No existe constancia verídica de la existencia de los túneles mencionados, pese a que han sido buscados con insistencia en los últimos tiempos y pese a que en los alrededores de la finca se han removido las tierras para la construcción de carreteras y otros edificios. Cierto es que se han grabado numerosas psicofonías en este lugar, pero tampoco demuestra gran cosa y en ningún caso, las sesiones de ouija o las psicofonías son prueba demostrativa que implique que algunos de los Heredia fueran terribles asesinos. Las fotografías que se pueden encontrar en la red,de supuestas figuras y luces, no tienen la claridad suficiente para poder tomarlas por válidas. La sugestión es grande cuando se investiga este tipo de lugares y las pareidolias juegan malas pasadas. Los extraños ruidos y luces que observan los vecinos de la zona no son difíciles de explicar, pues el cortijo, antes de estar la entrada prohibida y vigilada, era un centro de peregrinación de los jóvenes malagueños en busca de aventura y de muchísimos grupos de investigación paranormal.
El Cortijo fue vendido en las primeras décadas del siglo XX por los Heredia a los Larios. Más tarde estos lo revenderían a terceros. A finales de los 80 el cortijo fue comprado por los Jurado, de donde tomó el nombre. En el año 2000, el cortijo es vendido a una empresa hotelera que tiene la intención de remodelarlo completamente y construir allí un complejo turístico, desde entonces, el proyecto está congelado y el cortijo está totalmente abandonado.
APENAS UNA CLEPSIDRA (Capítulo 1)
1 - Viaje a Tracia
Sentada en el carro que me había conducido hasta el puerto de Buthroton, esperaba con impaciencia el momento de embarcar en la lujosa y potente trieres que había de conducirme hasta la isla de Samothraki. Mi destino era el Santuario de los Megáloï Théoï, o Grandes Dioses, para iniciarme en los Misterios Sagrados.
El calor en hekatombaion es agobiante aún a la orilla del mar y el hedor de los cuerpos sudorosos de los esclavos se entremezcla con el olor salobre del mar y el de la pez que utilizan los calafateadores del pequeño astillero cercano. Se me hacía difícil soportar el chirriar incesante de las poleas y el griterío ensordecedor de los descargadores que liberaban del peso de sus mercancías a los potentes gaulos tirios procedentes de lejanos mercados orientales: perfumes de la intrigante Jemía, sedas de Cathai, trigo del Ponto Euxino y —cómo no— la famosa púrpura de Týros.
Era la primera vez que iba a viajar en una nave como aquella y entretenía la fastidiosa espera inspeccionando cada detalle que veía a mi alrededor. La trieres debía medir cerca de cuarenta metros de longitud y bastante más de cinco metros de ancho. El mascarón de proa era una graciosa imagen de Afrodita emergiendo del mar entre espumas blancas. A cada lado, dos grandes ojos pintados sobre el casco del navío protegían de los enemigos y, sobre el espolón de popa, la cabeza de un jabalí se unía primorosamente a la embarcación mediante un largo cuello parecido al de un cisne. Cerca de allí, el timonel parecía muy ocupado sujetando sobre la popa los dos grandes remos que habían de servirle de timón.
En los muelles, marineros y cordeleros disponían el resto de los aparejos: metros y metros de cuerdas de lino trenzadas y una gran vela cuadrada que iba a ser izada sobre el único mástil de la trieres.
Por fin los remeros se situaron en sus puestos, dispuestos al tresbolillo en triple fila: en el más bajo de los tres niveles ya se habían sentado los veintisiete thalamitoi que habían de accionar sus remos desde el interior de la nave. Sus palas llegaban al agua a través de aberturas circulares situadas a medio metro del nivel del mar. Un pequeño envoltorio de cuero, cuidadosamente adaptado en torno al brazo de cada remo, impedía que el agua penetrase en la bodega.
