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sábado, 13 de agosto de 2016

DESVELANDO EL MISTERIO 23: Nefertari

Una voz femenina de acento melodioso llegó claramente hasta mí.
—Pasa.
Tímidamente me acerqué a la puerta. Un suave aroma a incienso y a perfume inundaba una habitación de dimensiones algo más limitadas, pero mucho más espléndida que la anterior. Todo allí era hermoso y armónico. Los colores eran suaves, y la luz proveniente del exterior se tamizaba a través de amplias telas de lino que filtraban los rayos del sol. Esplendorosos cojines bordados con hilos de oro y de plata se alternaban con butacas de maderas exóticas.
Varias esclavas se afanaban en recolocar los pliegues perfectos del kalasiri más fino y transparente que he visto jamás. Su propietaria era una mujer que no aparentaba tener más de treinta y cinco años. Su piel era tersa a pesar de la edad y las más delicadas vírgenes de ambos Reinos ni siquiera hubieran conseguido competir con aquella esplendorosa belleza de ojos grandes y profundos, nariz perfecta y labios sensuales.
Lucía un collar Usekh de cuentas de turquesa y lapislázuli, a juego con los pendientes y pulseras. Sus pies eran pequeños y estaban calzados con unas sandalias de cuero dorado, adornadas con flores diminutas. Sobre una peluca real laboriosamente trenzada, no lucía la doble pluma con la que se la representaba en los murales de los templos, sino una sencilla diadema de oro que elevaba un orgulloso ureo sobre su frente.
Nefertari sonrió y la habitación pareció iluminarse con el encanto de su sonrisa.
Yo me apresuré a postrarme a sus pies pero, ante el asombro general, ella se adelantó y levantándome del suelo, me abrazó cálidamente. Más confundida que nadie, no supe cómo reaccionar.
—Así que tú eres la esposa de Nebchasetnebet.
Ahora quedaba todo claro: la Reina me había confundido con otra mujer.
—No Señora, yo… soy la esposa de Moshé, ese a quien vuestro esposo llama «El Impostor».
A una señal suya, las esclavas desaparecieron por otra de aquellas misteriosas puertas. Luego despidió también a su Camarera, que se marchó a regañadientes, dejándonos a solas.
Yo intentaba en vano buscar una excusa para justificar aquel malentendido, pero las palabras se resistían a tomar forma coherente en mi mente. De nuevo temí que el brazal hubiera pertenecido a alguien distinto a mi esposo; que él lo hubiera robado, o tomado de algún cadáver, o algo peor…
—¿De verdad no sabes con quien te has desposado? —dijo ella.
—No comprendo… Señora —balbuceé.
—¿Cómo te llamas?
—Tzíppora… Tzíppora bar Reuel, Señora.
—Muy bien Tzíppora. Por el nombre de tu padre deduzco que perteneces a una etnia kenna-ani, pero no me lo pareces por tu aspecto.
—Cierto, Señora. Soy la hija menor del Yitró de Madián —ante mi asombro, las palabras que antes se resistían empezaron a salir atropelladamente de mi boca—. Mi madre llegó del sur con una caravana de esclavos procedentes del país de Kush. Iba a ser vendida en los mercados del reino de Mittani. Mi padre la rescató de su destino y se casó con ella. Desgraciadamente no la he conocido. Al parecer se trataba de una princesa nubiae… Pero yo no soy más que una simple pastora a tu servicio, que se disculpa por este error. Verdaderamente creí que ese brazalete pertenecía a Moshé. Te ruego que me perdones por…
—Nada tengo que perdonarte. Ese brazalete perteneció y pertenece a tu esposo.
No pude por menos que suspirar aliviada y ella sonrió de nuevo. Su ademán y su gesto me tranquilizaban.
—Siéntate Tzíppora.
—Señora, yo no…
—Regálame un rato de tu compañía —sus ojos me miraban con una inofensiva curiosidad—. Te suponía mucho mayor; eres muy joven.
—He cumplido veintidós años, mi Reina.
—Tu esposo casi te dobla la edad. Es curioso que hasta tú desconozcas cual es su verdadero origen… Explícame eso.
