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La Esencia de la Diosa vive en el corazón de cada mujer y en el de algunos hombres sensibles que saben serlo sin perder por ello su masculinidad. Espero de todo corazón que te guste el contenido de esta página y te animo a participar en ella activamente publicando tus comentarios o utilizando el botón "g+1" para recomendar las entradas que te gusten.

martes, 10 de diciembre de 2013

UN POCO DE LO QUE NO NOS CUENTAN SOBRE MONTSERRAT

Vista desde lejos o desde el aire y por su lado Sur, la Montaña asemeja un gigantesco dragón dormido que espera ser despertado de su sueño de siglos. Símbolo de los Poderes de la Tierra, el dragón protege el dormitar de Gaia, la Madre, Isis Athena que se expresa en la figura morena de la Madre Virginal que se escondió de la maldad de los hombres en una cueva.
Durante siglos, las sacerdotisas de la Antigua Tradición, en número de doce, la veneraron ocultas, ellas también, en alguna de las numerosas cuevas, cada una un útero sagrado de la Madre Tierra.
Con la llegada de la primavera ellas salían de sus templos subterráneos para festejar el renacimiento de la vida nueva que brotaba entre cada risco de la más sagrada de todas las montañas. Cada equinoccio y cada solsticio, en cada una de las cuatro grandes Fiestas, se reunían para honrar a la Gran Diosa, para cuidarla y amarla desde lo más profundo de sus corazones. En unidad perfecta todas ellas, en sublime conjunción con la Vida, con la Luz y con los ciclos de la Naturaleza.
Pero todo acabó allá por el año 976, cuando Borrell, Conde de Barcelona, se percató de que habían "señoras en la presente montaña de la Santa Gloriosa Solitaria" y decidió que aquello no estaba nada bien. Entonces, en un alarde de preocupación cristiana, Borrell ordenó apartarlas de los terribles peligros de aquellas soledades, encerrándolas de por vida en el monasterio de San Pedro de les Puelles, en la ciudad de Barcelona, donde seguramente murieron de pena y de añoranza.
Las doce sacerdotisas ermitañas fueron sustituidas por doce monjes de la Orden de San Benito procedentes del monasterio de Ripoll que, muy varoniles ellos, no debían temerle a la soledad ni a los "terroríficos" peligros de la Montaña Sagrada.
Ya no somos ermitañas; vivimos en casas de hormigón, oficiamos entre asfalto. Pero seguimos siendo Sacerdotisas de la Diosa.
En el alma de cada mujer vive una chispa de su Esencia Divina. Ella se manifiesta a través de nosotras y a través de algunos hombres sensibles que han sabido reconocer que existe un lado femenino en su naturaleza y que la diferencia de sexos (¡bendita sea!) no es más que un accidente cuando se contempla desde el corazón.
Por este motivo me pareció bien celebrar este último Beltane con estas palabras que me trajo la causalidad:
"Nuestro canto es una plegaria en el fulgor de la montaña, flor que gira en la cresta henchida de destellos.
Mi lengua se desata ante el rumor de la memoria y mis párpados se cierran frente a la oscura ala que me acecha. Este es mi pie sangrando en el destierro. Esta es mi frente que inclino fatigada. Este es mi corazón que abro en holocausto para ofrendarlo ante el altar derruido. Yo soy el rostro que profana este recinto, el ojo amargo que contempla indiferente la parábola y no comprende la Voz que resuena en la Montaña.
Yo soy la Humanidad que corre presurosa en medio del asfalto, la druidesa que oficia entre hormigón."
Lola Xaxo


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