En la hilera intermedia, sobre las vigas que sustentaban la cubierta de la nave y ligeramente desplazados en relación a sus vecinos de abajo, se situaron los veintisiete zygioi que, a su vez, pasaron sus remos por un lugar calado del casco, sobre la borda. Finalmente, en un estrado sobreelevado y abierto al viento para que sus remos no interfirieran los de los niveles inferiores, se instalaron los treinta y un thranítai.
La enorme vela fue colocada en su lugar y todos los tripulantes estaban en sus puestos: podíamos embarcar.
Una vez a bordo, el kubernétes dio la orden de zarpar y la trieres se puso perezosamente en marcha. Mientras el proreus organizaba desde la proa las maniobras para abandonar el puerto, sorteando sin percances los enormes gaulos que olían a mil esencias orientales y las pequeñas barquillas de los pescadores que regresaban con su captura del día, mi corazón empezó a latir más rápido. Todo aquello, hasta entonces desconocido para mí, formaba parte de la excitante aventura de mi Iniciación en los Misterios de la Diosa Madre.
Salimos a mar abierto y la marcha de la nave se aceleró al compás del keleustés que marcaba el ritmo a los remeros con la ayuda de una flauta. La brisa marina me azotaba el rostro y de pronto me sentí inesperadamente viva.
El trayecto hasta la isla de Samothraki bordea la costa durante casi toda la travesía y, aunque nunca perdimos de vista la tierra firme, me complacía dejar vagar mi vista por la inmensa llanura verdiazul imaginando que, en cualquier momento, surgiría de entre las olas el mismísimo Poseidón, tridente en mano; o su esposa Anfitrite, rodeada de Náyades y Nereidas vestidas de espumas marinas y adornadas con perlas y estrellas de mar.
Pero el Egeo, que debe su nombre al padre de Teseo (al cual el mar había engullido cuando éste se lanzó a sus aguas, creyendo que su hijo había muerto en las fauces del Minotauro) estaba en calma aquella mañana, bajo el sol abrasador del verano. Por eso y porque el Oráculo de Dodona había previsto que el nuestro sería un viaje tranquilo y agradable, no cabía temer las iras del dios del mar.
En las salvajes montañas del Pindo, cerca de las fuentes del Aqueloos, en mi Epeiros natal, había tenido ocasión de escuchar la voz de Zeus y el lamento lejano de la flauta de Pan. Los heles de pies descalzos, que duermen en el suelo y nunca se lavan para poder conservar su fuerza de vida y la inspiración del dios, habían interpretado las señales que dejaban clara la complacencia del «Padre de los Dioses y de los hombres» ante la dedicación de su hija Políxena a los Kábeiroi. Y su hermano Poseidón no iba a ser menos que él.
Sí; Políxena es mi nombre de nacimiento y en aquellos días acababa de cumplir diecisiete años. Pertenezco a la Dinastía Eácida: soy la hija mayor de Neoptólemo, Rey de Molosia y de la princesa Deidamía de Esciro.
La sangre que corre por mis venas es la sangre de los dioses, desciendo directamente del héroe Hector y del famoso guerrero Aquileo. Al principio de la Guerra de Troya, mi abuelo Aquileo, disfrazado de doncella, se escondió en la corte del Rey Licomedes. Allí mantuvo una relación amorosa con la hija del Rey, de la cual nació mi padre, su único hijo.
El mío es un nombre maldito; está unido a una historia trágica y no me siento bien con él. Me fue impuesto por mi padre en honor a una princesa troyana hija de Príamo, a quien él mismo había inmolado sobre la tumba de mi abuelo Aquileo. Cuentan que Aquileo estaba muy enamorado de la princesa y, aprovechando una tregua de la Guerra de Troya, quiso ir a reunirse con su amada. Pero su grupo cayó en una emboscada y él murió asesinado. Días más tarde, su eidolon se apareció a los supervivientes exigiendo que Políxena le fuese sacrificada para que, tras la muerte, los dos pudieran reunirse en el Inframundo.
Por eso prefiero que, de ahora en adelante, me llaméis Olympia.
