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La Esencia de la Diosa vive en el corazón de cada mujer y en el de algunos hombres sensibles que saben serlo sin perder por ello su masculinidad. Espero de todo corazón que te guste el contenido de esta página y te animo a participar en ella activamente publicando tus comentarios o utilizando el botón "g+1" para recomendar las entradas que te gusten.

lunes, 11 de julio de 2016

DESVELANDO EL MISTERIO 14: Revelaciones


Tú apareces bellamente 
en el horizonte, Atón viviente.
Tú sostienes cada día, Señor,
El trono perteneciente 
a las Tierras Buenas.
Escucha, ¡mantenme a salvo!

Una mañana, mientras me encontraba recitando estas bellísimas palabras que mi esposo había compuesto como canto de amor dirigido a nuestro Padre Divino, Creador de todo lo visible y lo invisible, sufrí un raro desmayo. Mi ka abandonó mi cuerpo y pude disfrutar de una increíble visión.
O, tal vez, fuera solamente un sueño.
Me parecía estar debajo de una especie de cúpula, desde la que doce seres resplandecientes, enteramente vestidos de blanco, asomaban sus cabezas observándome desde una balaustrada. Junto a mí había un hombre de media edad, que llevaba sobre su frente una corona extraña y, a su lado, otro ser de apariencia algo distinta se dirigió a mí con un acento muy peculiar. Al instante reconocí su voz, sus palabras y el tono con el que el venerable anciano las pronunciaba. Él era, sin duda alguna, uno de aquellos seres invisibles que me hablaban cuando todavía vivía en la casa de mi padre Ay.
«Conocer cosas que ignoras, ahora tú debes, Hija de la Luz. El Consejo de Ancianos presidido por tu padre, el noble Aitum-Ra y yo mismo, te damos la bienvenida».
—Aitum-Ra… —murmuré como en una especie de ensoñación.
«Ese dios al que veneráis, Hija del Sol, sólo un Hombre es, al que vosotros llamáis Atón. Aitum-Ra es su nombre y, más allá de los cielos, tu verdadero padre y el del llamado Akhenatón es. Cuando, tras la muerte, vuestras Esencias para siempre abandonen vuestros cuerpos terrestres, aquí regresaréis para recuperar vuestras auténticas identidades al lado de vuestro padre. El cuerpo que ahora abandonado tú has, sólo un vehículo prestado es que tu misión te permite cumplir, en el tiempo y el espacio de Tâ».
No sabía donde estaba e instintivamente miré hacia abajo. Vi mi cuerpo vacío, tumbado sobre la hierba suave del jardín en el que me encontraba unos momentos antes y me alarmé. Miré mis manos y me parecieron distintas, aunque no podría precisar exactamente en qué.
«Aquel-Que-Todo-Lo-Puede el único Dios es».
Me sentía inesperadamente cómoda entre aquellos seres pero, a la vez, las extrañas palabras del anciano me perturbaban. ¿Sería cierto lo que estaba escuchando? Y, si lo era, ¿podría ser posible que Akhenatón hubiese confundido el mensaje divino, concediendo categoría de dios a aquel a quien el anciano llamaba nuestro padre?
A partir de aquel momento, fue Aitum-Ra quien se dirigió a mí. También su voz me resultó conocida.
A pesar de que se expresaba con una gran autoridad, sus palabras reflejaban un amor inmenso y su forma de hablar era dulce y musical. Su sola presencia me llenaba de paz y de un sentimiento muy cercano a la ternura.
—«Mi Esencia se regocija con tu presencia, mi pequeña rosa. Estás sorprendida, pero nada debes temer. Tú eres mi hija enviada a vuestra Tierra, que nosotros llamamos Tâ, para cumplir una misión de gran importancia. Para llevar a cabo el plan previsto, contigo descendieron otros miembros de la Familia muy amados por mí: aquel que es ahora tu esposo, el general Horemheb y el escultor Dhjutmose. Muchos otros que conocisteis en otras vidas están a vuestro alrededor; cada uno de ellos ha sido enviado igualmente con una tarea específica que debe apoyar a la vuestra. Desde vuestra alta posición, tenéis acceso a importantes conocimientos que están ocultos en los Registros de la Humanidad.
«Al rechazar a los antiguos dioses, Akhenatón ha cumplido con parte de su cometido. Debes confiar en que sus razones han sido del orden más elevado, ya que es conocedor de algunos secretos que sólo a él le hemos revelado.
«Cuando Akhenatón recibió sus iniciaciones en los Templos durante su infancia y su adolescencia, observó hasta qué punto la armonía de Tâ se estaba deteriorando por causa de las creencias equivocadas de los hombres, engañados por las enseñanzas de los sacerdotes de los falsos dioses.
«Desde su nacimiento pudo comprobar de cerca el poder ilimitado del clero y el abuso de autoridad de los faraones, los cuales se apoyan en su descendencia divina para mantener estable su autoridad. Advirtió también los desmanes físicos y sensuales que su padre cometía, los cuales propiciaron que el joven príncipe se refugiase en el lecho de su madre y bloquearon su sexualidad; ése fue su mayor error.
«Cuando le llegó el momento de convertirse en Faraón y someterse a la iniciación última, no comprendió totalmente el mensaje que recibía y este es, en parte, el motivo por el cual te encuentras hoy aquí. No es fácil sintonizar con vosotros y, en los últimos tiempos, nos resulta cada vez más dificultoso poder conectar con Akhenatón, pues su Esencia huye de su mente desequilibrada, o se niega a escucharnos».
Como si hubiera escuchado mis pensamientos, aquel ser contestó a una de las preguntas que habían surgido de pronto en mi corazón.
«No, mi pequeño pajarillo, no ha enloquecido; pero lo hará, si no consigues que los sun-nu y los hekau reales mantengan estable su Esencia. Tu esposo no puede evitar que su personalidad humana sienta odio por aquellos que no escuchan sus enseñanzas. Su constitución débil y enfermiza, que debía ser clave para su evolución, ha hecho crecer en él un miedo por sus semejantes que su condición de Faraón no consigue vencer. Debes permanecer a su lado y apenarte por él, porque sufre una gran confusión y experimenta un gran dolor por esta causa. Sabemos bien cuanto le amas y eso es producto de las otras vidas que habéis vivido juntos y, efectivamente, esta es también la causa de tus inusuales afectos por Horemheb y Dhjutmose».
Nuevamente mi padre celestial había leído en mi mente y había aclarado el motivo de los distintos e intensos afectos que sentía hacia aquellos tres hombres.

Del Capítulo 27 de "El ocaso de Atón"

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