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La Esencia de la Diosa vive en el corazón de cada mujer y en el de algunos hombres sensibles que saben serlo sin perder por ello su masculinidad. Espero de todo corazón que te guste el contenido de esta página y te animo a participar en ella activamente publicando tus comentarios o utilizando el botón "g+1" para recomendar las entradas que te gusten.

viernes, 1 de julio de 2016

DESVELANDO EL MISTERIO 9: Dioses

No fue un sueño, Hati. Regresaste a tu vida pasada para que puedas darte cuenta de quien eres en realidad y lo que has venido a hacer. Por eso se te permitió recordar esas escenas. Ra es en realidad un nombre familiar, un sufijo que se añade a tu nombre para indicar la familia de la cual procedes.
Podría aceptar que esa extraña criatura, medio mujer y medio niña, pueda haber sido yo en una vida anterior; pero no puedo admitir, de ninguna manera, que esos seres sean lo que creo que son.
Todos nosotros lo fuimos, en su momento.
No eran dioses, Hapuseneb; no lo eran.
No. Nunca fuimos más que Hombres y Mujeres de una raza superior, pertenecientes a otra civilización.
El lugar que yo he visto no es de este mundo; ni tan siquiera es parecido.
El lugar que tú viste es nuestro verdadero hogar, al que deberemos regresar cuando todo esto acabe.
Y entonces… ¿cómo hemos llegado a esto?
¿A qué te refieres?
Si esos seres éramos nosotros y mi corazón me dice que así es, ¿cómo y cuándo aparecimos en la Tierra? ¿Cómo, cuándo y de qué manera pudimos llegar a convertirnos en dioses? ¡En nuestros propios dioses de ahora!
No aparecimos en la Tierra, sino que vinimos a ella hace muchísimos años, viajando en naves que cruzaban los cielos.
La Barca de Ra…
Exactamente; y también la Nave de los Millones de Años. Cuando llegamos a la Tierra no había en ella edificios, ni cultura alguna. Los antepasados de los hombres vivían en cavernas como los animales y se comportaban tales. Les trajimos evolución y unos avances con los que ni tan sólo podían haber soñado. Les enseñamos a cultivar la tierra, a vestirse y a hablar, les dimos leyes, cultura, ciudades… Durante todo ese tiempo nosotros seguimos conservando nuestras propias costumbres, que creaban un abismo entre ellos y nosotros: Viajábamos por su cielo en nuestras naves celestes y dispusimos de sus tierras y de sus vidas a cambio de un poco de civilización. Por eso ellos creyeron que éramos dioses y nosotros les dejamos creerlo. Nos equivocamos. Fallamos en eso y en muchas otras cosas que deberás recordar. Por eso hoy estamos aquí: para intentar remediar nuestros errores pasados.
Pero entonces, los dioses… ¡no existen!
No como tales.
¿Dónde están los dioses verdaderos, entonces?
No hay dioses verdaderos, sino un solo y único Dios: Aquel Que Todo Lo Puede, el Padre de todos.
¿Amón?
No, él es solamente otra de sus criaturas. Bajo nuestro punto de vista religioso actual podría representarle, pero Amón (Aitum) es tan sólo tu verdadero padre celestial.
¡No! No, no puedo creerlo, Hapuseneb. Aceptar esto como verdad implica admitir que todo es mentira: nuestra religión, nuestra cultura, nuestra historia.
No todo es mentira, pero vas a tener que descubrir la Verdad por ti misma.
Según tú hemos vuelto para enmendar nuestros fallos del pasado.
Eso es lo que me ha sido revelado —asintió.
¿Vas a decirme que deberemos convencer al país de la existencia de un Único Dios, declarando además que la existencia de todos los dioses no es más que una mentira, un terrible error del pasado?
Tal vez.