Durante el tiempo en el que aún me llamaban Políxena, mi padre Neoptólemo fue uno de los guerreros que penetraron en Troya dentro del famoso caballo de madera. La victoria debió trastornarle, porque nunca regresó a Epeiros para hacerse cargo del Reino; en lugar de eso, se casó con una hija del Rey de Esparta y se instaló con ella en Ftia.
Mi madre, Deidamía, murió al dar a luz a mi hermano Aléxandros, trece años menor que yo. De eso hacía entonces cuatro años, pero el recuerdo de mi madre era vago y se había desvanecido en mi mente con la rapidez del fantasma de Néfele.
Huérfanos de madre y olvidados por mi padre, fue Arribas de Epeiros, nuestro tío paterno, quien en adelante ejercería nuestra tutela y gobernaría Molosia como Regente hasta que mi hermano Aléxandros alcanzase la mayoría de edad necesaria para hacerse cargo de su herencia.
Era precisamente mi tío el que me acompañaba aquel día en mi emocionante viaje a Tracia. La Gran Fiesta Anual de Samothraki reunía en la isla a visitantes de todo el mundo.
Durante toda la travesía admiré otras muchas naves que rivalizaban en lujo y ornamentaciones. Seguían el mismo rumbo que nosotros y en su interior viajaban sin duda personajes importantes; tal vez Reyes, príncipes o gobernadores, y mi excitación crecía a medida que la distancia hasta mi destino disminuía.
Samothraki es una isla de reducidas dimensiones situada al norte del Mar Egeo y dominada por el monte sagrado de los Kábeiroi. Existe en ella una pequeña ciudad amurallada, cuyos habitantes dependen principalmente de la pesca. En razón de su situación privilegiada sobre las rutas marítimas, el culto de los Megáloï Théoï es particularmente popular y por ello estas divinidades reciben numerosas ofrendas votivas de marineros, pescadores o viajeros distinguidos, agradecidos por su protección frente a los peligros del mar. Estas ofrendas se almacenan en un edificio especial junto al gran altar principal.
El santuario, situado sobre tres terrazas estrechas separadas por dos torrentes, se alza sobre las pendientes occidentales del monte que ocupa prácticamente el resto de la isla. Un camino tortuoso desciende, entre los dos arroyos, hacia la terraza principal sobre la que están situados los templetes de culto más importantes.
Las divinidades que se veneran en Samothraki son cuatro antiguos dioses de la tierra, llamados genéricamente Kabeiroi. Está prohibido pronunciar sus nombres en presencia de profanos y revelarlos se castiga con la muerte. Pero eso, ahora, carece de importancia.
Una de las cosas más importantes que aprendí durante aquel viaje fue que "Sólo existe una VIDA y esta camina sobre dos piernas: una se llama Vida y la otra Muerte”.
Y es porque sigo creyéndolo así, tal como entonces me lo enseñaron, que ciertamente ya no importa que me maten antes o después, si al final las Moiras ya han decidido cual ha de ser mi Hado. Y, porque es de las copas amargas de las que hay que beber más rápido, os diré que el culto principal de la isla está centrado en la figura de la Gran Madre, diosa todopoderosa del mundo indómito de las montañas y venerada en las rocas sagradas en las que se le ofrecen sacrificios. Su nombre secreto es Axieros y su esposo, el dios de la fertilidad de falo permanentemente erecto, se llama Cadmilo. El reverso de esta pareja lo constituyen Axiokersos y Axiokersa, dioses de las profundidades.
Otras dos diosas de la Naturaleza, Hécate-Zerynthia y Afrodita-Zerynthia se veneran también allí, aunque su culto es menor y ha sido desligado del de la Gran Madre. Dárdanos y Yasión son otros dos dioses masculinos que acompañan a Cadmilo; algunos les identifican con los Dióscuros, los dioses gemelos que protegen a los marinos de los peligros del mar.
Aunque en aquellos momentos sus nombres no despertaban en mí ninguna emoción, lo cierto es que su historia y los lazos familiares que los unen me resultaban vagamente conocidos; aunque, si debo ser sincera, no tenía ningún motivo para juzgarlo así.