Azorada, obedecí su mandato y le conté a la Reina de qué manera había conocido a mi esposo y cómo él nos había contado que no recordaba nada de su pasado. Ella se mostró muy interesada por mi historia y me rogó que continuara hablando de cómo había sido nuestra boda, nuestra vida en el campamento, el nacimiento de nuestros hijos y, especialmente, la razón por la cual Moshé había decidido regresar a Iunu para enfrentarse a Ramesés.
A medida que el tiempo pasaba, cada vez estaba más convencida de que el interés de aquella mujer por mi esposo iba mucho más allá de una simple curiosidad. Los celos me devoraban: ¿qué podía hacer yo frente a una belleza tan resplandeciente?
En una ocasión, la Reina agitó una cinta que colgaba de la pared y al instante aparecieron varias esclavas con un refrigerio, una infusión de flor del hibisco que tomada fría resulta una bebida deliciosa y sumamente suave.
Era imposible no dejarse arrastrar por el encanto irresistible de aquella mujer, que hacía fáciles los momentos más difíciles. Hablé y hablé sin cesar, hasta que no quedaron más dudas que despejar.
Pero seguía peligrosamente alejada del propósito que me había llevado hasta allí.
—Por eso, Señora, es por lo que he venido a suplicaros que…
—¿Entonces es cierto que ni tan siquiera sospechas quien es, en realidad, tu esposo?
La nueva pregunta acababa de apartarme, una vez más, de mi objetivo. Hube de hacer acopio de toda mi serenidad para no demostrar mi creciente impaciencia.
—No, Señora.
—Entonces deberé corresponder a tu sinceridad con la mía y descubrirte esa verdad que tu esposo no te ha revelado. Pero antes, veamos cual es esa petición que deseas hacerme. ¿No vendrás, tú también, a implorar por los apiru que el Faraón no desea liberar?
Yo baje la cabeza, avergonzada.
—No, no —dijo ella, antes de que tuviera tiempo a encontrar palabras adecuadas con que responderle—.  Tú no desafiarías la ira de tu esposo presentándote ante mí para pedir tal cosa sin que él lo supiera. Y Neb… y Moshé jamás enviaría a una mujer a suplicar en su lugar. Debe de ser otra cosa. Tal vez Aharón… ¿me equivoco?
—¡Oh sí, mi Señora! —exclamé esperanzada— Aharón es mi hermano; tiene mujer y dos hijos que le esperan impacientes y le necesitan. Al pequeño, de tres años, ni siquiera le conoce. Y yo le amo tanto que…
—Te entiendo, Tzíppora. Yo también amé mucho a mi hermano —Nefertari se interrumpió por unos segundos. Su voz tembló ligeramente al completar su confesión—. Le amo aún en demasía.
—¿Murió?
—No —la expresión de su rostro se había ensombrecido ligeramente.
—Lo siento, Señora. No debí preguntarte. Perdona mi atrevimiento.
—No hay nada que perdonar. En realidad, la historia de mi hermano forma parte de lo que debo contarte, pero eso será después de que hayamos liberado a Aharón. Hablaré con Ramesés a favor de tu hermano, pero tienes que prometerme que, pase lo que pase, tú volverás a verme mañana a la misma hora.
Me sentía tan contenta que hubiera querido abrazarla de nuevo, pero me contuve. Ella debió darse cuenta de mi alegría, porque me advirtió:
—No te prometo nada. Solamente que hablaré con mi esposo.
—Para mí es suficiente. ¿Quién podría negar el cielo con todas sus estrellas a la hermosa Reina de Khem?
Ella sonrió ante mi última frase, o tal vez a causa de la vehemencia con que la había pronunciado.
Quitándose un anillo con una gran turquesa que llevaba su sello, me lo entregó diciendo:
—Mañana, cuando regreses, muestra este anillo a la Guardia. Será tu salvoconducto para llegar hasta mí.
Me despedí de Nefertari deshaciéndome en agradecimientos y bendiciones de todo tipo, que ella no quiso escuchar. En lugar de eso, se dirigió a mí con aquella frase protocolaria que intercambian los miembros de la Familia Real a modo de saludo:
Ankh, udja, seneb.
Ya me disponía a salir cuando ella me llamó de nuevo:
—¡Tzíppora! Olvidas tu brazalete.

Del capítulo 17 de "Faraón sin Reino" (buscando editor)

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