¡Eso es imposible y tú lo sabes muy bien! Nos tomarían por locos, o algo aún peor: por herejes. El clero está organizado alrededor de grandes y pequeños cultos a los dioses. Cada Nomo tiene sus propios templos y adora a los mismos dioses, aunque bajo advocaciones distintas. La existencia de un solo dios crearía una revuelta entre tus propios sacerdotes; el pueblo no comprendería nada y estallaría una guerra interna que no necesitamos, ahora menos que nunca. Quiero conservar en el país la paz que me legó mi padre y lo haré pasando por encima de lo que sea preciso. Y, cueste lo que cueste, no voy a poner en peligro lo que tanto me ha costado conseguir. El Trono de Khemet ha de quedar asegurado.
Yo también he pensado en eso… y tienes razón, no sería nada fácil. Pero cometimos también otros errores y creo que no todos han de ser reparados de una sola vez.
Explícame eso.
Es muy posible que hayamos venido a experimentar en qué se han convertido aquellos hombrecitos a los que un día permitimos que nos adorasen como a dioses. Hemos adoptado su forma humana para poder apreciar qué sentían al rendirnos honores, a experimentar en propia piel su temor a sufrir las represalias de nuestra cólera, a obedecer las arbitrarias leyes que nosotros mismos creamos, a saber lo que es padecer una injusticia; a experimentar con las pasiones humanas, a luchar contra una materia más densa que arrastra y apresa, a combatir el odio, la envidia, la lujuria… a sentir en carne propia, en suma, que somos la causa primera de unos males que no supimos remediar, a descubrir que creamos seres que se han convertido en víctimas de sus propios miedos, que  les dimos la capacidad de amar, pero también de sufrir… El Dios verdadero es Libertad; no es represión. El verdadero Dios es Justicia; Él es el único que puede juzgar los actos de sus criaturas, porque sólo él sabe lo que se oculta en sus corazones. No interviene en las vidas de los hombres: les deja tomar sus propias decisiones aunque se equivoquen, exactamente igual que consintió que nosotros cometiéramos todos aquellos errores. Aquel Que Todo Lo Puede nos permite aprender de nuestras propias experiencias y no comete iniquidades. No es un dictador colérico, sino un Padre afectuoso.
Hapuseneb se interrumpió para intentar captar el efecto que aquellas palabras habían producido en mí. Luego, con voz pausada y llena de cariño, continuó:
Debes permitir que Eisset se haga fuerte dentro de ti, que surja tu verdadera Identidad. Entonces te serán reveladas cosas que sólo a ti conciernen y que forman parte de tu tarea en esta vida como Hatshepsut…, como Faraón Ma'atkara Primero. Por eso fuiste colocada en posición de gobernar: para que pudieras llevar a cabo tu labor sin condicionamientos.
Según tu Eisset es… ¿Ast la Grande?
Sí. Y debes reconocerla en ti, Hati querida.
¡Nunca lo haré!, ¿lo oyes? ¡Nunca! La Eisset que yo vi no es más que una niña, mimada y consentida…
Exactamente igual que tú.
…demasiado dulce y tierna —continué haciendo caso omiso de su desagradable comentario—, indefensa y sin la fuerza necesaria para gobernar, incapaz de regir como mujer los destinos de un país de hombres. Si diera paso a esa niña, las intrigas de la corte la destruirían inmediatamente.
Te sorprendería saber de lo que fue capaz esa dulce niña. No confundas su inocencia con debilidad, amada mía.
¡Esa no puede ser Ast, la Grande en Magia, la Diosa de los Mil Nombres! —le increpé— Y si lo es, yo no deseo ser como ella.
Me había levantado y me dirigía a toda prisa hacia la puerta, sin despedirme siquiera. Un dolor agudo, como el de un fino estilete, me traspasaba el pecho. Sentía la inminente necesidad de echarme en los brazos del sacerdote y dejar que el llanto, tantos años reprimido, brotara de mis ojos hasta agotarse.
Necesitaba decirle cuánto le había amado y confesarle que me lancé en los brazos de Senenmut tan sólo porque él me rechazó.
Pero en lugar de eso me tragué las lágrimas, levanté orgullosamente la cabeza y me volví, pronunciando desde el quicio de la puerta una palabra que no había pronunciado nunca y que no iba a repetir jamás:
—Perdóname, Hapuseneb…

Del Capítulo 30 de "La Hija de los Dioses"

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