De pronto distinguí a lo lejos la silueta de la isla, inconfundiblemente coronada por su monte sagrado. Había en ella un pequeño puerto de pescadores que durante las Fiestas de los Kabeiroi era habilitado para que el pasaje de las naves más grandes e importantes pudiera utilizarlo, si bien sólo para desembarcar. Observé que las distintas embarcaciones que habían ido llegando antes que la nuestra se habían alejado del puerto para ir a fondear a una cierta distancia, después de dejar en tierra a sus pasajeros.
Aparte de devotos y peregrinos, se podían distinguir al menos cuatro clases de participantes en los Misterios de Samothrakis: en primer lugar los sacerdotes, sacerdotisas y hierofantes; después, los que habían alcanzado la epopteia de los Misterios Mayores de la Diosa Madre; a continuación, los mystés o iniciados que se consideraban preparados para alcanzar un grado más elevado y, finalmente, los aspirantes; es decir, los que nos sometíamos a la ceremonia por primera vez.
Aunque el conjunto del Santuario está abierto a cualquier persona que quiera venerar a los Megáloï Théoï, el acceso a los edificios sagrados está reservado a los mystés.
Alrededor de las murallas de la ciudad, en cuyo interior se amontonan unos mil quinientos habitantes, se habían levantado hermosas tiendas portátiles para los visitantes que, a pesar de su importancia, no habían podido ser instalados en el Arsinoeion por falta de espacio suficiente para alojarnos a todos. Los peregrinos corrientes, en cambio, se hacinaban de cualquier manera en las escasas taverne de la población o dormían al raso sobre la arena de la playa o bajo la copa de algún árbol frondoso pues, a no ser que se levantase una tormenta inesperada, el tórrido calor invitaba a dormir a la intemperie.
La luna llena estaba próxima y era de esperar que, aquella noche, Selene se convirtiera en la reina indiscutible de los cielos. No parecía, pues, que el padre Zeus se viera inclinado a hacerlos rugir con el fragor de sus truenos.
Los Misterios de Samothrakis son tan importantes y tan conocidos como los de Eleusis; la diferencia estriba en que para recibir la myésis en Tracia no se requiere ninguna condición concreta de edad o de sexo, nivel social o nacionalidad. Cualquier hombre o mujer, adulto o niño, ya sea libre, liberto o esclavo, puede participar en ellos.
Los ritos más comunes no son muy distintos a los practicados en Eleusis y otros lugares sagrados: oraciones y ofrendas acompañan los sacrificios de corderos, cerdos o, en ocasiones muy especiales, bueyes, que más tarde son consumidos en los eschárai. También se ofrecen libaciones en las fosas rituales y se ofrece a los asistentes un drama ritual que representa el matrimonio sagrado entre Hades y Perséfone.
A medida que iban llegando, los aspirantes a recibir la iniciación eran congregados en la playa, apartados del resto de los romeros. Todos menos los que pertenecíamos a la clase noble, que esperábamos al resguardo del sol bajo un palio instalado a unos doscientos metros del otro grupo. No éramos muchos: dos hombres cuyas edades debían rozar los veinte y algunos años, y yo. Parecíamos esperar a alguien más que, a juzgar por los preparativos para su recibimiento, debía ser muy importante. La curiosidad dio alas a mis ensoñaciones juveniles, fantaseando compartir iniciación con un héroe, un rey o un alto magistrado.
No pasó mucho tiempo antes de que viéramos aparecer en el horizonte la silueta de una hermosa nave que llevaba en su vela la enseña de los reyes macedonios. El Reino de Macedonia es un país cuyos habitantes descienden de un hijo del dios Eolo llamado Macedón, son de nuestra misma raza y hablan una lengua muy parecida a la nuestra.
Aquella fue la única nave que estuvo varada en el pequeño puerto durante todos los días que duró la fiesta, tal vez porque fue la última en llegar. Esperaba ver descender de ella a un personaje insigne, pero me decepcioné al ver que el único viajero que ganó el muelle de un salto era un joven no mucho mayor que yo; al menos aparentaba tener solamente unos dos o tres años más. No parecía hijo de un noble y, a pesar de tener modales refinados, vestía muy sencillamente. Con agilidad casi felina, el muchacho se reunió con nosotros a grandes zancadas y ocupó su lugar bajo la lona.
Enseguida me llamó la atención la fuerza de su mirada, que parecía examinarme con evidente atrevimiento.
—Tal vez sea un soldado, o el hijo de un general —me dije a mí misma.
Pero su verdadera identidad quedaría oculta bajo la severidad del ritual, que no permite a los aspirantes conservar nombre, procedencia o linaje mientras tienen lugar las ceremonias.
Sentada en el carro que me había conducido hasta el puerto de Buthroton, esperaba con impaciencia el momento de embarcar en la lujosa y potente trieres que había de conducirme hasta la isla de Samothraki. Mi destino era el Santuario de los Megáloï Théoï, o Grandes Dioses, para iniciarme en los Misterios Sagrados.
El calor en hekatombaion es agobiante aún a la orilla del mar y el hedor de los cuerpos sudorosos de los esclavos se entremezcla con el olor salobre del mar y el de la pez que utilizan los calafateadores del pequeño astillero cercano. Se me hacía difícil soportar el chirriar incesante de las poleas y el griterío ensordecedor de los descargadores que liberaban del peso de sus mercancías a los potentes gaulos tirios procedentes de lejanos mercados orientales: perfumes de la intrigante Jemía, sedas de Cathai, trigo del Ponto Euxino y —cómo no— la famosa púrpura de Týros.
Era la primera vez que iba a viajar en una nave como aquella y entretenía la fastidiosa espera inspeccionando cada detalle que veía a mi alrededor. La trieres debía medir cerca de cuarenta metros de longitud y bastante más de cinco metros de ancho. El mascarón de proa era una graciosa imagen de Afrodita emergiendo del mar entre espumas blancas. A cada lado, dos grandes ojos pintados sobre el casco del navío protegían de los enemigos y, sobre el espolón de popa, la cabeza de un jabalí se unía primorosamente a la embarcación mediante un largo cuello parecido al de un cisne. Cerca de allí, el timonel parecía muy ocupado sujetando sobre la popa los dos grandes remos que habían de servirle de timón.
En los muelles, marineros y cordeleros disponían el resto de los aparejos: metros y metros de cuerdas de lino trenzadas y una gran vela cuadrada que iba a ser izada sobre el único mástil de la trieres.
Por fin los remeros se situaron en sus puestos, dispuestos al tresbolillo en triple fila: en el más bajo de los tres niveles ya se habían sentado los veintisiete thalamitoi que habían de accionar sus remos desde el interior de la nave. Sus palas llegaban al agua a través de aberturas circulares situadas a medio metro del nivel del mar. Un pequeño envoltorio de cuero, cuidadosamente adaptado en torno al brazo de cada remo, impedía que el agua penetrase en la bodega.
En la hilera intermedia, sobre las vigas que sustentaban la cubierta de la nave y ligeramente desplazados en relación a sus vecinos de abajo, se situaron los veintisiete zygioi que, a su vez, pasaron sus remos por un lugar calado del casco, sobre la borda. Finalmente, en un estrado sobreelevado y abierto al viento para que sus remos no interfirieran los de los niveles inferiores, se instalaron los treinta y un thranítai.
La enorme vela fue colocada en su lugar y todos los tripulantes estaban en sus puestos: podíamos embarcar.
Una vez a bordo, el kubernétes dio la orden de zarpar y la trieres se puso perezosamente en marcha. Mientras el proreus organizaba desde la proa las maniobras para abandonar el puerto, sorteando sin percances los enormes gaulos que olían a mil esencias orientales y las pequeñas barquillas de los pescadores que regresaban con su captura del día, mi corazón empezó a latir más rápido. Todo aquello, hasta entonces desconocido para mí, formaba parte de la excitante aventura de mi Iniciación en los Misterios de la Diosa Madre.
Salimos a mar abierto y la marcha de la nave se aceleró al compás del keleustés que marcaba el ritmo a los remeros con la ayuda de una flauta. La brisa marina me azotaba el rostro y de pronto me sentí inesperadamente viva.
El trayecto hasta la isla de Samothraki bordea la costa durante casi toda la travesía y, aunque nunca perdimos de vista la tierra firme, me complacía dejar vagar mi vista por la inmensa llanura verdiazul imaginando que, en cualquier momento, surgiría de entre las olas el mismísimo Poseidón, tridente en mano; o su esposa Anfitrite, rodeada de Náyades y Nereidas vestidas de espumas marinas y adornadas con perlas y estrellas de mar.
Pero el Egeo, que debe su nombre al padre de Teseo (al cual el mar había engullido cuando éste se lanzó a sus aguas, creyendo que su hijo había muerto en las fauces del Minotauro) estaba en calma aquella mañana, bajo el sol abrasador del verano. Por eso y porque el Oráculo de Dodona había previsto que el nuestro sería un viaje tranquilo y agradable, no cabía temer las iras del dios del mar.
En las salvajes montañas del Pindo, cerca de las fuentes del Aqueloos, en mi Epeiros natal, había tenido ocasión de escuchar la voz de Zeus y el lamento lejano de la flauta de Pan. Los heles de pies descalzos, que duermen en el suelo y nunca se lavan para poder conservar su fuerza de vida y la inspiración del dios, habían interpretado las señales que dejaban clara la complacencia del «Padre de los Dioses y de los hombres» ante la dedicación de su hija Políxena a los Kábeiroi. Y su hermano Poseidón no iba a ser menos que él.
Sí; Políxena es mi nombre de nacimiento y en aquellos días acababa de cumplir diecisiete años. Pertenezco a la Dinastía Eácida: soy la hija mayor de Neoptólemo, Rey de Molosia y de la princesa Deidamía de Esciro.
La sangre que corre por mis venas es la sangre de los dioses, desciendo directamente del héroe Hector y del famoso guerrero Aquileo. Al principio de la Guerra de Troya, mi abuelo Aquileo, disfrazado de doncella, se escondió en la corte del Rey Licomedes. Allí mantuvo una relación amorosa con la hija del Rey, de la cual nació mi padre, su único hijo.
El mío es un nombre maldito; está unido a una historia trágica y no me siento bien con él. Me fue impuesto por mi padre en honor a una princesa troyana hija de Príamo, a quien él mismo había inmolado sobre la tumba de mi abuelo Aquileo. Cuentan que Aquileo estaba muy enamorado de la princesa y, aprovechando una tregua de la Guerra de Troya, quiso ir a reunirse con su amada. Pero su grupo cayó en una emboscada y él murió asesinado. Días más tarde, su eidolon se apareció a los supervivientes exigiendo que Políxena le fuese sacrificada para que, tras la muerte, los dos pudieran reunirse en el Inframundo.
Por eso prefiero que, de ahora en adelante, me llaméis Olympia.
Durante el tiempo en el que aún me llamaban Políxena, mi padre Neoptólemo fue uno de los guerreros que penetraron en Troya dentro del famoso caballo de madera. La victoria debió trastornarle, porque nunca regresó a Epeiros para hacerse cargo del Reino; en lugar de eso, se casó con una hija del Rey de Esparta y se instaló con ella en Ftia.
Mi madre, Deidamía, murió al dar a luz a mi hermano Aléxandros, trece años menor que yo. De eso hacía entonces cuatro años, pero el recuerdo de mi madre era vago y se había desvanecido en mi mente con la rapidez del fantasma de Néfele.
Huérfanos de madre y olvidados por mi padre, fue Arribas de Epeiros, nuestro tío paterno, quien en adelante ejercería nuestra tutela y gobernaría Molosia como Regente hasta que mi hermano Aléxandros alcanzase la mayoría de edad necesaria para hacerse cargo de su herencia.
Era precisamente mi tío el que me acompañaba aquel día en mi emocionante viaje a Tracia. La Gran Fiesta Anual de Samothraki reunía en la isla a visitantes de todo el mundo.
Durante toda la travesía admiré otras muchas naves que rivalizaban en lujo y ornamentaciones. Seguían el mismo rumbo que nosotros y en su interior viajaban sin duda personajes importantes; tal vez Reyes, príncipes o gobernadores, y mi excitación crecía a medida que la distancia hasta mi destino disminuía.
Samothraki es una isla de reducidas dimensiones situada al norte del Mar Egeo y dominada por el monte sagrado de los Kábeiroi. Existe en ella una pequeña ciudad amurallada, cuyos habitantes dependen principalmente de la pesca. En razón de su situación privilegiada sobre las rutas marítimas, el culto de los Megáloï Théoï es particularmente popular y por ello estas divinidades reciben numerosas ofrendas votivas de marineros, pescadores o viajeros distinguidos, agradecidos por su protección frente a los peligros del mar. Estas ofrendas se almacenan en un edificio especial junto al gran altar principal.
El santuario, situado sobre tres terrazas estrechas separadas por dos torrentes, se alza sobre las pendientes occidentales del monte que ocupa prácticamente el resto de la isla. Un camino tortuoso desciende, entre los dos arroyos, hacia la terraza principal sobre la que están situados los templetes de culto más importantes.
Las divinidades que se veneran en Samothraki son cuatro antiguos dioses de la tierra, llamados genéricamente Kabeiroi. Está prohibido pronunciar sus nombres en presencia de profanos y revelarlos se castiga con la muerte. Pero eso, ahora, carece de importancia.
Una de las cosas más importantes que aprendí durante aquel viaje fue que "Sólo existe una VIDA y esta camina sobre dos piernas: una se llama Vida y la otra Muerte”.
Y es porque sigo creyéndolo así, tal como entonces me lo enseñaron, que ciertamente ya no importa que me maten antes o después, si al final las Moiras ya han decidido cual ha de ser mi Hado. Y, porque es de las copas amargas de las que hay que beber más rápido, os diré que el culto principal de la isla está centrado en la figura de la Gran Madre, diosa todopoderosa del mundo indómito de las montañas y venerada en las rocas sagradas en las que se le ofrecen sacrificios. Su nombre secreto es Axieros y su esposo, el dios de la fertilidad de falo permanentemente erecto, se llama Cadmilo. El reverso de esta pareja lo constituyen Axiokersos y Axiokersa, dioses de las profundidades.
Otras dos diosas de la Naturaleza, Hécate-Zerynthia y Afrodita-Zerynthia se veneran también allí, aunque su culto es menor y ha sido desligado del de la Gran Madre. Dárdanos y Yasión son otros dos dioses masculinos que acompañan a Cadmilo; algunos les identifican con los Dióscuros, los dioses gemelos que protegen a los marinos de los peligros del mar.
Aunque en aquellos momentos sus nombres no despertaban en mí ninguna emoción, lo cierto es que su historia y los lazos familiares que los unen me resultaban vagamente conocidos; aunque, si debo ser sincera, no tenía ningún motivo para juzgarlo así.
De pronto distinguí a lo lejos la silueta de la isla, inconfundiblemente coronada por su monte sagrado. Había en ella un pequeño puerto de pescadores que durante las Fiestas de los Kabeiroi era habilitado para que el pasaje de las naves más grandes e importantes pudiera utilizarlo, si bien sólo para desembarcar. Observé que las distintas embarcaciones que habían ido llegando antes que la nuestra se habían alejado del puerto para ir a fondear a una cierta distancia, después de dejar en tierra a sus pasajeros.
Aparte de devotos y peregrinos, se podían distinguir al menos cuatro clases de participantes en los Misterios de Samothrakis: en primer lugar los sacerdotes, sacerdotisas y hierofantes; después, los que habían alcanzado la epopteia de los Misterios Mayores de la Diosa Madre; a continuación, los mystés o iniciados que se consideraban preparados para alcanzar un grado más elevado y, finalmente, los aspirantes; es decir, los que nos sometíamos a la ceremonia por primera vez.
Aunque el conjunto del Santuario está abierto a cualquier persona que quiera venerar a los Megáloï Théoï, el acceso a los edificios sagrados está reservado a los mystés.
Alrededor de las murallas de la ciudad, en cuyo interior se amontonan unos mil quinientos habitantes, se habían levantado hermosas tiendas portátiles para los visitantes que, a pesar de su importancia, no habían podido ser instalados en el Arsinoeion por falta de espacio suficiente para alojarnos a todos. Los peregrinos corrientes, en cambio, se hacinaban de cualquier manera en las escasas taverne de la población o dormían al raso sobre la arena de la playa o bajo la copa de algún árbol frondoso pues, a no ser que se levantase una tormenta inesperada, el tórrido calor invitaba a dormir a la intemperie.
La luna llena estaba próxima y era de esperar que, aquella noche, Selene se convirtiera en la reina indiscutible de los cielos. No parecía, pues, que el padre Zeus se viera inclinado a hacerlos rugir con el fragor de sus truenos.
Los Misterios de Samothrakis son tan importantes y tan conocidos como los de Eleusis; la diferencia estriba en que para recibir la myésis en Tracia no se requiere ninguna condición concreta de edad o de sexo, nivel social o nacionalidad. Cualquier hombre o mujer, adulto o niño, ya sea libre, liberto o esclavo, puede participar en ellos.
Los ritos más comunes no son muy distintos a los practicados en Eleusis y otros lugares sagrados: oraciones y ofrendas acompañan los sacrificios de corderos, cerdos o, en ocasiones muy especiales, bueyes, que más tarde son consumidos en los eschárai. También se ofrecen libaciones en las fosas rituales y se ofrece a los asistentes un drama ritual que representa el matrimonio sagrado entre Hades y Perséfone.
A medida que iban llegando, los aspirantes a recibir la iniciación eran congregados en la playa, apartados del resto de los romeros. Todos menos los que pertenecíamos a la clase noble, que esperábamos al resguardo del sol bajo un palio instalado a unos doscientos metros del otro grupo. No éramos muchos: dos hombres cuyas edades debían rozar los veinte y algunos años, y yo. Parecíamos esperar a alguien más que, a juzgar por los preparativos para su recibimiento, debía ser muy importante. La curiosidad dio alas a mis ensoñaciones juveniles, fantaseando compartir iniciación con un héroe, un rey o un alto magistrado.
No pasó mucho tiempo antes de que viéramos aparecer en el horizonte la silueta de una hermosa nave que llevaba en su vela la enseña de los reyes macedonios. El Reino de Macedonia es un país cuyos habitantes descienden de un hijo del dios Eolo llamado Macedón, son de nuestra misma raza y hablan una lengua muy parecida a la nuestra.
Aquella fue la única nave que estuvo varada en el pequeño puerto durante todos los días que duró la fiesta, tal vez porque fue la última en llegar. Esperaba ver descender de ella a un personaje insigne, pero me decepcioné al ver que el único viajero que ganó el muelle de un salto era un joven no mucho mayor que yo; al menos aparentaba tener solamente unos dos o tres años más. No parecía hijo de un noble y, a pesar de tener modales refinados, vestía muy sencillamente. Con agilidad casi felina, el muchacho se reunió con nosotros a grandes zancadas y ocupó su lugar bajo la lona.
Enseguida me llamó la atención la fuerza de su mirada, que parecía examinarme con evidente atrevimiento.
—Tal vez sea un soldado, o el hijo de un general —me dije a mí misma.
Pero su verdadera identidad quedaría oculta bajo la severidad del ritual, que no permite a los aspirantes conservar nombre, procedencia o linaje mientras tienen lugar las ceremonias.
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